Pan de dios

Crónica de un proletario

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pan de dios

Noel quiere respirar, pero el humo de los automóviles a su alrededor le mantienen preso dentro de su tapabocas reglamentario. El día está lleno de sol, aglomeraciones y tristeza personal en razón de un futuro incierto. Este es la semana diez en fila donde se mantiene cautivo en su propio domicilio. No ha podido trabajar desde que se decretó el “estado de alarma nacional” en todo el territorio venezolano. El estado asegura que los salarios no pueden suspenderse y que, de ser necesario, las empresas están obligadas a no deshacerse de ningún empleado. La etiqueta para definir este decreto es “inamovilidad laboral”.

Las compras son un viacrucis diario para la familia Bermúdez, quienes tienen que turnarse para salir a adquirir los alimentos de la canasta básica. Cuando le toca a Noel, este tiene que ir directo al supermercado más cercano a la casa, allí requisan de pies a cabeza, el distanciamiento es una norma inquebrantable. Recordemos que se deben cuidar un metro de distancia entre personas que se encuentran en un local de expendio de alimentos. Y, así Eva puede cuidar a los niños, mantenerlos a raya con las tareas que han delegado desde el ministerio de educación, cosa que tiene a los padres preocupados por su futuro escolar.

El 16 de marzo entró en rigor la “Cuarentena social y voluntaria” en razón de combatir la pandemia por Covid-19. Una situación que empezó con miedo, y sigue su desarrollo en medio de la incertidumbre, la agonía y la desazón. En el trabajo de Noel Bermúdez, un joven de 35 años, oriundo de la parroquia San Agustín de la ciudad de Caracas, dijeron que “La cuarentena sería acatada bajo estricto apego a la ley”. Y, en ese aspecto Noel no había concebido mayor obstáculo para seguir adquiriendo la comida para su familia, ya que la empresa “Ramos & CO” mantenía al día su pago.

Desde un aspecto primitivo la pandemia mundial por concepto de coronavirus nos ha devuelto a un estado de defensa de las necesidades básicas para sobrevivir. La idea base en todo esto es la supervivencia, porque como bípedos que somos y, haciendo uso de nuestras facultades: acumular, consumir y volver a laborar para tener un mínimo de calidad de vida es un imperativo.

En los canales de noticias locales muestran un rostro catastrófico de la situación. Gente que muere en tropeles en los países asiáticos, europeos y en Norteamérica la cosa se ha puesto color de hormiga. Para Noel, como para la mayoría de los venezolanos el último reducto de entretenimiento lo representa una pantalla de televisión, y encontrarse con esa avalancha de “malas noticias” no es nada agradable. Es casi imposible deshacerse de la “noticia covid” cada día que pasa, es un titular inevitable contabilizar los contagiados, muertos y recuperados de la epidemia procedente de la provincia de Wuhan en China.

Es verdad que Caracas puede resultar una ciudad “privilegiada” para el resto del país, porque la realidad económica mantiene una pequeña “burbuja” que da respiro a las personas mientras la cosa se arregla, como quien dice. Lo de Noel Bermúdez no supera la norma, un ciudadano común, en medio de una locación expuesta a una demografía numerosa y, sumado a esto la posibilidad de contagiarse en cualquier momento es un riesgo inminente.

Con este hombre trabajador, venido a menos se procede a formularse la siguiente pregunta, ¿Estamos preparados para enfrentar cualquier situación, de la calidad, estructura y condición que se presente? Evidentemente no, porque para Noel y su familia el precio que debieron pagar desde el principio de la “Cuarentena social” ha sido tan alto como que un pez sobreviva fuera del agua.

Cuando la política se presenta en una conversación cualquiera, Noel es uno de los primeros que huye como un ratón en una cocina de chinos. Tema álgido por demás, es el paso exacto para caer en contradicciones con cualquier persona, a pesar de esto; recuerda que entre sus muchos pasatiempos estuvo en algún momento de su vida leer en unos encartados la biografía de Ernesto “Che” Guevara. El revolucionario argentino mano derecha de la transformación de Cuba en una isla de calamidades y desgracias. Esto fue por los años en que estaba metido de lleno en el trabajo de la panadería “Pan de Dios” en la Candelaria. Supo desde entonces que su futuro era condicionar sus posibilidades, llegar más lejos de lo que pudo alguna vez articular desde sus pensamientos de adolescencia.

Aunque, a decir verdad, nunca estuvo de acuerdo con la aplicación del socialismo. La praxis política carece de relación con sus circunstancias. La belleza de la teoría se hace humo cuando un tipo se para frente a una multitud enarbolando pensamientos sobre la igualdad, la lucha de clases y toda esa fruslería que retorna a los jóvenes como una panacea.

Eva Chacón tenía un aspecto precipitado para su edad. Esto fue lo que condicionó a Noel para tomar la iniciativa, enfrentar lo indecible y, proponer a esta joven muchacha la unión de sus vidas. Su familia es producto de un desajuste con las negativas de sus familias. El matrimonio Bermúdez/Chacón es exitoso porque definió las vidas de sus integrantes desde el impulso de la libertad.

Los hijos cayeron como manzanas en una cesta de mercado. Jugosos frutos de la palabra bendita, el amor era para ellos un propósito y un fin. Los empleos se transformaron en renglones distintos para ambos, quienes en su limitada experiencia de pareja llevaban un sistema democrático para los deberes. Eva decidió quedarse en casa para criar a los niños, mientras nuestro amigo Noel conquisto un puesto primoroso en la fábrica de embutidos “Ramos & CO” donde los hijos de españoles inmigrantes mantenían una tradición en la ciudad.

La fábrica de embutidos representa el único flujo de caja para el matrimonio caraqueño, desde la llegada de la epidemia Noel percibe que las cosas pueden tomar un giro diferente, por no decir negativo. En cambio, Eva mantiene su mirada fija en la potencialidad de su esposo, el único hombre en quien confía, ya que su padre la abandono junto con su madre cuando rozaba los 10 años. El entrenamiento en la “vida dura” le ha condicionado para vencer o morir.

El principio de aquella semana diez de la pandemia comenzó con el pie izquierdo. Sumergido en una depresión inexpresiva, pero que su esposa intuía desde hace varios días, Noel salió a realizar las compras de costumbre con un rostro que carecía de cualquier vestigio de humanidad. Tomó su desayuno sin mayores comentarios, ese lunes algo cambio en el hogar; pudiera decirse que el pequeño Rodrigo comentó “Mi papá tiene cara de loco, esta como ausente”. A lo que Eva, con demasiada sabiduría en su mirada le replicó “Está pasando por un momento difícil hijo, no es fácil para el no salir a trabajar”.

El mercado de Quinta Crespo fue la primera opción que tomó Noel para buscar alguito para echarle a la olla. La cuestión recaía en la posibilidad de que la tarjeta, o de que los pocos ahorros que le quedaban en reserva fueran insuficientes. Nunca pensó que podía quedarse corto para alimentar a su familia y, esto fue la gota que derramó el vaso. El día lucia perfecto para adquirir unos brazos bronceados ya que el verano arreciaba con fuerza en la capital. En la avenida, antes de llegar al mercado principal los comerciantes informales dominaban las aceras a sus anchas, la cuarentena parecía inexistente por estos lares. Noel se sintió como un tonto con su tapabocas, que de hecho no lo dejaba respirar, como para que los demás se pasearan impunes con su cara descubierta y, conversando como en la sala de su casa.

Abiertos los principales establecimientos alrededor de la avenida Baralt, estos hicieron dudar a Noel de su estado actual donde la “Cuarentena voluntaria y social” había sido su oración cotidiana. No obstante la persistencia de la visión apocalíptica se hacía resistente a su escudo de positivismo. Los grupos de personas aglomeradas en los alrededores al mercado dejaban constancia de las incalculables posibilidades de propagar el virus chino como arroz. Vendedores ambulantes, comerciantes informales, adultos con niños en brazos y, lo más terrible de todo, ancianos haciendo cola para pagar en los puntos de venta.

La canasta básica en Venezuela había conquistado límites inverosímiles. Las similitudes con otras regiones del planeta donde la economía se tragaba todo a su paso envolvió a Noel en una serie de disquisiciones sobre la política, con acrecentado énfasis en el tema de la igualdad de oportunidades. Y, es que a nuestro amigo siempre lo asalto la desdicha en ciertos momentos en que se pronunció en favor de los menos favorecidos, aquellos que el gobierno se encapricho en defender, pero que a lo sumo logró hundir más en la ignorancia.

Los ojos bien abiertos de Noel brillaron al ver un combo en oferta en uno de los puestos del mercado de Quinta Crespo; en este se leía que “Cinco productos por tan solo 5 verdes” es decir, en términos de venezolanismo cinco dólares. Tremenda oferta que le trajo un respiro a la angustiada semblanza de nuestro amigo, quien además llevaba ese día su camisa de la suerte; la que por alguna razón llevaba puesta el día que conoció a Eva Chacón. Entonces nada podía salir mal, ¿O sí?

La cualidad del hombre ante la novedad es la de tomarlo sin mayor razonamiento. La vanguardia siempre la mantienen los que saben adelantarse al mercado, y por ende en el sentido estricto del asunto: los comerciantes de los mercados populares tienen un doctorado en la dinámica de oferta/demanda. Eso lo supo al vuelo Noel, porque desenfundo su mejor sonrisa frente a una chica joven quien le tomó la intención por el lado amable:

  • Buenos días, mi amor, ¿En qué te puedo ayudar, acaso llegaste al local indicado, tenemos lo que estás buscando? – corrigió luego con el chicle que llevaba entre sus labios pintados (cosa absurda ya que la empleada del local no llevaba tapabocas reglamentario, esto no tendría respuesta).
  • La impresión de Noel no se hizo esperar – Sí, claro. Sabes flaca, me interesa el combito ese de los cinco verdes, ¿Esta bien surtido, no? – y contrajo un poco el ceño en calidad de reflexión.
  • Por supuesto, mi rey. Dijo la chica extrovertida. Este combo, en súper ofertón es impresionante. Te cuento que es lo que tiene: 300gr de queso blanco, una docena de huevos, un cuarto de mortadela, una harina pan y, un kilo de arroz, ¿Qué te parece mi guapo amigo, lo tomas?
  • Excelente, está buenísimo – expresó Noel con decisión. Tengo por aquí mi tarjeta de débito. Me dices cuanto sería al cambio y listo.
  • Tranquilo, mi amor. Son un millón doscientos mil Bolívares ¡Mas barato imposible!
  • Dale, aquí está mi tarjeta – aquí la preocupación volvió sobre la garganta de Noel como una exhalación infernal, más el tapabocas resultó fatal.
  • ¿Corriente o ahorro? – espeto la vendedora, además agregó; número de cédula mi amor. Con pronunciada acentuación al final, como queriendo decir que le interesaba el cliente por algo más que su compra.
  • Es corriente, chica. Y, seguidamente; número de cédula 18.43…

La creciente tensión entre los dos implicados en la compra se hizo latente. La angustiosa reacción de Noel delataba algo vergonzoso: seguramente había olvidado chequear el saldo de su cuenta, en ese sentido estaba en aprietos y, la comida de su mesa quedaría supeditada hasta nuevo aviso. La chica inflo una enorme bomba de chicle mientras esperaba que la tarjeta diera positivo en la transacción de compra. Aun nada, parecía que estaba caída la señal del banco. Este inconveniente era “muy normal” para cualquier venezolano, desde que la señal del internet se había hecho una mierda, la costumbre en lo jodido se hizo nuestro sello de calidad. Para cuando al fin el banco soltó un veredicto, ya la cola para cancelar estaba como un cien pies. Noel sudaba bajo su tapabocas, y confiado en el dinero que había estirado este tiempo para que no le fallara. Un mensaje de su esposa leyó en su celular “Espero traigas cosas ricas, amor. No te tardes, te amo”.

Tanto jaleo en el punto de ventas dio pie para que la gente a su alrededor, aquella que se encontraba esperando para pagar comenzará a sentirse incomoda “Queremos pagar” y otros “Olvídalo, hermano. Estas frito de plata”. Qué pena le hacían pasar al pobre Noel, con aquellas frases, que al parecer eran simples expresiones le cortaban como un bistec en una tabla parrillera. Nuestro amigo, lleno de una irritación propia de un niño al que no pueden satisfacer con lo que desea tuvo que resignarse. Era tarde para desayunar, y muy temprano para almorzar. ¿Qué debía hacer? La tarjeta no pasó, la desesperanza se apoderó de su alma, con todo y tapabocas maldijo al sistema. La respiración le fallaba, comenzó a toser; sin embargo una resolución se le presentó como una epifanía “Podía robar para comer” alguna vez había escuchado al fallecido presidente de su país santificar aquella sentencia.

El mercado de Quinta Crespo es una olla de grillos, y en tiempos de pandemia no era diferente al resto. Los pasillos comunicaban con locales pequeños, grandes, diferentes al resto; y se repetían los estilos en las ofertas para solucionar la comida del día. Que como muchos, incluyendo a Noel, apenas y compraban el “resuelve” del día. Las piernas las sentía desfallecidas rondando los pasillos, viendo vitrinas y escapando de su realidad: aquella de la que se sentía exonerado; seguro la compañía lo había pasado por alto, pensó. Nada grave, estaban atrasados con el pago, pero eso debía haber sido el jueves; y hoy lunes por la mañana aún no estaba ingresado el dinero en su cuenta.

Por un momento pensó, o dejó de pensar para actuar, para evolucionar, para ser uno con el elemento de la acción y, dejar de lado la indiferencia ante la injusticia que representaba esta situación inmunda, llena de inactividad, de niños llorando, de poco dinero; en fin, de calle ciega donde todos seremos victimas si no es de Covid-19 por lo menos de las necesidades básicas. Le escribió a su esposa “Te amo, no me tardo” y pasando raudo y veloz, por entre los locales cercanos al de la chica del combo; para así acercarse cautelosamente al lugar de su objetivo: tomó uno de los combos expuestos sobre el mostrador, inicio una carrera frenética. Lo único que recuerda es un grupo de gente corriendo tras de él, con cara de venganza.

La celda fría donde paso una semana de perros fue el acabose. Nadie velaba porque un hombre que robara una bolsa de comida fuera castigado con ese rigor expedito que solo lucen las autoridades gringas. Para Noel Bermúdez el aislamiento que vivió como prisionero, pasando hambre, desdicha y frustración lo convirtieron en un hombre sin esperanza. Su mujer lo pudo sacar con una fianza que acomodó con su cuñado, un abogado civil.

A lo sumo era de esperarse un repele de hechos favorables para Noel, cosa por demás ridícula, porque cuando la desgracia viene junta, pega dos y tres veces. La compañía donde laboró por diez provechosos años lo despidió sin mayores explicaciones, seguramente por incapacidad para seguir pagando plantilla en medio de un parón laboral riguroso. Eva se había transformado desde entonces, ya no es la mujer amorosa o detallista de antaño. Más que todo por la vergüenza que representa su marido para la familia. Hecho curioso es que el peso de la acción que ejecutó Noel es un acontecimiento fútil frente a los avatares que envuelven los negocios turbios de personajes importantes de la sociedad. Algo que el Covid-19 pretende enfermar es el alma humana, eso nunca lo logrará.

La pandemia es un vecino discreto pero eficaz, sigue causando conmoción a más de tres meses de su arribo, para cuando las personas a cargo de la Organización Mundial de la Salud consigan establecer una vacuna; habremos asistido a un episodio gris y doloroso que iguala sus consecuencias con la naturaleza muerta del menor de los males.

Seguimos sin poder respirar, sin expresar, sin contrarrestar los pros y contras de lo que nos rodea; soy un filósofo en medio del desierto, analizándome a diario como un obsceno psiquiatra en el espejo, piensa Noel. Ahora que es un desempleado más viviendo de los bonos del estado venezolano.

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