Abril : sus vericuetos sinuosos fluctuantes

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I
Primavera engalana la Tierra:
esplendor de luz y color
de la resurgida savia
desprendido
del pertinaz esbozo
trazado por los astros
en la faz del universo.
En las entrañas de Invierno
se escondió
como oro en paño
la voluntad de su secreto
y aguardó paciente
hasta el instante preciso:
como un pestañeo
un desperezo
despacio despierta
pero imparable
la ceremonia de su ofrenda.

II
Crepuscular
La luz transparente en las tardes dilatadas
arrebatado esbozo pertinaz de matices
como heridas apacibles
apetecidas sonrisas.
El retrato de una despedida ambigua
que se niega así misma.
La llamarada de un beso entreabierto:
milenaria caricia renovada.
III
Por la calle del Santo
La cosecha de azahares tras la siembra ventosa
mancha de pureza infecunda y perfumada
la pisoteada faz de las aceras.
Impulsada por la corriente tras la lluvia
lustrará en su huida la senda que surque
y dejará por los aires de la calle
la memoria de su aroma singular
y un regusto a flor marchita.

IV
A JRJ y FAR
Casi una semana de pasión

I
Domingo de Ramos…
Había siempre que estrenar alguna prenda
pero mejor que nunca fueran los zapatos.
Aferrado a sus manos magnas y poderosas
limpio y repeinado
al ajetreo de la calle cuando la tarde refrescaba
era sumarse a la corriente con los cinco sentidos
la esperanza intacta y el candor de un ángel.

…Lunes Santo
Desde entonces procura ese día estrenar alguna prenda
y aprendió desde niño que nunca fueran los zapatos.
Ahora que ya no le hace falta repeinarse
y se aferran a sus manos sólo otras manos
arrugadas y temblorosas
al ajetreo de la calle cuando la tarde refresca
es sumarse a la corriente justo con lo puesto
la esperanza descosida y el temor de todo un hombre.
II

Miércoles Santo
Nos trata como quien nos conoce bien
con plena confianza y algo de ternura
pero olvida a menudo el vínculo preciso
adherido a nuestro ser desde su entraña.
El esmero que prestó sin reparo
a nuestros pasos primeros
ahora precisa parejo
hasta acabar de dar los suyos.
No espera más no espera menos
la educaron en la vieja Ley de Moisés:
ojo por ojo, diente por diente.
III
Jueves Santo
Rasgaba la tarde vencida el son de la saeta
y para atender mejor echó los ojos al cielo
prendado quedó así de ese instante preciso
y no tuvo más remedio que llorar para adentro.
Queja y luz conformaron en su mirada
el mágico escenario de un sortilegio
y la oración afloró sin rubor ante la imagen.
Un pobre rezo que era sólo un ruego inmenso
que pedía por todos…
por los vivos y por los muertos.
Unos pájaros a lo lejos fueron testigos
quietos en el aire con las alas extendidas
el viento los mecía leve como con ternura.
IV
Viernes Santo

No quiso el cielo que compartieras penas
y entre las flores como una reina ataviada
sientes caer la lluvia sobre esta tierra.
Sabes que pasarás cada noche
como la voz que te nombra
y que no habrá manera de consolar
tu angustia desvalida
y que no habrá manera de consolar
la tristeza de los tuyos.
V

Sábado Santo
El Señor descansa en el día por Él señalado
aunque el Hijo repose en los brazos de la muerte.
Se sabe capaz de devolverlo a la vida
como hace con la Tierra cada primavera.
Quien es capaz de concebir todo un Mundo
hasta de lo inefable ha de ser soberano.

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