Morir de día, querer de noche

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Vamos a hilar las hebras que nos tiende cada día. Creo en los detalles como refugio, como revelaciones ante el marasmo: un giro secreto que activa la rueda de los cuerpos agostados. De cada día espero, sin afán pero con alegría, el fragmento que guardaré celosa porque ha llegado a mí, sólo a mí, para hacerlo vívido en la memoria por si descreo en algún momento del portento que aguarda en lo minúsculo.

¿Qué es morir de día? Morir al son que has inventado aunque desluzca ante otros ojos. Morir vivo en la gracia del desatino feroz para no acabar muerto en vida. Morir de día es, como decía un particular compañero de adicciones y juergas, crear la casa a tu antojo y entender que por ello toda regla parte de ti, nueva y libre. Él moría de día siempre y a nadie he conocido tan emancipado (y así, tan inaprensible).

Morir de día es también, cómo no, mi primera vez en el BAFICI. Una película con precioso material de archivo, con una escritura libre, con silencios cargados para dar cuenta de un mundo donde las drogas eran sustancias casi místicas; aliadas en el juego de existir malditos para no consumirse en vano.

La grieta urgente

Una sociedad y un Estado hostiles fungieron de agraz en el ojo de tantos barceloneses. Sus gritos están aquí en cada pinchazo de heroína, en cada palabra; en tanta muerte a destiempo.

Comenta uno de los protagonistas de la época que cuando su padre quería reprenderle bajo el argumento: “Sé lo que te digo, tengo 29 años de experiencia”, él pensaba: “No, has vivido un año repetido 29 veces”.

Entonces morir de día era impostergable en Barcelona para estos seres. Y así lo hicieron, aunque ante el adverso desenlace no faltó el grito: -“Pues que se mueran, igual son adictos”. Algunos siempre se conformarán con su año repetido hasta el desgaste.

Si de nada sirve vivir

No se muere así, de día, liados a la misma adicción que ya agotó en nosotros su poder creativo. Hay que dar vuelta al rostro, a los ritos. Morir de día es irse tan lejos para ser de nuevo niña y no hallarme hasta estar aquí, en cada frase de este texto que he pensado durante largas horas. Es esta angustia de no saber si lo llevaré a buen puerto, con los giros planeados y la dicha infinita de verlo completo. Morir de día es crear pese al mundo (o a nosotros mismos) por pura urgencia de no cruzarlo estériles. Son los ojos, las manos, los sentidos abiertos del poema de Vicente Aleixandre que da título a la película:

Quiero morir de día, cuando aman los leones, cuando las mariposas vuelan sobre los lagos, cuando el nenúfar surte de un agua verde o fría, soñoliento y extraño bajo la luz rosada.

Quiero morir al límite de los bosques tendidos, de los bosques que alzan los brazos. Cuando canta la selva en alto y el sol quema las melenas, las pieles o un amor que destruye.


El hilo perdido

¿Y a dónde nos lleva este hilar? Tejo yo y el resultado, por tanto, es arbitrario. Un fragmento de un poema se ha precipitado al salir de mi primera experiencia BAFICI. No cualquiera, sino uno de Cortázar en forma de leyenda sobre una foto:

Te quiero, país (…)

sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,

nada más que de lejos y amargado y de noche.

Para morir de día he elegido querer también de noche.

 

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