¿Cómo evitas que una gota se evapore?

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Recién vi, de nuevo, la película Samsara, hecha en el 2001 y dirigida por Pan Nalin. Cuenta de de un monje llamado Thasi, que después de haber permanecido en una reclusión voluntaria durante tres años, tres meses y tres días en una ermita perdida en la region del Ladakh en el Himalaya, es ayudado por un grupo de otros monjes a salir de una larga meditación.

Luego de regresar a su monasterio, en el que ha estado desde los cinco años de edad, ya que sus padres, como suele ser costumbre en en esas zonas, lo llevaron a esa edad al monasterio, empieza a tener dudas acerca de su vocación monacal.

En un diálogo memorable con el monje director del monasterio, Thasi le dice que el Buda supo de la vida mundana hasta los 29 años, cuando decidió abandonar el palacio, la familia y todas las comodidades para buscar La Verdad.

Así que decide abandonar el monasterio para conocer algo que desconoce y que cree necesario experimentar, vivir una vida mundana, enamorarse, casarse, tener hijos, y vivir los rigores y las experiencias de la vida común.

Para no hacerles pesado el cuento y para no contarles toda la historia, quisiera centrarme en el tema que me atañe en este momento: una escena en que Thasi ve inscrita en una piedra la leyenda “¿Cómo evitas que una gota se evapore?”.

Desde la perspectiva budista la palabra Samsara tiene como significado ese estado perpetuo, de renacimiento y muerte, el mundo de la relatividad, de los deseos, de la impermanencia y del cambio constante. Un estado de autoengaño e ignorancia de la realidad de las cosas.

Esa ignorancia se afinca en la creencia de un yo inmutable y eterno. La metáfora de la leyenda en la piedra se refiere al total abandono del ego, del la falsa creencia de un yo inmutable. la frase se complementa: “…echándola al mar”. Es la disolución del ego, y al diluir el ego se diluye el samsara, la cadena interminable de insatisfacción.

La gota (cada ser) dejará de ser acechada por la posibilidad de la evaporación (problemas, dolores, deseos que agobian) si vuelve al océano (a lo incondicionado, Nirvana). La gota es parte del océano pues es el océano, y el océano contiene a la gota. Ambos son lo mismo. Pero en la unidad ya nada acecha, nada agobia, nada aflije.

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Mido un metro setenta y cinco. Tengo una docena de libros. En mi cuarto hay un altarcito con un Buda. Me gusta el color azul. A veces me despierto alunado. Prefiero los gatos a los perros, porque no existen gatos policías. Soy de acuario, pelo negro. No colecciono nada, guardo la ropa ordenada. Me aburro en las fiestas y soy de pocos amigos. Tengo los ojos color café tostao. Dicen que soy bueno, aunque no sea bautizado, y aún no me llevan las brujas. Nací a las siete y media de la mañana. No creo en ovnis ni en zombies (pero de que vuelan, vuelan). Uso prendas talla "m". Prefiero quedarme en silencio. Duermo del lado derecho y con franela si hace frío. De la vida yo me río, porque no saldré vivo de ella. No uso saco ni corbata, ni me gusta el protocolo. Estoy en buena compañía, pero sé cuidarme solo. No me complico mucho, no me estanco, el que quiera celeste, que mezcle azul y blanco. No tengo adicciones, mas que de leer y estar solo. Antes creía que no tenía miedos, hasta que vi la muerte a milímetros. No me creo ningún macho y soy abstemio, aunque si hay una buena compañía y un vinito se me olvida esto último. Prefiero más a los animales que a la gente. No tengo abolengo y dudo mucho que tendré herencia. Tengo una rodilla que a veces me fastidia. Tengo cosquillas, no las diré hasta que las descubras. No traiciono a mis principios, que son cinco. Me gusta ser muy sincero, por eso no hablo mucho. (Inspirado en una canción del Cuarteto de Nos)

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