Alimentación y sociedad en Venezuela; algunos apuntes

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Introducción

El primer título que pensé para este texto fue “Hambre”. Quería hablar del dolor y de los terrores de la falta de alimentos. Mi plan no era muy ambicioso tampoco. Para un ensayo exhaustivo y sentido sobre el tema del hambre en Venezuela ya tenemos el reportaje que publicó recientemente la BBC o los numerosos artículos que han aparecido por ahí de gente hurgando en la basura para conseguir alimentos o de cómo algunos intentan sobrevivir con una dieta a base de mangos y galletas de soda.

Mi intención era hablar de algo más micro. Suelo traer este tipo de realidades a lo que me rodea, a lo que estoy viviendo. Quería hablar de cómo yo he estado experimentando el hambre, una sensación con la que jamás me había enfrentado con tanta desesperanza como en este 2016. Seguramente mi hambre no es igual a la de muchas familias que solo pueden hacer una comida al día, pero se ha convertido en un elemento importante en mi vivencia cotidiana. Sin embargo, hablar del hambre me resultó corto; como muchas de las comidas que hago actualmente: me supo a poco.

Por eso empecé a pensar y a leer sobre la comida como elemento a social. Empecé a organizar información que fui encontrando no solo en las letras, sino también en los testimonios de aquellas personas a quienes he tenido la suerte de entrevistar recientemente para los estudios que he realizado en estos últimos meses. Históricamente la comida ha moldeado la experiencia humana. Este momento que vivimos no es la excepción. Quise escribir un par de reflexiones al respecto.

La vuelta a casa

¿Quién come fuera de casa hoy en Venezuela? Aún hay muchos que lo hacen. Todavía hay muchos restaurantes que se llenan los fines de semana o los viernes de quincena. Tal vez no tanto como antes, tal vez no con la misma frecuencia de otros tiempos, pero aún sigue sucediendo. Me alegro por aquellos que pueden, pero la realidad es que cada vez son menos quienes están en la capacidad de darse ese “lujo”; porque ahora es un lujo. La inflación ha afectado todas las categorías de alimentos, eso lo vivimos día a día cuando salimos a intentar abastecer nuestros hogares. Esos aumentos repercuten, obviamente, en los precios de las comidas que compramos ya hechas. Ir a un restaurante representa un desembolso importantísimo que cada vez más gente prefiere invertir en comprar comida para tener en sus hogares. En mi caso, por ejemplo, con lo que puedo invertir en una cena sencilla para dos, resuelvo la cena y parte del desayuno en mi casa, donde vivimos siete personas. Al poner estos dos escenarios en una balanza, no es muy difícil encontrar el ganador.

Cada vez me voy encontrando con más personas que, cuando las entrevisto, se ríen en mi cara ante la pregunta de “cada cuánto salen a comer en familia”. Esa comida especial de los fines de semana está cambiando: de ser comprada y/o consumida fuera de casa ahora es preparada en el propio hogar. Estamos volviendo al seno, al núcleo. Me llama la atención que esto esté sucediendo al mismo tiempo que todos en el país hablan de una “crisis de valores”, de una pérdida de los pilares que nos sostienen como sociedad civilizada. ¿Es casualidad que en este momento en el que percibimos a nuestra sociedad en crisis estemos buscando con ahínco alimentarnos en lo más central de nuestra estructura social: la familia? Y no solo volvemos a comer allí, sino que nos llevamos un pedacito de la casa a todas partes: a la oficina, a la universidad, al colegio.

Pero no es solo un tema económico. A los precios se le suma la suspicacia. Venezuela atraviesa una crisis bien particular: no hay ningún tipo de producto (alimentos, limpieza, usted nómbrelos); se escuchan historias terribles de “comerciantes” inescrupulosos que venden leche en polvo mezclada con cal, café mezclado con tierra y otras combinaciones. Aumentan las estadísticas de personas enfermas con virosis producto de la calidad del agua que estamos consumiendo. Si bien no asegura nada, al menos el hecho de llevar algo preparado en el propio hogar da una sensación de higiene y seguridad que nos ayuda a manejar el tema de la comida con un poco menos de angustia. No es en Venezuela, pero en el estudio de Anigstein (2013) se encuentra cómo algunos jóvenes universitarios chilenos resaltan lo casero como uno de los elementos que construyen su concepción de la “comida ideal”. Esta característica de “casero” está compuesta por lo sano de la comida y el tiempo que pudieran invertir en prepararla y consumirla. Esos estudiantes parecían asociar la comida casera con el cuidado materno, con esa protección que da la madre cuando puede alimentar a sus hijos en el hogar. Comer en casa es símbolo de salud y protección.

Dicen Méndez y Espejo (2014) que la distancia que hay entre productor y consumidor hace que las personas creen una especie de suspicacia con respecto a la procedencia de lo que consumen, llevando a que se preocupen más por llevar hábitos alimenticios saludables. En Venezuela, a esto se le suma lo turbio de los procesos que puede haber en ese trayecto. Uno como consumidor cada vez desconfía más. En especial en estos momentos tan extraños en los que aparecen marcas nuevas o nunca antes probadas; marcas de esas que comúnmente llamamos “tapa amarilla”, esas de los empaques terribles que en otra época hubiésemos obviado categóricamente. Hoy no nos queda de otra que plegarnos a esas marcas o acudir a “mercaditos populares” de los que no siempre tenemos claridad de dónde vienen los productos que ofrecen. Hoy hay mucha distancia entre lo que consumimos y nuestra seguridad de no estarnos haciendo daño, por lo que la estrategia más efectiva para disminuir esa angustia es apelar, en la medida de lo posible, a la comida preparada en casa. Al menos así nos podemos asegurar que esos productos de dudosa procedencia han sido de alguna forma “purificados” bajo métodos que, si bien puede que no sean los más efectivos, al menos estamos seguros de que ocurrieron, pues nosotros mismos nos encargamos de que así fuera.

La comida casera termina representando un abrazo materno que los venezolanos hemos estado anhelando por años. Un abrazo que nos diga “tranquilo, todo está bien, aquí no te va a pasar nada”. Pensar en esto me recuerda las líneas finales de la canción “The Poet and the Pendulum”, de la banda finlandesa Nightwish. Una traducción libre y tosca sería algo como esto: “Tranquilo, hijo mío/ estás en casa/ ¿Cuándo te volviste tan frío/(…) Todo lo que necesitas es sentir mi amor”. Todo lo que parece que necesitamos, en algunos momentos, es un poco de amor en forma de comida casera. Esa es una de las cosas a las que podemos apelar con actitud esperanzadora en estos tiempos que corren.

Ajenos en un país propio

Uno de los momentos más emocionantes que vivo como investigador es cuando diferentes personas en diferentes ciudades me dan respuestas iguales o similares a una misma pregunta. Recientemente, en varios estudios tuve que preguntar a muchas personas (en Caracas, en Maracay, en Barquisimeto, en Maracaibo) cómo describían la situación económica que viven actualmente. Una palabra saltó más de una vez. “Caótica”. La explicación, cuando les pedía que desarrollaran la idea, también era más o menos consistente: “Caótica porque no sé en qué momento se me fue de las manos”. Eso, aunado al discurso con el que me he encontrado también de “volví del extranjero a Venezuela hace poco y no reconozco mi país”, me hacen pensar en la teoría de que muchos venezolanos hoy estamos en un país que no identificamos como ese que llevamos en el corazón, ese en el que crecimos, en el que vivíamos hasta hace dos, tres o cuatro años (teniendo en cuenta de que hace dos, tres o cuatro años también había indicadores claros y palpables de debacle y declive).

“Migración” es una palabra que se ha hecho parte de nuestra idiosincracia recientemente. Pero me parece que no son inmigrantes únicamente aquellos que abandonaron nuestro territorio para atreverse a soñar en otras latitudes. Creo que también quienes aún estamos aquí nos hemos vuelto inmigrantes en una Venezuela alterna en la que no sabemos vivir, en la que no nos sabemos mover, de la que no sabemos exactamente cómo salir y a la que nos negamos un poco a acostumbrarnos, aunque tenemos clara la idea de que debemos ajustarnos en cierta medida para no morir arrollados por la estampida.

Ser inmigrante supone un montón de procesos que no me interesa abordar en este texto; primero porque no es el foco, y segundo porque tampoco sabría (aún) cómo aproximarme a semejante tema tan complejo y sensible. Pero algo que me parece clave para quien emigra es el tema de las comidas, porque como dice Rossi: “Al sentarnos a comer, no advertimos que en ese acto cotidiano se agazapa la historia entera de la humanidad. (…) no comemos comida, comemos emblemas” (2013). La comida que añoramos no representa únicamente el alimento como objeto, sino toda la historia, toda la emocionalidad, todos los recuerdos que guarda en cada bocado, en cada ingrediente, en cada paso de su elaboración, en cada elemento de su sabor.

Según Méndez y Espejo (2014) los estudios demuestran que, en algunos casos, cuando un inmigrante llega a un ambiente nuevo, no se da un proceso de aculturación, de asimilación o resistencia en lo que respecta a la alimentación. Lo que sucede es un proceso complejo en que el inmigrante fluctúa entre la adquisición de las características de la cultura dominante y la conservación de los lazos que lo unen a su cultura de origen. Como he estado diciendo en líneas anteriores, entre la pérdida de ingredientes comunes, de marcas clásicas del mercado venezolano, de normas, valores, instituciones, personalidades, amigos, familiares, los que aún estamos aquí en Venezuela terminamos sintiéndonos en un país totalmente nuevo y empezando a desarrollar comportamientos de inmigrantes.

Este cambio supone verse en una posición como la que señalan Méndez y Espejo en su artículo. Nos encontramos tratando de acoplarnos a esta nueva cultura, a estos nuevos ingredientes a los que no estábamos acostumbrados. Tenemos que empezar a sacar el mayor provecho de las papas, la yuca, el brócoli, la avena, todos elementos que ya utilizábamos pero solo como herramientas accesorias, no como ingredientes centrales. Pero tratamos de mantenernos ligados a nuestra cultura de origen, entonces buscamos hacer arepas de plátano o de ñame, pasticho con papas, incluso carne mechada con conchas de plátano o bistecs hechos de harina de trigo. Buscamos mantener esos elementos que nos recuerdan la Venezuela en la que vivíamos, las comidas que nos traen los elementos que conectan con nuestra identidad nacional, grupal e individual. Dice Rossi (2013) que a través de la comida los inmigrantes recrean el hogar perdido; y en ese recrear, en esa búsqueda se nos pasan buena parte de las horas de esta vivencia.

Y es que, al menos desde mi punto de vista, nuestra identidad se extiende a todo lo que hacemos, a todo lo que tenemos, a todo lo que somos. En mi caso, por ejemplo, tendría que hablar aquí de las chucherías. Caminar por kioscos de Caracas sin poder encontrar mis galletas favoritas o viéndolas a precios exorbitantes, me hace sentir que estoy caminando por calles desconocidas. Se nos está diluyendo parte de la identidad en esas pérdidas que pueden parecer tan pequeñas. Se nos pierden los puentes que nos conectan con quienes somos.

Pero, como dicen, a una puerta que se cierra, muchas otras se abren. Hemos ido encontrando sustitutos. Yo, al menos, he empezado a buscar otras galletas, otros chocolates, otras marcas que me ayuden a cubrir mi necesidad de azúcar. Cuando voy a un establecimiento ya con el objetivo de buscar una de estas galletas extrañas, siendo que me desconozco, pero a la vez siento que me reconstruyo. Es asumir una identidad distinta porque, a fin de cuentas, estoy en un país distinto y tengo que asumir actitudes distintas para poder adaptarme. De aquí a unos años, imagino a mis hijos o a mis nietos comprando galleticas de coco porque “estas son las que le gustan al viejo César, porque eran las que se conseguían cuando Maduro era presidente”.

El ágape se diluye

Festejar incluye comida. No es algo exclusivo de Venezuela ni mucho menos. Los momentos especiales, incluso no necesariamente festejos, suponen una especie de comida ritual. En nuestros encuentros sociales lo vemos. La conversación se da alrededor de una comida, de unos “snacks”, de “algo para picar que trajo fulana o mengano”.

En otros momentos, el anfitrión se jactaba y decía “no se preocupen, que yo pongo la comida”. Semejante sentencia nunca ha sido tomada en broma por los comensales. Supone un compromiso de al menos preguntar si se lleva algo. Pero en otras épocas también escuchábamos cosas como “si Fulano dice que pone todo, es que pone todo; a él le gusta eso”. Y no es raro que le guste. Formar un ágape es algo que nos agrada a todos.

“Ágape”, según la segunda acepción de la RAE, es un banquete. Se ha ido consolidando como una palabra para describir una comida abundante y con cierta connotación fraternal. No en balde, para los griegos “ágape” hacía referencia a un amor incondicional, un amor donde quien ama sólo tiene en mente el bienestar del otro; que el ser amado esté bien es el único objetivo. ¿No se parece esto a lo que ya les había comentado del amor maternal y la comida? ¿No son entonces las celebraciones donde incluimos comida una forma de proteger, de amar, de querer, de cuidar al otro? ¿No le estamos ofreciendo nuestro cariño más profundo a alguien al invitarlo a comer, al llevarlo a una reunión, a un “banquete”?

Para Rossi (2013), el ágape es amor; ofrecer comida a los amigos es la forma por excelencia de mostrar amor. Traemos a alguien más para que consuma el producto de nuestro esfuerzo o el de nuestro hogar. Muchas de las personas con las que he conversado últimamente me dicen lo mismo: una de las cosas que más disfrutan de cocinar es el hecho de poder agradar a los demás, de que todos queden satisfechos, de escuchar las alabanzas a la comida que prepararon, de lograr generar sensaciones positivas en los demás. Para quienes tienen hijos, cocinar y alimentar son actos de protección; es lo más primitivo: “tengo que velar por el bienestar y la supervivencia de este cachorro que está a mi cargo”. Traer a alguien a tu casa a comer es la demostración más grande de tus ganas de protegerlo, de darle cariño, de incluirlo en tu grupo. No en vano las parejas parecieran formarse en torno a la comida, a las salidas a cenar, a los desayunos compartidos, a los almuerzos con la familia de alguno de los dos; un chiste en internet versa “una relación consiste en preguntarse mutuamente qué quieren comer, hasta que alguno de los dos muere”.

Sin embargo, aquí en Venezuela, la institución del ágape pareciera estarse cayendo o, al menos, diluyendo. La comida sigue manteniendo su valor como un elemento que denota protección, amor, cariño, pero las condiciones no están para compartirla con todos todo el tiempo. Ahora las invitaciones a comer se piensan. Que alguien se quede a dormir se analiza mejor, se advierte “pero sabes que ya no podemos comer arepas, como antes”. El invitado ya lo sabe, comenta “yo me quedo, pero me voy temprano para no fastidiar con la comida”. Cada vez son menos las fiestas o las reuniones en que el anfitrión anuncia a boca llena que él pone todo, que no se preocupen por la comida. Ahora los invitados, por iniciativa propia, llevan sus cosas. Las celebraciones son menos ostentosas. Pareciera que la situación nos restringe de cierta forma y atenta con nuestra comensalidad grupal, que se considera uno de los pilares de la sociedad humana tal cual como la conocemos.

¿Esto quiere decir de alguna forma que nos estamos deshumanizando? Bueno, esa respuesta va a depender de a quién le preguntes y sobre qué elemento en específico de la “humanidad” estemos hablando. En lo que respecta al ágape en Venezuela, me parece que no. Más allá de que cada vez se haga más difícil montar las comilonas que hacíamos hace unos años o, incluso, hace meses, la gente todavía lo sigue intentando. ¿Por qué?, porque como dice la misma Rossi: “no hay festejo sin comida totémica compartida” (p. 18, 2013). Se buscan alternativas, se buscan maneras, la gente utiliza las fiestas para “darse un gustico”. Lejos de perder su valor social, la comida va adquiriendo una significación de gusto y de placer, de conectar con una vida anterior. Hace mucho que la comida dejó de ser una necesidad fisiológica básica; estamos hablando de una necesidad social y psicológica. Una búsqueda de nuestras cualidades sociales a través de la “excusa” de la comida. La alimentación puede ser uno de los símbolos principales de nuestra crisis y decadencia, pero también se convierte en una de las banderas con las cuales buscamos recuperar nuestra naturalidad, nuestra venezolanidad, nuestra vida común. Tratamos de que la comida siga estando presente, hoy más que nunca, así sea en las malas, porque “momento en que se degusta, se recuerda, se ríe, se charla, se discute, se traga, se mastican cuestiones humanas, se tejen acuerdos” (Rossi, 2013, p. 18).

Resistencia

Esta cita de Ocarina Castillo, me parece crucial:

Y hablamos de elección porque el hecho de comer (…) encierra un acto de libertad al escoger entre las posibles opciones que se ofrecen al sujeto. Limitadas solamente por los criterios de valoración que cada comunidad hace en función de su sistema de representaciones. (…) Escoger lo que se come y cómo se come es, además de una experiencia liberadora y autocomplaciente, una forma de autoidentificación y comunicación (2012, p. 64).

Es mucho lo que se puede desglosar y analizar de esta afirmación.

No debería chocarnos esa concepción de la alimentación como un acto de libertad. Sin embargo, recuerdo que la primera vez que leí ese texto, hace ya un año y medio, me activó muchas alarmas en el cerebro. ¿Por qué? Porque en Venezuela parece que comer se va haciendo cada vez menos un acto de libertad. Esa escogencia entre las “posibles opciones que se ofrecen al sujeto” está alejándose de la realidad que vivimos. Me recuerda esta concepción de la libertad “buena” y la “mala”, donde la buena es un estado ideal en el que realmente puedes elegir entre todas las opciones posibles, donde realmente hay una elección, donde de verdad escoges lo que quieres de toda la gama de posibilidades; mientras que la mala es aquella libertad en la que puedes “escoger” entre el puñado de opciones que una instancia de poder te da a elegir. Hay una “sensación de libertad”. Tienes que elegir entre lo menos malo. Como nos pasa en la política muy a menudo.

Comer en este momento, a menos que se goce de una posición económica más o menos acomodada y/o de los contactos adecuados, se ha convertido en un acto de esa libertad mala. Escogemos entre lo que hay, si es que hay suficiente como para elegir. Los “criterios de valoración” de los que habla Castillo se han diluido. Las preferencias culinarias que una persona podía tener otrora, en este momento sucumben ante la imposibilidad de actuar en función de esos gustos. Hace unos meses, mi jefa nos contaba con preocupación cómo su hija (ahora la mayor, en ese momento hija única; una niña querida y consentida, de todos modos), ante la pregunta de qué quería de chuchería, contestó “lo que haya, mami”. Se ha renunciado a la libertad a escoger. En las casas ya no se pregunta “¿qué hay hoy de comer?” con esa intención de poder combinar varias de las comidas ya hechas, sino que se pregunta “¿qué hay hoy de comer?” con la angustia de quien no está seguro de si efectivamente hay algo de comer en la casa.

Comer se convierte en el primer objetivo de la fuerza laboral del país. “Se trabaja para comprar comida” escucho cada vez más seguido. En el Metro, en la camioneta, en la calle, en las entrevistas que hago; la opinión general es que se ha dejado de aspirar más, simplemente comer. “Simplemente” comer. Pero también comer, con ciertos artículos en específico, en ciertas ocasiones puntuales, se convierte un lujo. Un lujo que las personas se atreven a darse de vez en cuando. Y es allí cuando comienza la resistencia.

Pocas cosas hay que me molesten tanto como ver una cola por comida. Puedo de alguna forma entender algunas de las causas, pero me molesta sobremanera. En especial las colas para comprar pan. Me parece lo más humillante que puede haber y, en ocasiones, he llegado a decir con total convicción que a la gente le gusta hacer colas. Obviamente es un juicio que viene de una molestia profunda que poco tiene que ver con (la mayoría de) quienes están allí intentando encontrar un sustento para sus familias. Quienes se lucran de la situación, quienes no tienen escrúpulos a la hora de poner precios absurdos para la reventa a eso que han conseguido después de una cola o por otros medios, esos sí pueden “disfrutar” estar en la cola, pero quien necesita la leche que están vendiendo en el mercado para poder darle de comer a su hijo ese día, no. La sufre.

Sin embargo siguen ahí. La gente sigue haciendo las colas. Poco a poco he ido resignificándolas de un acto de sumisión a un acto de resistencia (una resignificación un poco rara; algunos dirían que disociativa o negadora, pero de las resignificaciones hablaré en otro texto). Me gusta pensar que en esas colas lo que veo es a un grupo de gente que se niega a que el sistema en el que se encuentran los lleve a morir de hambre. En los grupos de trueque e intercambio veo personas que no están dispuestas a que sus hijos estén sin pañales, a que sus familiares se mueran de mengua esperando una medicina. En aquellos que compran algún producto así no lo necesiten para poder luego donarlo, regalarlo o intercambiarlo, veo a personas que piensan en el otro y entienden lo difícil que puede ser encontrar cualquier cosa en este momento; personas que entienden lo absurdas y retrógradas que son las regulaciones de todo tipo cuando se trata de adquirir productos de primera necesidad y que intentan de sortear esas regulaciones de alguna forma.

Darse un lujo. Darse un lujo también se convierte en un acto de resistencia. Hace un año escribía un pequeño texto donde listaba algunas “imprudencias económicas”. Entre ellas, estaban las que yo suelo cometer a diario y sin poder detenerme: comprar galletas, chocolates, tortas. Es una imprudencia económica en este momento, sí, pero de facto no lo es, no debería serlo. Una chuchería no debería descuadrarte el presupuesto mensual. Y sin embargo vamos renunciando a ellas por el hecho de que se hacen incosteables. Pero guardan tanto de nuestra identidad, tanto personal como grupal, que debemos volver a ellas para no abandonarnos a nosotros. Cuando nos comemos un chocolate y cerramos los ojos para conectar con las imágenes que evoca, nos estamos resistiendo de cierta forma a un sistema que pretende por todos los medios pensados e impensados destruir los puentes que nos conectan con la felicidad; esa felicidad pequeña, frágil, pero luminosa, que guardan los sencillos placeres cotidianos.

Como señala Ocarina Castillo, comer no es solo un acto de libertad, sino que también se constituye como una acción liberadora y autocomplaciente; al darnos ese “lujo” también nos estamos liberando. Los juegos del lenguaje y los significados han llevado a que cataloguemos de “millonarios” a quienes se atreven a comerse alguna de estas imprudencias económicas. No. Esas personas (a veces nosotros mismos) nunca fueron ni son millonarios. No. Son personas normales intentando darse gustos normales. Gustos, no lujos. Hay que volver a llamar a las cosas como son, recuperar los términos correctos. La guerra dialéctica es mucho más real y peligrosa que la económica.

La lucha por poder comer nos ha llevado de vuelta a las casas, nos ha hecho explotar la creatividad, nos ha llevado a crear, afianzar y fortalecer redes de apoyo, nos ha sensibilizado más con el otro. Un pueblo hambriento es mucho más fácil de dominar, de ideologizar, de controlar y dirigir; frente a eso veo a un montón de personas plantándose con entereza. Ante un sistema que nos golpea por todos los frentes y que nos trata de disminuir de todas las maneras posibles, algo tan “sencillo” y cotidiano como comer se convierte en uno de los actos más firmes de resistencia.

César Aramís Contreras.

Originalmente publicado en “El Absurdo Venezolano Contemporáneo

Referencias

Anigstein, María (2013). Alimentación de estudiantes de pregrado chilenos en el contexto de la modernidad alimentaria. Rev.Chil. Nutr 40 (3) pp. 243-249.

Castillo, Ocarina (2012). Entre multisápdias y balas frías. Algunas notas sobre Antropología Alimentaria en la Venezuela de hoy. En Alzuru, A., Browne, R., y Mancilla, M. (Eds.), Ficciones culturales. Arte pop y taquigrafía de lo social (pp. 63-75). Caracas: bid&co. editor.

Méndez, Cecilia y Espejo, Isabel (2014). La mirada sociológica hacia la alimentación: análisis crítico del desarrollo de la investigación en el campo alimentario. Política y Sociedad, 51 (1), pp. 15-49.

Rossi, Lucía (2013). Historia del comer. Lazo social y tradición cultural. Intersecciones PSI, 3 (7), pp. 16-18.

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1 Comentario

  1. “Al sentarnos a comer, no advertimos que en ese acto cotidiano se agazapa la historia entera de la humanidad. (…) no comemos comida, comemos emblemas” (2013). La comida que añoramos no representa únicamente el alimento como objeto, sino toda la historia, toda la emocionalidad, todos los recuerdos que guarda en cada bocado,…”

    Sí exacto porque el venezolano es un tipo oral al 100%. Como Rossi y todos los pueblos originaros del mediterráneo. Orales, cursis, creativos, amantes de la vida, escatológicos, bulliciosos y flatulentos. Pero si fuéramos anales muy poco nos importaría la comida. ¡Además de que los países anales producen muy pocos emigrantes!

    Solo estas analizando una parte de la historia. Para muchos pueblos del mundo la vida no gira alrededor de la comida.

    En Inglaterra, en los 70, el aceita de oliva se vendía en las farmacias.

    Estamos claros que la situación en Venezuela en los momentos desborda todo esto.

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