La experiencia religiosa como experiencia estética

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El ritual religioso tiene muchísimos matices. Casi tantos como culturas existen. La experiencia religiosa puede marcar a la persona, debido a las experiencias psicológicas y emocionales que se tienen en dichos rituales. Pero, ¿quiere decir que estamos ante el poder de dios? A veces a mi solo me parece que estamos ante el poder del goce estético.
No conozco muchos rituales religiosos. Puedo hablar con propiedad quizás solo de los rituales cristianos. Y cómo se alimentan ellos de este goce estético del que hablo.
No soy quién para aventurarme a deducir de qué maneras se fueron ligando las artes y la religión, y hablaríamos de tiempos antiquísimos de nuestra especie. La adoración de deidades siempre se ha valido de nuestras más diversas expresiones orales, sonoras, corporales, pictóricas… El sentimiento de lo divino, como cualquier otro, nos ha inspirado llevándonos a querer decir lo indecible. Y con nuestra evolución como civilización, estas expresiones han cambiado y se han “refinado”.
Pero en este proceso de creación hay también comunicación entre seres humanos, como en cualquier manifestación artística, lo que lleva al reforzamiento de cualquier sentimiento. Si un ser humano, al sentir dicha inspiración, se expresa, moverá con su expresión al otro, reforzando las sensaciones que se comunican y construyendo sensaciones y experiencias colectivas. La euforia de la compañía pues, se hace presente.
Yendo a ejemplos más concretos, la religión católica (o cualquier vertiente del cristianismo), se han valido de la experiencia estética para mover y conmover. Esto puede verse como natural en el compartir de grupos, pero en la Iglesia como gran institución, pudiera hablarse de construcciones premeditadas, hechas con este fin.
Así, la arquitectura de una Iglesia no es casual. Todo está hecho para adorar al altísimo, teniéndole como centro y dirección de la estructura, y siendo dichas estructuras de tal magnificencia, que cualquiera que se adentre en ellas no podría evitar sentirla. También las obras pictóricas, esculturas y vitrales que hay en estos lugares producen una experiencia estética. Cómo no conmoverse ante la sonrisa, el dolor, el drama o la complacencia de sus expresiones; ante el juego de la luz en el recinto.
La oración misma, la palabra, hablada o leída, tiene una sonoridad, una poesía subyacente, que en forma y en contenido atrapan a quien recita o escucha, llevando a una experiencia meditativa, individualmente, o conectiva cuando se trata de colectivos.
Otra de las artes inteligentemente utilizada es la música. Una de las cosas más placenteras de la misa son los cantos, que entona un grupo de músicos junto a la multitud. Bien dicen “quien canta, ora dos veces”. El sentimiento de la oración se multiplica, y se cree que entregando tan sublime arte a la deidad, se le adora aún más. Miles de obras sacras han sido escritas, populares o académicas de altísimo nivel, induciéndonos a una experiencia estética maravillosa, que por muchos es tenida como ese sentimiento de “lo divino”, o como grandes hazañas movidas por la “inspiración divina”.
La realidad es que todas estas cosas son hechas por el ser humano. El ser humano es capaz de una magia impresionante, y con dicha magia como excusa pretende convencerse de cosas que en realidad no están allí. La magia, la conmoción y el sentimiento “divino”, son emociones internas, compartibles, pero propias de nosotros, y no debemos confundir el goce estético profundo con alguna conexión con el más allá. Yo prefiero dar todo el crédito a los artistas.
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