Carta a los Hijos que algún Día Volverán

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Si acaso regresan y encontrarme no pueden,
no se ocupen en buscarme,
más allá de sus recuerdos
donde viviré perenne.

No se malgasten, no se entristezcan
solo colóquense,
en el sitio donde por última
vez los regañé o aconsejé
y desde allí me corrigen o confirman
de cualquier manera yo feliz seré.

No busquen culpables, no renieguen
ni maldigan; no persigan renovada venganza
en novicios cuerpo, que nada saben de pasadas peleas.

Únicamente, respiren hondo en la vieja estancia,
la que los vio crecer y oyó sus pasos por vez primera.
Retornen a caminar, por nuestra antigua casa,
y admiren sus recuerdos, las lecciones en sus cuadernos,
sus fotos del liceo, sus camisas, ordenadas en sus gavetas,
mudas, esperando volver a ser lucidas,
como prendas nuevas.

Vuelvan a ser felices,
en la evocación de nuestras fiestas,
recorran, el patio y la “media agua”, construida con prisa
cuando derribamos la vieja casa montonera,
para construir, una mejor y más duradera.

Una vez más,
canten, esa vieja canción,
aquella que cantamos juntos en misa,
cuando me regalaron el domingo más alegre,
mediante la luz, que en sus voces yo oía.

Caminen con
mis nietos sobre sus hombros,
por donde una vez paseamos,
con ustedes sobre los míos,
y a modo de cuento díganles,
yo por aquí anduve con su abuelo,
el querido viejo mío.

Si acaso vuelven y no estoy,
espérenme en recodo de sus memorias,
donde les alcanzo, cabalgando en un suspiro del viento,
donde me uno a ustedes, a sus risas en coro.
Y volveremos ser familia y
haremos nuestra magia, con lágrimas en los ojos
y nuestras historias contaremos,
así como quien cuenta su más valioso tesoro.

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