¿DEJAR A OMELAS?

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NOTA: esta disquisición (según las acepciones que reconoce la RAE) más bien es una exhortación a mis lectores para que penetren en el rico corpus de la literatura sobre utopías/distopías que hay en Occidente; especialmente aquellas de la última centuria. Ergo, espero que nadie lea el cuento que abordaré.

 

Desde hace varios meses no he podido sacarme de la cabeza al cuento de Ursula K. Le Guin “Los que se alejan de Omelas” (1973). Y no he podido hacerlo no porque invite al lector a participar de forma activa en la construcción de Omelas o porque las diáfanas imágenes apelen de visu a la imaginación, sino porque, en el fondo, no dejo de pensar en si yo, por alguna feliz serendipia, hubiere llegado a la utopía “abierta” por el sur y después de saber lo que la mantiene en pie, tal y como K. Le Guin la describe, fuere decidido permanecer en ella o abandonarla solo con un remordimiento desgarrador.

Recuerdo que yo hube intentado escribir una columna mensual en honor a la autora en un periódico de mi pueblo, pero al final ni siquiera yo supe cómo terminó la propuesta: no porque no lea los diarios, sino porque lo digo literalmente. Aunque creo que no como yo lo esperaba.

Hoy juzgo que lo mejor es que Fernando Savater esclarezca mis dudas. Todas las utopías son autorreferenciales y quieren que los humanos se queden en ellas y para ellas, lo que me recuerda a Karl Popper y a los lotófagos. Es consabido que si la sociedad o la civilización misma limitan a la autorrealización de sus elementos humanos, sin importar la cantidad, entonces estamos ante una distopía.

De las orwellianas películas hollywoodenses ahora me gustan mucho más las de “Los juegos del hambre”. Y cada vez que pienso en la entrada principal de la excelsa Omelas junto al mar, no se por qué me vienen a la mente los sibaritas de The Capitol y a Katy Perry cantando los ya antiguos versos: “Aren’t you lonely / Up there in utopia / Where nothing will ever be enough? / Happily numb”.

Todavía considero que uno de los sinónimos próximos de la palabra utopía es “locus amoenus”, porque muchas lo son o porque desplazan al ideal para ocupar su lugar. Y del material relacionado que he leído en otros escritores el que más me gusta es “Utopía de un hombre que está cansado” (1975) de Jorge Luis Borges. (También creo que ese cuento tiene un corte ucronista, por más risible que suene.)

Pero en el de K. Le Guin el planteamiento ético y moral mismo es la clave para identificar a la ciudad de Omelas, según observo, como a una distopía. En efecto, cuando los jóvenes son llevados ante “el miserable” en un ritual que consiste en contemplar su miseria para aprobarla con su permanencia en la arrobadora ciudad o, como ocurre con algunos, rechazarla con el abandono hacia un lugar menos imaginable, incluso, que la causi-anárquica Omelas, que nunca se aclara en el texto, K. Le Guin nos presenta un problema de tipo moral que debe resolver cada quien de acuerdo a sus valores y a sus creencias.

(Concomitante con el punto de William James de que toda Omelas se apoya en esa desgraciada criatura –e igual de interesante– es lo que señala la autora sobre la negativa, día a día más extendida, de los artistas a reconocer la banalidad del mal. Parece que solo podemos anhelar glorias pasadas y cantar el patetismo de la Edad de Hierro.)

Esa pregunta –que todavía resuena en el fondo– me intrigó aun más entre los otros menesteres cuando reflexioné sobre Lévi-Strauss y la Escala de Kardashov ampliada. Es decir, ¿quiénes nos garantizan que un alto desarrollo tecnológico será concomitante con sociedades y civilizaciones que tienen a la Libertad y a la protección del individuo en primer lugar? Mejor dicho: ¿quiénes no? El pasado siempre nos da visos de lo que puede ser. Por lo que creo atinado afirmar que nadie puede garantizarnos nada.

Insipiente, debo releer a Nicómano, a Arendt y a esa literatura que me levanta el ánimo para enfrentar a la procrastinación. De hecho, imprimí el cuento y se lo obsequié a una amiga en diciembre de 2017 (no por la fecha sino porque hemos tratado a un variado material de lectura en el que idóneamente entraría el texto sobre el que he digresionado). Ahora me pregunto cuántos no se plantearen dejar a Omelas.

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Gleiber Alvarez

Profesor, procrastinador, aficionado a la psiquiatría forense.

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