El ocaso del chico estrella…

El día que Javier recibió una copia del disco Creatures of the Night de Kiss tendría el presentimiento que gran parte de su vida se consumiría en en emular y admirar con fervor a esa banda seguida por millones en el mundo entero. Javier bebía de las influencias musicales de los variados gustos de sus primos y en especial de los de su padre Julio, quien más temprano había influido en el joven al regalarle una guitarra acústica barata y un pequeño libro con notas para principiantes. El viejo Julio tenía además una envidiable colección musical, principalmente compuesta por obras de blues y rock de los 70, de entre los cuales resaltaba Layla and Other Assorted Love Songs de Derek and the Dominos, aquella superbanda de Eric Clapton después de The Yardbirds, Cream y Blind Faith. Resalta ese disco por el especial cuidado al que lo sometía el viejo Julio, el disco tenía un lugar especial en la biblioteca y había varias copias de él, para reproducir en distintos momentos y según su humor. También tenía una copia que no tocaba nadie, ni él mismo, la de colección.

Sin querer y sin saberlo, el joven Javier poseía unas manos especiales para sacar el máximo provecho a las seis cuerdas. Ya de pequeño empezó a estudiar con dedicación bajo la estricta tutela de Ramón Querales, uno de los maestros locales y más respetados músicos de la ciudad. Siempre iba un poco más allá que sus compañeros, mientras los demás saltaban de la intro de una canción a la intro otra, él las tocaba en su totalidad. Era de completar los retos antes de asumir otros. La pericia del joven Javier crecía y se afirmaba día a día, llegando a ofrecer de manera frecuente, recitales en su escuela, alternando así con sus estudios y las actividades regulares propias de los niños hiperactivos y apasionados. A los 16 recibiría de manos de un primo el disco que marcaría sus días por venir. Al ver la carátula, poco comprendía a esos cuatro tipos de cabello alborotado, con las caras pintadas y ataviados con spandex oscuros, trajes espaciales, demoníacos y por si fuera poco, instrumentos musicales con figuras y motivos un poco fuera de lo común. Lejos de percibirlos con miedo o desdén, la carátula del disco le arrancó par de carcajadas y le sembró una curiosidad apremiante por conocer su contenido, curiosidad que debía contener por el momento porque ya iba tarde a una clase de guitarra. Ya de regreso en la noche a casa, con la vista cansada y con falta parcial de sensibilidad de los dedos de su mano izquierda debido al intenso trasteo con las cuerdas, lo esperaba un plato de comida caliente que había preparado su tía en la tarde. Como la sala estaba desierta, se sintió con la libertad de colocar la grabación en el tocadiscos a un buen nivel de volumen, que le permitiese cenar con cierta comodidad a pesar del extenuante cansancio. Le tomaba habitualmente unos 15 minutos completar su cena, pero esta vez se extendió hasta unos 40 minutos, más o menos el tiempo de duración del disco. Con pausas entre los bocados para disfrutar las canciones y los riffs de guitarra, su cena pasó desapercibida, no así las canciones del disco, en especial esa inolvidable balada I Still Love You. Claramente no es de los mejores discos de Kiss, pero de cuando en cuando son esos discos extraños y sin lugar ni honor definido los que logran marcar la diferencia y derribar las barreras de los gustos. Al viejo Julio le había pasado hace tiempo con el American Star ‘n Bars de Neil Young.

A partir de ese día su ejemplo a seguir, musicalmente hablando, sería el guitarra Paul Stanley o mejor conocido como “The Starchild”, su alter ego para las presentaciones y su vida de músico. Años más tarde, así mismo haría el joven Javier, aprendiendo las canciones más populares, imitando los atuendos y el maquillaje hasta donde la habilidad de su tía le permitiese. A los 21 logró contactar a otros tres jóvenes con similar inclinación por los neoyorkinos para formar una banda tributo y rendir homenaje a su más profunda y arraigada influencia. Ahora que había terminado una carrera corta en la universidad y como veía poco futuro con ella, decidió arriesgarse a probar suerte dedicándose de lleno en el mundo de la música y utilizando unos ahorros que tenía guardados de sus meses trabajando a medio tiempo en una sala de cine, compró una guitarra eléctrica y un amplificador. Así, con Javier en guitarra principal, Jorge Luis en guitarra rítmica, Carlos Eduardo en la batería y Diego en el bajo, nació una banda joven, con sueños, con ganas de tarima, con ganas de aplausos, con ganas de mujeres y con ganas de fama. Aunque en un principio habían acordado que harían homenaje a Kiss, luego repensaron las cosas y decidieron también grabar material propio, que hasta el momento se reducía a sólo par de bosquejos de unas canciones realmente sencillas y cortas.

Sería genial poder decir que la fulgurante carrera que muchos veían en el joven Javier fue exitosa y duradera, y que al madurar su música y sus gustos con el paso de los años, dejaría de versionar temas de otras agrupaciones y nos brindaría temas de propia composición, que dejaría atrás los maquillajes y los vestuarios y se crearía una persona de su propiedad, que el homenaje a sus ídolos fuese de su propia cosecha y maduración, que llenaría de aplausos el Poliedro de Caracas, que miles de seguidores corearían su guitarra y su voz, que sería telonero de sus inspiraciones, que sería la portada de las revistas especializadas, en fin, sería fantastico poder decir que sería lo que todos pensamos que es un rockstar. Todos los que lo conocieron coinciden en que no existe abolutamente ninguna duda de estos objetivos estaban en su carrera que estaba aún por escribirse y en sus caminos que estaba aún por transitar, pero ese es el detalle, que las cosas aún no se escriben y los caminos aún no se trazan. Y así como cuando no se quiere que ocurran las cosas, estas simplemente suceden y ya, o por lo menos es lo que cualquier persona con algo latiendo en el pecho pudiera repetirse mentalmente como un mantra durante 45 minutos en estado catatónico luego de una corta conversación mientras se llena el tanque de gasolina del carro.

– ¿Amigo tienes gasolina de 91? -pregunté mientras bajaba el vidrio y se dejaba sonar levemente una pista de Kiss.

– Sí, sí hay. -respondió el bombero de la estación, con una cara distinta a la habitual, o no tanto, es decir, ¿con qué frecuencia se fija uno en la cara del que lo atiende en una estación de servicios?-

Y entre algunas miradas de reojo, como con cierta timidez se le notaba que quería o necesitaba preguntar algo.

– ¿Eso es Kiss, verdad? -preguntó con cierta reserva el bombero, con la diferencia que ahora se le notaba una fuerte manifestación de tristeza en sus ojos.

– Sí, brother, Kiss es lo que suena. -respondí con ciertas reservas, pero con un poco más de sorpresa que todo.

– Ah, qué casualidad. -replicó el bombero sin reparar en mi expresión o intención de prolongar el intercambio de palabras, cosa que por supuesto quería hacer.

– Es que hace un rato murió un primo que le gustaba mucho Kiss, en especial del guitarrista, el tipo con la estrella en el ojo. -dijo con la voz quebrada y con los ojos aguados.

Y ahora que lo pienso con detenimiento, me hubiese gustado ver mi cara, porque sinceramente no la recuerdo. Creo que es la primera vez que muestro una cara con una mezcla de sorpresa, de tristeza y de asombro ante algo que me haya dicho otra persona, y creo que por más que lo intente, simplemente no me lo podría imaginar.

– Ah qué mal. -respondí, queriendo sinceramente haberle expresado palabras más condescendientes y que le ayudaran a cambiar el semblante de su rostro, pero se me hizo un nudo en la garganta que me fue imposible desatar.

Y así como yo, también su maestro Querales, el viejo Julio, su pana del alma Jorge Luis, su hermano perdido Carlos David, Diego y el pequeño mundo de conocidos que rodeaba al joven Javier se enteraba que su naciente estrella se había apagado. No estoy seguro de haber podido otorgarle algo de calma y tranquilidad con mis escuetas palabras, pero sí me hubiese gustado que el brother supiera que me transmitió mucho de su dolor…

 

Foto tomada de acá

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Héctor

No soy chino, soy venezolano con visión widescreen.

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