Cuarta Jornada en San Sebastián

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Después de un arranque soberbio e impresionante, el Festival comenzó a desinflarse a partir del domingo, cuando las películas discutibles y fallidas hicieron acto de presencia. Ayer lunes la crisis se prolongó y la selección oficial casi tocó fondo.

Nosotros vimos “El Artista y La Modelo”, “Foxfire” y “7 Días en la Habana”. De la última salimos tan decepcionados como para decidir extraviarnos y evadirnos de la muestra hasta el día siguiente. Fuimos de marcha, conversamos con los colegas y escuchamos sus consejos. Al unísono nos recomendaron pasar de largo con el drama, “Volver a nacer”, condenado por la prensa local.

En la mañana, despertamos temprano para entrar a la proyección de lo nuevo de Fernando Trueba, una cinta sobre un escultor abocado a buscar su obra maestra en la inspiración de una joven musa, quien le funge de maja desnuda.

El film regresa al canon de lo retro en blanco y negro, para describir con frialdad una serie de clichés románticos y anacrónicos. El viejo recibe una transfusión de sangre fresca a través del contacto con la niña iletrada del “monte”. El final es predecible y no menos académico, pueril y políticamente flojo. Con todo, valoramos el parentesco con “El Sol del Membrillo” de Erice, bajo un desenlace existencialista y desolador en apariencia. A nuestro juicio, a la pieza le sobra cálculo y le falta energía, potencia, brío.

El caso de Laurent Cantet es a la inversa. “Foxfire” irrumpe en la pantalla con la fuerza de los trabajos mayores del autor: “El Empleo del Tiempo”, “Recursos Humanos” y “La Clase”. La cámara nerviosa descubre el surgimiento de una pandilla alternativa de chicas malas y feministas, dispuestas a romper con el orden establecido del sistema conservador y machista de los años cincuenta. Los protagonistas son increíbles actrices y convencen en sus papeles. Rompen vidrios, empuñan navajas, chocan autos y desarrollan su venganza a mano armada. A la hora, nos sentimos emocionados ante la inminencia de contemplar una especie de hermana seria de “Prueba de Muerte” de Tarantino.

El segundo y el tercer acto traicionan dicha posibilidad al concluir con el tono moralista de una sentencia “choronga” y maniquea de Olivier Assayas.

En rueda de prensa, Laurent Cantet hablaba del renacimiento de lo político en el cine contemporáneo. De ser cierta su observación, “Foxfire” debería encarnar la esencia de un manifiesto reaccionario y simplista, en perjuicio del movimiento feminista. Por supuesto, las radicales acaban recibiendo su lección histórica entre misiones terroristas suicidas y coqueteos con la violencia de guerrilla. El realizador nos impone un falso dilema para la mujer: o refugiarse en un individualismo consciente de los problemas o fracasar en el intento de fundar una comunidad paralela.

Laurent Cantet viaja a Estados Unidos para rodar una telenovela juvenil con mensaje republicano de por medio. Lo peor: se pretende lo opuesto. Es lo mismo de la irresponsable y lamentable “7 Días en la Habana”, una galería de postales turísticas con pretensiones de retrato fiel y crudo de la realidad de la Habana.

Todas sus historias ya fueron contadas en el pasado y de mejor manera. El conjunto sirve de tapadera kistch de la censura decretada por el Comandante. Los lugares comunes marcan la agenda y jamás profundizamos en sus auténticos orígenes. La crítica se asoma con pudor y complacencia demagógica.

Una pareja emprende la huida en una balsa. Un país discrimina a sus minorías sexuales. Las chicas se prostituyen. El presidente se guinda en cadena y deja embarcado a Elia Suleiman. Poco a poco, se van exponiendo los enunciados como estampas de un mural descolorido de estereotipos. Culpa de la estética publicitaria determinada por el patrocinador oficial de la empresa, el ron Havana Club, sello empeñado en robar foco a cada instante.

El resultado es un comercial, un fashion film, carente de matices. Apenas destaca la atmósfera malsana del corto de Gaspar Noé, la odisea de Kusturica al fugarse del festival de la Habana y la sátira de Elia Suleiman con ecos de Jaques Tati. El Palestino salva la patria y conjuga verdadera melancolía, tristeza y decepción por el hundimiento del proyecto de Fidel.

Los demás corren la arruga o se limitan a compartir anécdotas costumbristas de antropólogo inocente. Es una mirada culposa de un investigador colonial y etnocéntrico fascinado por el exotismo del trópico. De ahí el estancamiento de la puesta en escena, ceñida a una sucesión de locaciones hoteleras y rumberas. Del clásico bar saltamos a un departamento en ruinas. Retornamos al paisaje convencional apuntalado por la propaganda oficial. A los Castro les conviene un cine así. Les permite subsistir en su régimen de sombras. Extrañamos a la generación Y. Apostamos por su victoria a futuro. Los dinosaurios van a desaparecer.

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