Prince Avalanche: La Empresa Perdona un Momento de Locura

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Prince
Pequeña película independiente de gran alcance.
Dirigida por David Gordon Green y protagonizada por Paul Rudd y Emile Hirsch, quienes encarnan a dos personajes humildes y grises de la América profunda.
Ambos tienen la misión de pintar las líneas de una carretera apartada de la civilización.
El filme transcurre entonces en un ambiente boscoso y realista, donde los protagonistas pueden desarrollarse e interacturar con la naturaleza.
Sería una réplica irónica de “Into The Wild”, pero con un par de chicos en las antípodas de la filosofía progresista de Sean Penn.
A los antihéroes no los mueve un interés político de resistencia o de escape apocalíptico del sistema. Se asumen como fichas del engranaje, sueñan con aspiraciones minúsculas y solo quieren terminar la faena para cobrar su salario de retorno a casa.
Aun así, transpiran y respiran dignidad por los cuatro costados. El director no los mira por encima del hombro o los subestima como caricaturas sin humanidad.
Durante el metraje los reivindica a pesar de sus carencias, defectos y problemas.
El primero sufre, como marinero en alta mar, por la lejanía de su amor platónico. Representa el costado racional de la dupla. Lee en sus ratos de ocio, cultiva el intelecto y prefiere sumirse en la madurez de la meditación.
El segundo es puro instinto de hedonismo, consumo y evasión juvenil. Cuenta los minutos para irse de fiesta a beber, emborracharse y conocer parejas ocasionales. El sexo es su metal principal, mientras su compañero aspira a consumar sus fantasías románticas.
Pronto, la estabilidad del binomio se resquebraja. Caen en crisis y depresión. Ocurre el desmontaje mayor de la comedia. Según el autor de la pieza, no vale la pena aferrarse a unas ideas fijas sobre el devenir y la existencia.
En el momento inesperado, tus pilares, tus rutas, tus caminos, tus quimeras tienden a desviarse y a irse por un barranco. La vida es impredecible. De repente la chica de tus ojos pierde el interés y opta por encontrar una alternativa. A lo mejor fue culpa tuya por no saber sembrar a tiempo el abono de su corazón. La distancia aniquila el sentimiento, la relación.
En paralelo, el castillo de naipes del pragmático también se derrumba.
El final es la oportunidad de descubrir un último resquicio de redención y libertad en el desapego de los asuntos materiales, de las amarras de la represión social.
Las máscaras de los obreros se van al garete y la obra concluye como una hermosa celebración de la locura cotidiana, de la disidencia contracultural.
Los personajes tiran todos sus instrumentos de trabajo al río y se entregan a la esencia de un ritual pagano, un gesto de ruptura y subversión en la vía, pintando figuras amarillas alrededor de ellos.
Hemos vuelto al espacio de “Malas Tierras” y “Zabriske Point”, desde el punto de vista de un hippie, de un hipster nostálgico. Sea como sea, le compramos la moto y le agradecemos el regreso a la época de “Easy Rider”. Ni hablar de sus logros estéticos.
Recomendable para curarse de un despecho.

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