Venezuela nació con una historia más o menos parecida a la del resto de los países latinoamericanos: una antigua colonia europea cuyos descendientes de los primeros colonos libraron sangrientas batallas para liberarse de la hegemonía extranjera, con líderes militares a lomo de sus corceles. Su historia contemporánea, como la de tantos otros, ha estado marcada por aciertos y desaciertos, muchos dolores, algunas pocas alegrías y un progreso relativo, aunque siempre con altibajos. Los sucesos importantes, aunque no siempre positivos, formaban parte de la normalidad de cualquier nación en desarrollo.
Sin embargo, al entrar el nuevo milenio, Venezuela inició una de las etapas más oscuras de su historia con la llegada de Hugo Chávez al poder, un punto de inflexión que comenzó a diferenciarla radicalmente del resto de los países de la región. No solo terminamos siendo y teniendo una de las tiranías más crueles del continente, sino que también nos convertimos en un país avergonzado por la insensatez y la irracionalidad de muchas de las acciones cometidas en estas casi tres décadas, acciones que difícilmente se han visto en otro país del hemisferio todas juntas.
Venezuela, como cualquier otra nación, había sido un país respetado, con aportes significativos al mundo, figuras destacadas, una cultura de exportación y expresiones artísticas de renombre. Hoy, nos han convertido en el hazmerreír del mundo, un país que ya no tiene nada que aportar salvo una insólita estupidez.
Somos un país que se saltó la ley y su carta magna para imponer otra. Un país que colocó en el poder a un militar tras un derramamiento de sangre, y no nos importó. Un país cuyo presidente es extranjero; un país cuyo ejército está representado ahora por una suerte de circo compuesto por enclenques fuera del rango de edad militar, que hacen el ridículo realizando ejercicios con palos de escoba y hasta con armas imaginarias. Somos un país cuyos emigrantes, en la última ola migratoria, han dejado el gentilicio en el subsuelo con comportamientos salvajes, carentes de civismo, groseros, maleducados, desordenados, sucios, iracundos, con expresión barriobajera, siempre esperando la primera oportunidad para tomar lo que no es suyo, operando al margen de la ley, fuera de todo orden, y reclamando a los países de acogida como si tuvieran una obligación con ellos.
Nos representamos de manera ridícula y rimbombante con el nombre de “República Bolivariana de Venezuela”. Somos un país al que le cambiaron los símbolos patrios, volteando el pescuezo del caballo en el escudo y añadiendo una estrella más a la bandera. Un país que permitió que un solo hombre hiciera y deshiciera a su antojo, como un rey, sin que importara en lo más mínimo el principio de la independencia de los poderes públicos. Un país que ha sufrido el robo más obsceno al patrimonio nacional jamás perpetrado por una pequeña camarilla envalentonada. Un país cuyo supuesto primer mandatario se da el lujo de decir barbaridades y sinsentidos en cadena nacional de radio y televisión, sin que se le mueva un pelo.
Y, sobre todo, un país cuyo control del Estado está en manos de un cartel de narcotraficantes, un Estado controlado por un consorcio criminal. Sé que algunos, intentando minimizar la vergüenza, dirán que estas cosas pueden pasar en cualquier país. Sí, ¿pero tantas cosas, y en un solo país? Pues sí, somos la vergüenza del hemisferio. Pero eso, también, es algo que tenemos que cambiar.

















