RUTA 6 – VIAJE N° 8 (TRES TRISTES TIGRES)

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Fijarse en el color de las emociones es difícil. Difícil porque la apatía decide a los protagonistas en su desdichada virtud de corroernos el alma en tiempos de carestía emocional y les quita el color. La realidad en Venezuela es monocroma. Ya me he cansado de observar, mis ojos se niegan a ver la desidia, esa madre de todas las aspiraciones corrompidas por la nada que a diario me da una patada certera. Ahí, justo en el orgullo de querer ser alguien en la vida.

Hoy es día de “trae a todos tus hijos a la Ruta 6”. Madres primíparas, de gemelos, veteranas en la procreación humana y demás catálogo se citan hoy en una especie de conferencia anual del arte de sobrevivir a un viaje en un autobús que se deshace con el kínder que llevan a cuestas. La moda ha cambiado tanto que ser madre es lo más in dentro del escaparate de logros de la Revolución. Las barrigas se pintan, se maquillan y utilizan la mejor vestimenta para deslumbrar a todas aquellas personas que odian o envidian su estado. Es que la envidia se convierte en el Hola, ¿cómo estás? de nuestros días. Nada que decir de la hipocresía, madre de todas las conversaciones de unos ingentes actores mal pagados de una obra que la escribió un pajarito que fumó una clase de especie herbaria para nada sana.

Entre este patio de juegos me llama la atención una pequeña niña. No tendrá más de cinco años. La omnipresente voz de Diomedes Díaz anega al bus en una letanía desafinada, borracha y con una vasta cantidad de desaires impropios. En medio de todo el desastre, la niña lee como si estuviera adicta un libro ilustrado con tres tigres en diferentes situaciones. Entonces sucede el punto de quiebre: recita los famosos versos Tres tristes tigres tragaron trigo en un trigal y todo comienza a tornarse sombrío, como una pesadilla de la cual no he podido salir aun estando despierto.

Un niño llora, se deshace en hambre. Su madre no haya las palabras para callarlo. El hambre tiene la cara de perro más recia que un demonio del séptimo círculo del infierno. Tres tristes tigres tragaron trigo en un trigal... A la madre, de unos diecisiete años, le cuesta contener las lágrimas. La rabia, por otra parte, le roba el miedo y maldice el día a día. Cae en la desdicha de reciclar el agua donde cuece el poquito de espagueti que le llega una vez al mes a su casa. Recicla el agua para echarle media cucharada de azúcar y que este brebaje sirva como un tetero para el pequeño. Las tripas se le salen, no hay nada dentro, sólo una infección parasitaria. Miles de lombrices se alimentan de su cuerpo disminuido y desencajado. Una muerta que camina junto a un niño que nunca quiso. …en tres tristes trastos, sentados en un trigal. Un abuelo se aferra a los puestos para no caer. El kínder ha ocupado casi todos los puestos del bus y nadie piensa en ceder su puesto. La única razón a tan desleal acto de inclemencia: lleva una bolsa con dos harinas de trigo, un kilo de azúcar y una pasta de dientes. Vaya esperpento de hombre. Debería darle vergüenza restregarle a los desdichados que no llevan nada. Lo que nadie entiende (porque no les da la gana, así, de tajo, se hacen los brutos) es que, tras horas y horas de sol, conquistó la cima de las aspiraciones diarias: conseguir las sobras de una venta a precio regulado. Todo el mundo desvía la mirada. Le tienen rabia, rencor… envidia. Creo que mentalmente buscan un pedacito de paz porque sienten el odio animal recorrerle las venas en una inyección neta de epinefrina e insultos. El hombre a la final cae. No lo puedo ayudar porque un betumen de gente, sudor y pellejo patrio me lo impide. Todos se congracian: se le ha botado medio kilo de harina y la pasta de dientes ha quedado regada por el piso. ¡Felicidades a todos, cumplieron el objetivo! Claro, en este escenario, ya salen algunos a cederle su puesto.

Sentados en un trigal, tres tristes tigres… y comienza la hermosa perorata de la Venezuela grande, de la profunda. Ese experimento de revolución que terminó echando por tierra toda la mentalidad culta parida en una nación alguna vez conocida como paraíso. Sólo escucho las risas. Es el mecanismo de todas las discusiones actuales. Reír para no matar. Sí, matar. Porque la vida vale medio a los ojos del infierno psicosocial de una sociedad cargada de actores usurpadores de los títulos más diversos; desde el galardonado “Saltador de Talanquera del año” hasta el laureado “Estorbo político del año”. Los galardones se reparten entre el oficialismo y la oposición. Y de eso van las risas, ahí está el chiste. Todo el mundo sigue pensando que la oposición es la oposición y el oficialismo es el oficialismo. A la final, la política venezolana sigue siendo el mismo pozo séptico desde los albores de la independencia. Nunca hemos cambiado, sólo han entrado nuevos figurantes.

…tragaban trigo en tres tristes trastos. La niña termina su lectura porque ya llega junto a su madre a la parada. Decido bajarme y caminar las cuatro cuadras que me restan hasta mi casa. No soporto ver a los tantos tigres tristes que salen con una sonrisa en su cara para pretender que la abundancia de decisiones erradas y la política bipartidista putrefacta hará algún día de Venezuela, el paraíso que fue construido por otras mentes. Algunos que sí pensaron en la comida de los tigres. Podría faltar lo mínimo pero la comida y la vida jamás. Pero los domadores que vinieron luego no se dieron cuenta cuándo se les acabó el circo y cuándo desapareció la comida. Y sin comida los tigres se revelan, sacan sus garras para hacerse con ella, así sea quién los cría.

Veo que quiere seguir leyendo pero la mamá le promete que lo seguirá haciendo pero en la oficina. Más de lo mismo: ilusiones, promesas y oraciones vagas que al final del día no significan nada. Ella es una niña triste y aún no lo sabe. Todavía no ha probado la nada que nos junta en este sopor irresoluble. Es mejor que siga leyendo esa especie de leyenda donde los tigres éramos nosotros y comíamos trigo como sustento de vida. Sería triste que supiera que los magos rojos convirtieron el trigo, nuestro alimento, en discursos coprológicos sobre la involución mental y en balas indiferentes a la razón y a las ideas.

 

Tres tristes tigres tragaban balas en un tribunal…

 

PRÓXIMO VIAJE:

ESPECIAL: UNI 6.

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Jorge Morales Corona

Jorge Morales Corona

Novelista, Poeta y Guionista de Venezuela. Creo en las causalidades y percibo en forma de letras a mi país y a la decadencia de sus años.

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