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En defensa de la verdad

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El informe confidencial dicta lo siguiente, y para ser exacto, es algo aterrador en sus contribuciones a la política de seguridad nacional:

“El gobierno del presidente xxxxx expresa su pesar por la aparición de un virus extremadamente peligroso, excesivamente contagioso y proclive a la expansión sin precedentes en un continente como el nuestro. Las implicaciones sociales, políticas y económicas deberán ser contrastadas en la medida de lo posible. Por consiguiente, es menester anunciar el cierre temporal de los límites de las ciudades. Y, a su vez, proclamar un estado de alarma para que cualquier ciudadano que no se preste a caminar bajo las medidas restrictivas sea duramente castigado.

De ahora en adelante la población expresará su conformidad con los estatutos pertinentes a la coyuntura actual. Nadie, y hay que resaltar esto nadie puede salirse del carril; los castigos deben ser acordes al proceso de expansión del virus, que a su vez está jugando a nuestro favor.

Debido a la proclive naturaleza humana para rebelarse contra aquello que le es vetado, suscribimos nuestro compromiso para determinar las directrices que sean forzadas a corregirse. No en vano, estamos a punto de asestar un golpe clave al sistema que hemos afianzado durante los últimos treinta años.

Las normas básicas de convivencia estarán vigiladas día a noche bajo lo siguiente:

  • Aislamiento social y preventivo, en estricto apego a la individualidad.
  • Restricción de la movilidad personal en espacios públicos.
  • Economía de guerra en evolución constante según los acontecimientos.
  • Estado de sitio permanente y toque de queda para mantener el orden.
  • Los disidentes a estas normas serán eliminados o borrados por defecto.

La política será un brazo fortificado, endurecido y abierto al perfeccionamiento en la vida de las personas. Lo importante, en este momento histórico que vivimos, es adelantarnos a los acontecimientos; dividir aquello que es prescindible de lo imprescindible; y para ello estamos los dirigentes políticos, para atender las necesidades de nuestros ciudadanos, maquinas o esclavos”.

La oficina de informaciones del despacho de la presidencia de la republica de xxxxx

En xxxxx, a los 15 días del mes de Enero del año 2020

Solo pensé en el futuro que le depara a mi gato Demian en lo sucesivo, no concibo un mundo planificado por una cúpula de miserables de cuello blanco. Aunque, la verdad no me importa mucho las consecuencias a largo plazo por encontrarme en el cenit de mi vida; espero con ansias desenmascarar a los perros de la guerra que han silenciado al mundo a costillas de unos cuantos viejos apilados en fosas comunes. Porque si el diario a donde remito mis días desde los 30 y tantos años tuviera que ver con mi seguridad personal, yo ya estaría muerto. Hablo para mis sucesores: No vendan su libertad, esquiven con agudeza esta mierda elaborada en laboratorios podridos de intereses vanos.

Mis muñecas duelen al escribir cada día las columnas más desconfiadas, escépticas, escatológicas sobre el sistema político que gobierna el mundo. Roberto me comentó, hace poco en el cuarto del café, que tenía planes para renunciar al trabajo de periodista (que en nuestro país es una trampa mortal), y le lance un piropo de quinceañero enamorado: “Mi pana, tienes todas las de ganar; espero seas muy feliz en España, cubriendo espectáculos decadentes”.

Sí, es un juramento que hice el día que me gradué de la carrera de Comunicación Social, allá por el año de xxxxx cuando la hierba era prohibida y, fornicar en los parques era un estigma rebelde, no como maldito que me considere, sino más bien como un joven estructurado en la hecatombe del siglo XX, cuando las potencias se debatían presionar un botón para sellar el fin. Por entonces, la verdad y la defensa de la misma condicionaron mis pasos hacia el ejercicio pulcro del periodista estrella. Deberían verme entonces, plantado como un Kapuscinski de pies a cabeza, comprometido con el cambio; palabreja tan hueca como el espíritu de nuestro presente.

Y relato esto porque no sé qué hacer con esta información confidencial que me llega de buena fuente. Corroborar la verosimilitud, los desaciertos, la membrana que inyecta de bilis mi estómago al saberme “manos llenas” de la noticia, es la primera plana de un escándalo nacional por antonomasia. ¿Qué dirá la opinión pública? ¿Qué argumentos sostendrán los abogados del gobierno corrupto que defiende los colores de mi bandera? ¿Al publicarse este informe estaré tres metros bajo tierra exhalando los estertores del valiente?

Los gobiernos han hecho tanto por nosotros como los gusanos por los cadáveres de Auschwitz. Es sencillo, la verdad como la mentira viven en constante pugna por dirimir los sentidos del mundo; y la fulana epidemia del virus que parece influenza pero mata hasta las cucarachas tiene un origen desconocido. Quien quita que yo pueda despertar las conciencias de nuestros ciudadanos, al publicar un documento tan bizarro como peligroso muchas vidas se salvarían, o eso creo. Por consiguiente es un imperativo, una necesidad que yo sea un sacrificado, un elegido, un maldito entre los débiles de voluntad.

Las canas ganan terreno en mi cabeza, mientras el cigarrillo me provoca nauseas muy a menudo. El café sigue siendo el único lugar común que no aprueba las grietas del tiempo. Debo seguir siendo quien soy, lo que he sido, lo que permanece en la penumbra del inconsciente o volar en mil pedazos, caerme a golpes con el director del diario, aprovechar mis segundos de fama, comprarme una isla en las Bahamas. En mi interior sé que muchos están abrazados a la esperanza de un mundo mejor, yo en lo personal prefiero la trampa de detonar las bombas y darle un giro al concepto de periodista.

Estoy a punto de terminar un artículo que pretende satisfacer viejas querellas sobre temáticas conspiranoicas. Me acomodo la corbata, los lentes están empañados por el sudor del escritor que se expone ante las aberraciones naturales de la política y reviso la idea en su marco general. Nada puede salir mal, o me preparo para que todo se vaya al diablo. Me rio para mis adentros, el único público que se ríe de mis pensamientos.

Demian ronronea porque tiene que comer, estuve toda la noche revisando el informe y desarrollando el artículo como un balde de agua fría. A lo que vuelvo sobre la pantalla de mi ordenador; el correo confirma su estado: enviado.

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