30 Minutos o Menos: Cine Express en Tiempo de Descuento

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Fui a verla en mi nueva rutina de los sábados. Ir al cine al mediodía, antes del almuerzo, a sala vacía. Los problemas de inseguridad, obligan a hacer cambios en las rutinas de consumo. Ya la función de las nueve de la noche, nos resulta peligrosa. Por ende, ahora preferimos el día para disfrutar del espectáculo y de la magia de la proyección a oscuras. Esperemos por un futuro donde se normalice la situación. Todavía lo siento lejos.
Por lo pronto, asistí a la cita con la segunda película de mi estimado, Ruben Fleischer, autor de la grata sorpresa de “Zombieland”, irónica revisión del género fundado por George Romero, a la zaga de las tendencias iconoclastas de la posmodernidad.
Aquella ópera prima deslumbraba por su sentido del humor negro, un reparto ideal, un subtexto apocalíptico y una planificación visual de alto vuelo, donde la cámara lenta le exprimía el jugo a la puesta en escena, bajo un ritmo demencial de video game de ciencia ficción.
Solo le cuestionamos el desenlace por predecible, así como su argumento romántico, pasado por el filtro de la peor comedia juvenil, de chico encuentra chica, a la gloria de la pareja conformada por las revelaciones de Jesse Eisenberg y Emma Stone, muy bien escoltados por los secundarios de Abigail Breslin y Woody Harrelson, quien se robaba el show con su ultraviolecia de “Asesino por Naturaleza”.
Ahora con “30 minutos o Menos”, el realizador vuelve a contar con los servicios del doble de Mark Zuckerberg en Hollywood, tras su éxito en la inspirada, “Red Social”.
Al respecto, el director no pierde la oportunidad de hacer un chiste, a costa de la comparación con Facebook. De tal modo, el protagonista luce como la versión fracasada y perdedora de su sueño americano reencarnado en la obra maestra de David Fincher.
Es parte de lo mejor del telón de fondo de la propuesta, cuya principal apuesta radica, precisamente, en fungir de brutal desmontaje de una generación de relevo, extraviada y sin futuro por efecto de su conformismo, su materialismo histérico y su estancamiento social, al amparo de la cultura de masas de desecho.
De ahí la ocasión de evocar clásicos sobre el mismo tema, como “Slacker” y “Dazed and Confused”, ambos de Richard Linklater, por no hablar de los parentescos con las recientes, “Superbad”, “Adventurland”, “Pineapple Express”, “Step Brothers”, “Dude, Where’s My Car?”, “Greenberg” y “Paul”, pequeños diamantes en bruto de la industria, descartados y subestimados por la academia.
En efecto, todas ellas merecen nuestra consideración por recuperar a la figura del “looser”, del “nerd”, del renegado y del antihéroe con derecho a la redención, según una lectura nostálgica y melancólica de los códigos de los ochenta en la meca, al estilo de John Hughes y compañía. “30 Minutos o Menos” cumple con la tarea de rendirles tributo y de buscar su revisión paródica.
Además, el ejercicio de autoconsciencia permite descubrir la reflexión metalinguística de los creadores de la pieza, alrededor de los resortes y estructuras de los modelos canónicos.
El film cuenta una historia simple y pedestre, de secuestro y atraco a un banco, para reírse de sus propias fórmulas de base, de sus personajes y de su realidad devenida en teatro del absurdo.
Por ratos, advertimos el guiño a la carrera de los Hermanos Coen, en “Sangre Fácil”, “Arizona Baby”, “Fargo” y “Quémese después de Leerse”, salvando las distancias. Es decir, “30 Minutos o Menos” carece del virtuosismo formal y de las pretensiones de los brothers, pero igual comparte una visión distópica, bizarra y cuestionadora de los paradigmas de la época.
Su mayor virtud reside en asumirse como un aparente divertimento menor, condenado a la explotación de la programación por cable. No obstante, esconde una profundidad ajena y extraña a la oferta de la cartelera nacional.
Verbigracia, para mi supone el definitivo triunfo o la conquista de la no narrativa de la vanguardia “mumblecore” en el seno de la producción mainstream. Por algo, su empaque y alcance son modestísimos al lado de “Zombieland”.
No en balde, “30 Minutos o Menos” se explaya en parlamentos y situaciones cercanas a la experiencia de improvisar con escasos recursos a la mano, casi en plan de tesis de grado, de gusto por el acabado chocarrero y amateur. Es el caso de “Conejos” en Venezuela, opacada por las autoridades incompetentes.
Por consiguiente, la trama le gasta bromas al espectador avispado, al confrontarlo con un espejo de su mundo de consumo, de entregas a domicilio, de charlas vacías, de planes incoherentes y de misiones imposibles en el laberinto de la nada urbana.
Dos despojos de treinta años se disfrazan ridículamente de gorilas, para chantajear a un pobre repartidor de pizzas, de asaltar un banco, a cambio de su vida, pues lo cubrieron con una chaqueta bomba.
Para cometer el robo, la víctima se inspira en “Punto de Quiebra”, mientras incorpora una suerte de versión pedestre del hombre de “Hurt Locker”. Por tanto, “30 Minutos o Menos” enfilará sus baterías contra un inconsciente colectivo, medio alienado, incapaz de superar sus fantasmas de la infancia, sus complejos de edipo y sus memorias programadas por la dieta del espectáculo prefabricado, de usar y tirar, cual menú de “Domino’s” y “Blockbuster”.
Pero a diferencia de Michel Gondry en “Be Kind Rewind”, la resurrección del espíritu de los hitos del video de nuestra era, de “Martes Trece” a “El Planeta de Los Simios”, no salvará a los hijos de la administración Obama.
Allí estriba la fuerza pesimista de “30 Minutos o Menos”, atenuada con un “happy ending” agridulce. En el desenlace, el botín les explota en la cara a los ladrones por accidente.
La buena noticia: no hay un pizca de moral y corrección política en el mensaje de cierre. Es la respuesta a la solemnidad de Ben Affleck en “The Town”.
La mala: el guión es previsible, en su enfoque binario y maniqueo de la acción. Camina en círculos en el segundo acto. Algunos gags no aciertan en la diana.
De cualquier modo, el balance es positivo.
Me gusta la química de los dos bribones tras la esmeralda perdida.
Mención especial para la contribución del deslenguado, Aziz Ansari.
El productor de la charada, Ben Stiller, se salió con la suya.
Mis respetos.

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