Lágrimas de caracol

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Su mirada me corto en dos, como el rayo al árbol viejo en medio de la tormenta. Y así, dejando mis hojas secas, desparramadas por todo el lugar, me deje caer a sus pies rogando compasión.

-¡No te vayas!- quise decirle…Pero no salían palabras.

Vi el reflejo de mis ojos: húmedos, rojos y tristes mirando fijamente al suelo. Así de pulido estaba el suelo, brillante como una perla
Y allí estaba yo, con esa mirada de funeral, llorando mi propia muerte. Sabiéndome culpable de tanta tristeza. Vulnerable, como un caracol sin su caparazón.

La mujer que estaba en mi cama recogió su ropa y se marchó, apurada y asustada.

Ella sin embargo, permanecía inmóvil, como si estuviera congelada. Se quedó allí parada frente a mí una eternidad, o tal vez par de segundos. Quizá  esperaba que la viera a la cara, pero yo no podía. Sentía el peso de mil kilos sobre mi espalda, arrodillado ante ella y cabizbajo.

Una lágrima cayó sobre su bota izquierda. Esa gota sonó como un disparo de cañón «boom» y luego el silencio.
¡Maldito!- susurró con voz temblorosa pero firme – mientras caminaba despacio hacia la mesa.
Tomó mi copa de vino y la terminó de un trago.
Me dejo sus llaves y se llevó la botella
A lo lejos, un silbido, el frenazo de un taxi, el golpe de una puerta.

Así supe con seguridad que se había ido
Y por fin,

pude llorar.

 

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