V.I.P. de Ibrahim Guerra1

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En la mañana, mientras desayunaba, tomé el libro autografiado con cierta aprehensión. Pasé la vista, rápidamente, sobre la descripción de los personajes y su orden de aparición; suspiré, lo dejé a un lado y terminé de desayunar. De seguidas salí a la calle a trabajar y buscar el dinero para pagar las cuentas.

Regresé en la tarde para dar las mil vueltas que responden al almuerzo, tardío, y al resto de rutinas hogareñas. Al final me recosté en la cama. Allí estaba el libro. Volví a tomarlo dispuesta a iniciar las primeras diez páginas; la intención era darle una rápida mirada para luego ponerme a escribir. Eran alrededor de las ocho de la noche.

Lo cierto fue que las horas pasaron y no pude separarme de la lectura. Leía sin parar arrebujada de mil maneras en la cama. Me recostaba, sentaba o volvía a apoyarme según me lo advirtiera la espalda y sin apartar los ojos de las líneas. Fue sorprendente. Una montaña rusa expectante.

Soy lectora asidua y consciente. Noto cuando hay vacíos en las obras. En virtud de que amo tanto leer si me aburro puede que continúe pero, al final, suelo ser muy cruda y crítica. Normalmente algún hueco de la historia o el desorden reflexivo me vuelve suspicaz y lejana. En esta oportunidad, no ocurrió, aunque de veras lo esperaba. Considero que el buen escritor es el que sabe conquistar desde las primeras líneas y mantenerlo atado a la lectura hasta el final o hasta que su espalda o los ojos rezonguen.

Aunque algunas personas crean lo contrario escribir, y hacerlo bien, es un arte con el que no pueden muchos y aun cuando se diga (con ligereza) que escribir lo hace cualquiera, atrapar la mente, crearle alegría, angustia, tristeza o rabia, hacerle reflexionar sobre nuevas ideas, originar choques y conflictos internos entre las ideas propias del lector y las nuevas opiniones es sólo de artistas y no lo logra cualquiera. Ese es el espacio de los grandes ligas. El territorio para los que han asumido el reto de escribir como una forma de manifestación artística tal como lo es la pintura o la música. Escribir es algo más que esquematizar y poner carne a bosquejos esqueléticos. Eso si puede hacerlo cualquiera.

Cuando se entra a VIP se accede al teatro y su escenario. Se observa a los personajes mientras se lee. Puede verse la puesta en escena de la obra mientras se van estudiando las estrofas dialogadas como si se estuviera en el patio central del teatro disfrutando de una actuación sin errores. Esta pieza es una vorágine para la imaginación. Es pletórica.

Admito que irrumpí en ella llena de expectativas. Estaba buscando algo y durante toda la lectura husmeaba. De acá para allá olía las palabras de Aquiles que me recordaban a mi cuñado y creía encontrar algo. Después aparecía Sebastián, me distraía y otorgaba otro rastro que conducía la búsqueda por otro lado. Pretendía que había encontrado otra pista (aunque diferente) y que ésta me conduciría, quizás, en otra dirección pero siempre a la solución del misterio y mucho antes de que el autor lo expusiera. Y ¡es que soy tan lista!. Pero es evidente que no lo soy ya que jamás descubrí nada. Seguí escudriñando sin encontrar lo que buscaba, aun cuando nunca supe, que era realmente lo que estaba explorando en esta obra. Lo cierto es que no hubo compensación de ninguna expectativa pero, sin saber cómo o por qué, quedé satisfecha. Sorprendentemente complacida.

Se movían mis ojos de Sebastián a Aquiles, el más coloquial e inoportuno del grupo, al esquivo Orlando o al circunspecto Alejandro, luego al Julio Cesar muy confiado de sí y al lejano y apartado Rafael, que distinto a mi, observaba todo lo que ocurría sin expresar opinión alguna.

La obra es un misterio mórbido. Promete continuamente algo. Y si bien cambia de rango, todo sigue siendo promesa. Es una oferta que jamás se cumple. Pero ésta omisión u ¿olvido? no deja sabor amargo en el espectador. Al terminar la lectura se cierra el telón, se leen los créditos (el índice final) se cierra el libro y se podría decir: ―No pasó nada―. Hubo (durante toda la obra) un expectante suspenso que no se resolvió. Las interrogantes no fueron respondidas. Pero esto jamás resulta grotesco. Se da una cuenta de la cosa con una sonrisa en los labios.

Irónicamente maquiavélico.

Y la vida misma ¿no es así? ¿Cuántas situaciones, en ella, están realmente resueltas? ¿Cuántos caminos emprendidos buscando respuesta y ésta nunca aparece y, sin embargo, esto no desmerita lo valioso de la situación o del aprendizaje aun cuando no pasó nada?.

Burda la vida que promete y no cumple; atinado el autor al mostrarlo.

Se encuentra un personaje principal que como pulpo titiritero y a la vuelta de las escenas, es el peinador de la vida de todos y con intención de seguir influyendo a pesar de la amenaza de que algún otro, secreto titiritero, hace lo propio con su futuro e imagen pública.

Si es cierto el comentario de que esta obra es una expiación del género, la muestra de una particularidad masculina y/o la forma como piensan, ellos, de las mujeres cuando están a solas, no me resultó insultante. He escuchado muy gruesas opiniones masculinas (respecto a las mujeres) y lo que dicen (cuando se sienten lo suficientemente relajados como para creer, que la que escucha, no es mujer) y lo que piensan hacer con ellas. Y eso, de veras, es excesivo. Cuando fui protagonista de eso, por primera vez en mi vida anhelé no saber; ser ignorante; desconocer maniobras y estrategias. Ya es tarde, ya viví la experiencia: ahora es difícil engañarme después de la primera hora. Y eso es triste, solitario y desolador.

Buena parte del delicioso coqueteo relacional depende de la capacidad de engaño (propio y ajeno) que sea posible aceptarse. Realidades crudas, diáfanas, frontales y sin máscaras (como a mi gustan) no resultan para convencer a alguien de ser llevado a la cama, salvo que se use la estrategia con diplomacia: incongruente ¿no?.

La desnudez silenciosa es sólo rica entre sábanas. Y nada de confesiones en ese espacio, ¡por favor!. La desnudez del alma es deliciosa para algunos pero desata los nudos. Separa a los participantes de las confidencias. Nadie quiere estar frente a una verdad desparpajada. Da escalofríos. Tanto al protagonista como a su séquito. Las propias verdades, aquellas que avergüenzan, deben ser escondidas a costa de lo que sea. Deben permanecer ocultas. Que nadie lo sepa, ¿no? Todos pretendemos esconder nuestras sombras más pervertidas y pusilánimes. Ocultarlas de nosotros mismos y aún más de los de afuera. Ese es uno de los temores por los que viaja la obra: … ―Si se sabe de mi o de lo que soy capaz de hacer, en privado, definitivamente me retiraran el apoyo (el cargo, el afecto, la cordialidad, el respeto) Ahora bien, el tiempo que se destina a esconderlas ¿no es inversamente proporcional al tiempo en que todo el mundo se da cuenta de lo que sucede? Lo que somos se nota. Como la tos, el amor y/o el dinero no se pueden intentar tapar las propias e inmensas verdades: ellas surgen y se muestran, explotan por aquí por allá, con una palabra, en un gesto, con el silencio y en un solapado o encubierto no. Nuestras acciones, omisiones y palabras hablan de nosotros.

De que VIP es una vorágine que engendra más turbulencia no hay duda. Que pone a pensar al lector y a elucubrar es otra verdad. Que deja con anhelos de querer saber más es todavía más cierto.

Suelo escribir sobre lo que me impresiona y afecta. Aquello que pasa por entre las telas de araña internas sin vibración, lamentablemente, se queda afuera y no recibe palabra.

 

 

 

 

1 Guerra, I. (2006) V.I.P. (Primera Edición. Obra ganadora del Certamen mayor de las Artes y las Letras. Colección cada día un libro). Caracas. Venezuela: El perro y la rana Ediciones.

 

 

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