LA OSCURIDAD EN LA QUE NOS HEMOS CONVERTIDO

Ni el mejor de los padres posee la valentía de admitir a viva voz lo que retumba en su interior: que nunca fue el buen padre que debió ser. Para peor de males, ni siquiera el menos cobarde de los hijos tendrá el valor de atestiguar contra él, y, cual benévola víctima, siempre callará. Pero este doloroso encubrimiento, causa de la amarga procesión que todo hijo lleva por dentro, es insignificante frente al primero…, el más dañino de los delitos.

Cualquiera que sea el reproche que se le haga al hombre moderno (tanto al corrupto en la Casa Blanca como al ladrón en una esquina del Bronx) primeramente debe caer con implacable vitalidad sobre su progenitor, quien con su influjo (probablemente nulo y, en el mejor de los casos, bastante escaso) formó seres desprovistos de los instrumentos necesarios para poder ejecutar la tan difícil sinfonía que la vida nos exige interpretar de ella misma. En su lugar, ruido o mutismo es lo que presenciamos a través de los hijos que hoy deberían hacer cantar himnos de alegría al mundo. ¡Que manera de dar la espalda el director de la orquesta! ¡Que partitura vacía y mal compuesta la que ha recibido el músico impúber!

“¿Quieres a tu padre?” es una pregunta que millones se aventuran a responder rápidamente sin siquiera imaginar que su respuesta estará demasiado cerca de la gran mentira que dirige nuestra realidad… Te pregunto, ¿quisieras, antes de responderla, saber por qué tu respuesta estará alejadísima de la verdad, de una verdad que desconoces? Muy bien, si estás dispuesto a escucharla, tenme la tolerancia y la paciencia de leer los tres párrafos siguientes con la atención de un “buen hijo”.

Ya Sigmund Freud nos trató de explicar las raíces y la influencia que ha tenido en la historia la antigua rivalidad y las frustraciones reales que hacia sus progenitores profesaron hijos que, con una actitud crítica y sin pizca de remordimientos, se vengaron de sus padres; sin embargo, no expondré aquí de qué cosa se vengaron esos hijos, sino esa verdad que desconocemos y que se haya mucho más atrás, mucho antes de esos repetidos actos de venganza: la creación del primer hombre.

Todos estamos sufriendo las graves consecuencias que se han desencadenado en el planeta por no haber respetado leyes básicas de la naturaleza (enfermedades congénitas, desequilibrios ambientales, irrespeto al prójimo), pero pocos se han detenido a pensar en la peor de todas ellas, la irreparable consecuencia de quebrantar la mayor Ley de todo el Universo: ser nosotros tal y como lo es el Ser Creador. En tres palabras: ser buenos Padres. Permítanme explicarles esta Ley Universal desconocida para muchos, y con ella avalar mi descabellada teoría del “fracaso del mundo”. Abundan pruebas de que la física quántica, en su afán de conocer y manipular la esencia de la materia, ha topado con un Energía que se les escabulle de las manos de forma magistral a los científicos, y esa Energía (cuyo asombroso comportamiento ha empujado a muchos ateos eruditos a abrazar creencias religiosas) está arrojando cada día mayores pruebas de que sencilla y llanamente es Dios. Einstein ya lo había advertido: “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Es axioma en el ámbito de la Ciencia que “la energía nunca comenzó ni jamás acabará”, lo que nos obligará a rendirnos ante la incapacidad de responder: ¿quién fue primero, el huevo de la Energía o Dios en forma de gallina? El no poseer aún esta respuesta no es motivo para evadir una gran verdad: antes de la Creación, antes de ser establecidas todas esas “moradas” que conforman el Universo, y todos los que en él habitamos, ya existía esa Energía, y dicha Energía, que sin temor a equivocarnos podríamos llamar LUZ, a pesar de poseer una Sabiduría infinita (Sabiduría demostrada en la obra ya creada) se encontraba sorprendentemente SOLA. Dicha soledad quedó eliminada para siempre (quizá sea lo único que durante toda su existencia haya eliminado para siempre el Creador) en el mismo momento en que creó la primera criatura, y desde ese mismo instante esa Energía se convirtió en PADRE. ¡Reflexionemos! ¡Esto fue lo primero que Dios decidió Ser dentro de su Ser! ¿Acaso erró Dios al convertirse en Padre? Surge esta interrogante porque lo que vino después lo conocemos muy bien (pero a la vez muy mal), culpa de quienes asumieron el poder de “enseñarnos” hasta la saciedad cómo era el vengativo dios del Antiguo Testamento que ellos asumieron como juez implacable del Edén y nos lo impusieron como nuestro supuesto Padre. Pero sin adentrarnos en el tema de las equivocadas enseñanzas de los honorables “padres de la Iglesia”, y de cómo formaron hijos vengativos a la imagen y semejanza del dios guerrero Yahvé, lo que no admite discusión es que el verdadero Padre de los padres no formó planetas para con juegos esféricos matar su aburrimiento, sino para posar en ellos su tesoro más valioso: sus hijos.

Ahora bien, que estos hijos, mientras observaban el ancho mundo que se les fue dado, y aplicando la mayor de sus cualidades (su libre voluntad) hayan decidido en el transcurso de la historia perfeccionarse como hábiles cazadores, fundidores, militares, SACERDOTES, científicos, artistas, GOBERNANTES, empresarios, BANQUEROS y cuantas profesiones se hayan inventado, levantaran la gran civilización que hoy conocemos no es lo que me sorprende, más bien lo que me parece insólito es que el resultado de semejante empresa es una magna obra (tan bien maquillada) que oculta un fracaso repleto de empleados desamparados, miles de millones de ciudadanos abocados en una faena y una vida solitaria cargada de un sinsentido atroz, todo porque descuidaron y olvidaron la tarea primordial: ser padres perfectos. ¿No era de suponer que la única faena que, en su Sabiduría infinita, el mismísimo Dios escogió para dar un sentido a su propia existencia fuese también la que, “por sobre todas las cosas”, el hombre buscara emular a la perfección?, repito, a la PERFECCIÓN… Sin embargo, no todo es tan oscuro e imperfecto. Tenemos conocimiento de que hace dos mil años existió alguien que lo hizo, pero la posibilidad de que surja otro buen hijo como aquel ya se ha apagado, o quizás nunca se encendió… Quizás este apagón ocurrió porque todos aquí abajo decidieron en conjunto achacar sus propias culpas a Dios y decidieron vengarse del Padre no imitando al buen hijo sino adorarlo arrodillados o cantando a una distancia bastante alejada de la cruz. Por tanto, la última interrogante que lanzo, solo a quienes no desean compartir acto tan deshonesto e injusto, sería: ¿Cuál de los tantos padres distraídos por el mundo, y de espalda a la Luz, está dispuesto a “asumir la responsabilidad” de la oscuridad en la que ha hundido a sus hijos?

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Un comentario

  1. xluis dijo:

    ¿de que energia hablas? existe lo que se llama energia del vacio o mas bien del falso vacio, que es lo uniocque puedo asimilar a lo que tu dices de la teoria quantica, es una consecuencia de esa toria. Pero de ahi a conseguirle un sentido mistico.
    Mi padre era ateo y hasta donde se era un buen padre, cariñoso y siempre inventando cosas para estar con nosotros, nos enseño a todos a jugar ajedrez y realizamos torneos en la casa. El se murio hace unos tres años y ni aun cerca de la muerte se le ocurrio creer en un dios.
    La mayoria de los hechos que narra Freud son especulaciones, ya que su asidero experimental es pobre o inexistente.
    En lo personal lo considero un fabulador. El hecho que algunos que se dediquen a la ciencia crean en dios, solo significa que son seres humanos, no automatas, no somos logicos y razonables TODO el tiempo

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