Neomar, los 17 años y las aves carroñeras

En la vida cada etapa tiene su razón de ser, sus retos y sus encantos. Los primeros años son de formación para el resto de la existencia; en ellos aprendemos las técnicas básicas de supervivencia social, los rudimentos que luego nos permitirán afrontar con alguna solvencia las circunstancias y las dificultades que aparecerán en nuestro transitar. Pero también son años para vivir lo que más tarde se nos negará: la tranquilidad de la inocencia, y cierta irresponsabilidad jovial.

Recuerdo mis 17 años como uno de los períodos más felices que he vivido. Terminaba el bachillerato, ese último año de poco estudiar y mucho planificar el bonche ceremonial de grado, y me esperaba un par de meses de vacaciones antes de entrar a la universidad, el portal hacia la definitiva madurez (eso imaginaba en el momento, luego entendí mi gran ingenuidad). Las únicas preocupaciones giraban en torno a las salidas, a los viajes a la playa, a los sábados de cine o de fiestas, a las noviecitas. Cosas intrascendentes, como debería ser. Salvo la eventual decepción amorosa, o deportiva, no tenía mayores motivos de queja. Nunca tuve que preguntarme si habría comida en casa, o si, de enfermarme, se conseguirían las medicinas necesarias en la farmacia. Esas eran cosas que se daban por descontadas.

Hoy los niños de 17 años tienen otro tipo de preocupaciones. Ellos sí se preguntan si hay comida en su casa, ellos sí se preocupan cuando se enferman ya que saben que tal vez el remedio para su dolencia no estará disponible en ningún anaquel. Para ellos el futuro es una enorme interrogación. Nada se da por descontado. La posibilidad de continuar los estudios, de independizarse, de tener una vida normal parecen ser quimeras inalcanzables estos días. En consecuencia, actúan. Dejan de hacer cosas de niños y asumen actitudes y compromisos enormes para su edad. Lo hacen con el desparpajo, el arrojo y la inconsciencia propios de la pubertad, cuando la adrenalina y las hormonas pueden más que el temor. Y están dejando el pellejo en las calles. Algunos tienen suerte y regresan a sus casas. Otros, como Neomar, caen abatidos un miércoles, día de la semana que parece albergar una maldición dada la cantidad de casos ocurridos en él.

Esa noche, la noche del fatídico miércoles 7 de junio, tratando de entender lo que estaba sucediendo, entré a Twitter y escribí en el buscador el nombre del muchacho muerto. Y tras leer unos cuantos tuits me di cuenta de que en ese escenario se libraba otra batalla, virtual pero no menos feroz que la que se estaba viviendo en la calle. La batalla por la responsabilidad de la muerte de Neomar. Y sentí asco de nosotros como sociedad. Asco por quienes le sacan rédito político a este hecho tan lamentable. Asco por quienes consideran a Neomar como una moneda de cambio y no un niño que murió por participar en una guerra que no era su responsabilidad. Especial gravedad representan las declaraciones de personeros del régimen, que estando aún caliente el cuerpo del niño lo calificaron de terrorista, guarimbero y cosas peores. Una segunda muerte, en el plano moral, es lo que pretendían darle. Lo último que leí es que, como zamuros, sendas comisiones del CICPC y del Ministerio Público se estaban peleando los despojos de Neomar a las puertas de la clínica en donde por fin falleció, abrogándose la propiedad de ese cuerpo descuartizado por algo tan mortífero que le abrió el pecho en una exhalación, que no le dio tiempo de saber qué había pasado. Hay preocupación por demostrar que el muerto no es de ellos. Vaya estupidez, vaya falta de humanidad. Ayer murió un niño haciendo cosas mayores que él, porque la situación del país se las impuso. Eso es lo único importante aquí.

Neomar no pudo regresar a su casa esa noche. No le tocó esa fortuna. Ahora es un cadáver en espera de las experticias forenses que den luz sobre lo que en realidad ocurrió. Sea lo que sea, es injusto. Profundamente injusto, carajo. Los niños deberían jugar, caerse a latas, echar vaina desde el amanecer hasta la noche. No deberían estar metidos en esta guerra.

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mirco ferri sette

Narrador y cronista urbano por vocación, consultor/desarrollador de herramientas informáticas por profesión

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