Una tarde en el Sambil

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Nos robamos un refresco. Entramos a un restaurante de auto servicio, busqué un vaso lo llené, yo bebí, ella bebió, yo lo tapé y salimos orondos por la puerta. Dimos vuelta y comentamos lo extraño de la presencia de sola marca de refrescos, y no gaseosas, ni sodas, refrescos como decimos en Venezuela. Al salir de nuestro robo tropezamos con dos jóvenes, ella de quince y el dos años mayor, ella le insistía en dar un regalo que él no aceptaba, me pareció tan extraño como la desaparición absoluta de competencia de refrescos en la feria.

Retomamos la búsqueda, tengo que comprarme unas cholas para ir a un matrimonio. Mi vida ha cambiado y para bien, por fin voy a los matrimonios coleado institucionalmente y además en cholas, es en la playa si, pero el hecho es que voy en cholas, no pantuflas, no sandalias, cholas, porque diga lo que se diga chola es esa gomita espuma que le durará a uno dos semanas si se la pone todos los días, chola, solo eso.

Yo pensaba que era mi día de suerte, mi tarde de suerte. Entré al Sambil y me tomé un refresco gratis y robado, caminaba con ese orgullo de sabérmelas todas, de decir nada más me puede sorprender cuando en un sorbido de refresco comenzamos a notar que los negocios cerraban como en los viejos tiempos corrían los buhoneros, solo que en este caso era por falta de luz, en el centro comercial se estaba yendo la luz, pero esas cosas también ocurría cuando los PM martillaban a los buhoneros, aquellos seres azules oscuros faltos de luz le quitaban mercancía, plata, entre otros escándalos que no vienen al caso recordar, porque somos un pueblo sin memoria y nuestro destino es el alzaihemer, temblar y temblar y tratar de rogarle a dios que una loca poeta lo acompañe a uno y se vacile la locura y la falta de memoria.

Volviendo a la luz, al notar que se estaba apagando el centro comercial pues me enfilé al estacionamiento, enseguida pensé ¿Será que podré irme de aquí sin pagar estacionamiento? Y así, con las escaleras a oscuras, a tientas, recordando dónde estaba el carro ella y yo llegamos, prendimos y salimos, y el Sambil quedó atrás como si nos hubiéramos parado debajo de una mata de mango: a ver a los chinitos tomándose fotos, a las disco-teca-tiendademodas que se proclaman como lo más “IN”, los niñitos fastidiados llevados a rastras por sus madres mientras ellas se miden el tacón más alto, unos precios exorbitantes como si los venezolanos fuéramos rusos que viven en Inglaterra pero que se criaron en Cariaco y pasaban vacaciones en Upáta, unos medio extra terrestres o desterrados pues, unos extranjeros hasta en la ducha, porque así están titulados los precios de las tiendas que dejé sin luz, porque ese país que duerme en el Sambil que son los precios, eso es otra Venezuela, de otra Venezuela que no sé quienes son, será la que vive entre la oligarquía porque según Chavez nadie, nadie socialista va para allá, sería ilógico, porque la nueva burguesía que nacerá, esa compra en MIAMI y va al concierto de madonna en parís o paga unos quince años donde van el chino y nacho, ellos, los verdaderamente ricos los que mantienen ese centro comercial que por supuesto no soy yo que me alegro de un refresco robado y la exoneración divina del pago del estacionamiento, esa gente estoy seguro que jamás, así quieran, así lo sueñen pueden tener esta alegría de ser un don nadie y andar libremente por la ciudad robando refrescos y mirando la luna llena, hoy como nunca pensé pasé una tarde en el Sambil y fue chévere, como que Caracas ya no me está atormentando tanto, como que ya no veo la ciudad y me alegro, como que el hecho de que los ciudadanos estén hipnotizados por las nuevas cavernas que son los “MALL” pase, pues como que no me importa mucho, parece que el truco es estar enamorado y nunca tener donde dormir, esto no lo escribo para decir: “miren que intenso soy que pude ir a un centro comercial” no, esto lo hice para darme cuenta que ahora soy feliz en cualquier parte, en cualquier tarde, así sea una tarde en el Sambil.

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