El señor de las moscas

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En los orígenes de la enemistad y la violencia se encuentra una de las claves para comprender el pasado y el presente, pero sobre todo el futuro, de nuestro proyecto civilizador. A través de la historia, el pensamiento occidental ha intentado dar cuenta de la problemática relación entre lo individual y lo colectivo, entre las complejas dinámicas del “tú y yo” de las cuales depende el reconocimiento mutuo. Sobre la posibilidad de este hecho, de ser capaces de resolver nuestras diferencias favorablemente, hemos emprendido la construcción de una sociedad justa y pacífica.

“El señor de las moscas” guarda ciertas analogías con el célebre prólogo de “2001: Odisea al espacio” en el que los homínidos entran en contacto por primera vez con el monolito. Su misteriosa influencia parece engendrar un tipo de inteligencia superior que precipita el nacimiento de la humanidad junto al símbolo de su despertar: la primera herramienta de la historia es utilizada para cometer un crimen. Con el sometimiento del prójimo para conquistar y explotar los recursos naturales se ha establecido el espíritu de la empresa. La tesis antropológica de Kubrick concibe a un hombre intrínsecamente egoísta y vengativo que busca ejercer su poder, al menos en el estadio actual de su evolución. En el último acto, apunta hacia el nacimiento de un nuevo hombre como esperanza de una existencia distinta.

La novela de William Golding explora ideas similares pero también funciona como una refutación a la teoría del buen salvaje. Los niños, perdidos en una isla luego de sobrevivir a un accidente aéreo, se enfrentan a las condiciones más elementales de vida. Cazan para subsistir y trabajan en conjunto para protegerse de la naturaleza y sus elementos. En su pureza, imaginan un paraíso de libertad y diversión emancipados de las restricciones y convenciones sociales de los adultos. La isla se convierte en la oportunidad de un nuevo comienzo, de una sociedad construida sin los vicios del pasado.

En el tiempo, en el esfuerzo y los fracasos se rebela la precariedad del consenso. La competencia por el liderazgo incrementa la tensión que las jerarquías que determinaban los roles de cada miembro en la comunidad. En lo salvaje, lejos de la autonomía constructiva que busca la paz y la concordia, se abre un laberinto hacia el corazón de las tinieblas, hacia un impulso vital que quiere afirmarse a cualquier precio y al que no le basta con saberse diferente, pues necesita que las diferencias se resuelvan a su favor. En la oscuridad primitiva hay algo indomable y amenazante sobre lo que también advirtieron Conrad, Nietzsche y Dostoievski. Susurra que la explotación del hombre por el hombre no es consecuencia de ideologías o sistemas, sino de algo mucho más profundo. La voluntad de poder, en sus distintas manifestaciones, parece ser el hilo conductor de la historia.

Sin embargo, cuando todo ha terminado emerge una apertura. Con el rescate el horizonte da cabida a la esperanza, promesa de una libertad que nos permita elevarnos y realizar nuestro destino, pero que en su contracara engendra el mal que se introduce en ella al ejercerla.

 

 Hace 35 mil años, antes de que comenzara lo que hoy llamamos civilización, los cuerpos de un grupo de hombres, mujeres y niños fueron arrojados a una fosa común. Sus cráneos presentaban múltiples heridas de hachas y flechas en la parte posterior. Las evidencias halladas en distintos tipos de huesos confirman que fueron torturados y posteriormente ejecutados. 

Numerosas investigaciones arqueológicas han descubierto escenas similares correspondientes a diversos períodos en varios continentes con diferencias culturales y religiosas. Entre los restos se han encontrado seres humanos de todas las edades, sexos y razas.

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