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Objeto

Cualquier persona con aspiraciones a escritor tiene un crítico horrible que vive en su psiquis.  Esa voz interna para la que nunca eres bueno, esa voz interna para la que siempre eres un cliché, esa voz interna que te detiene y te recuerda que la mediocridad siempre está cerca y que no todo lo que escribas tú por ser tú es algo bueno. Es bueno agarrar a esas voces y acallarlas con un poco de honestidad propia, reventar la tripa escritora, darle gusto y dejar que los dedos dibujen lo que el alma no puede hablar; y es así como empiezo. Dándome la libertad de escribir un cliché por pura curiosidad a lo que mi alma me niega a decir pero que se que está ahí.

Soy un objeto, encarando una lluviosa madrugada, a la luz de un farol viendo como la lluvia y la luz danzaban formando una estela contra el techo de una cabina de vigilancia en un conjunto cerrado. Yo, Daniel Lugo me vi a mi mismo y me vi hecho un objeto. Ser un objeto no tiene nada de malo, ¡bah! Lastimoso es quien no se considera hasta un punto un objeto, es mentirse, es negarse a que para ti y tu entorno tal vez seas un ser, un alma, un hombre que piensa y vive y para otros solo serás el tipo que estaba en la parada de autobús fumando un cigarrillo, o el sujeto que caminaba apresuradamente en la acera del frente. Nadie quiere ser un objeto, todos queremos ser queridos. Nuestros miedos nos privan, nuestro egoísmo nos protege pero jamás debemos descartar que todos somos objetos para algunos, pintados con brochazos de odio, salpicones de indiferencias o pinceladas de melancolía, somos objetos para todos y las cosas deben ser así. Soy un objeto, cuantos besos vacios me dieron, cuantos gritos falsos me profanaron, cuanta entrega se me dio para nada. Soy un objeto, cuantos saludos afectuosos, cuanto abrazos calurosos, cuantas dolorosas despedidas. Soy un objeto, soy un objeto pero aquí estoy. En este huracán de experiencias, ensimismado en mi indiferencia y en paz con mí entorno. Aquí estoy en un escrito confeso, escribiéndole cartas a mi psiquis esperando que no sean recibidas con asco, y aquí estoy. Sumergido y abyecto masturbando mis ideas y masturbando mi ego, esperando reciprocidad donde se que la hay pero no estoy seguro si sea buena. Y aquí estoy, con miedo y decidido; pensando más allá, encarando ideales mayores y ahogándome en males menores, y aquí estoy caminando por esa calle en ese atardecer dominguero, con ese calor punzante y esos pensamientos suicidas. Y aquí estoy en silencio, sumergido en penumbra. Yo, Daniel, el objeto.

Y la penumbra me abraza y la penumbra me cobija, y la penumbra me consuela. Penumbra y silencio; madres cariñosas o tiranas iracundas, perras que confabulan con tu cerebro para hundirte en arenas de miseria o levantarte rampantes ante vientos de dificultad. Penumbra y silencio, madres que acarician mis pensamientos y me guían en el momento indicado por mareas tempestuosas. Madres que en esta noche callan, que no pueden decir nada, que saben que cada palabra tiene un peso y no importa como la vistan, la mona se queda mona. Pero ahí voy, disfrutando en silencio, cargando cruces de pasados que debieron y que no fueron, de oportunidades perdidas, de minutos desperdiciados, de abrazos mal habidos y de besos que nunca fueron, de impulsos de una noche y de errores de por vida, de pensamientos suicidas y de planes de vida, de gritos silenciosos y silencios ensordecedores, de prosas robadas y fugaces y sepultos pensamientos. Y aquí estoy, el cliché. Y aquí estoy, el objeto. Soy un objeto; un monologo no tiene por qué tener sentido si un monologo es personal y  entonces, llegué a esta reflexión, en mis soledades, porque soy un hombre que va en soledades.

Y aquí estoy, el objeto.

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