La inmolación del coloso.

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El gobierno hará una “excepción” en el respeto a la constitución, y dejará que sea Maduro quien asuma la presidencia hasta el día de las elecciones, cuando debería asumir Diosdado. La oposición, ante la inconveniencia de que un personaje tan nefasto ocupe la presidencia, y ante la futilidad de una lucha porque se haga cumplir la constitución en esta ocasión, seguramente decidirá hacerse la loca, “disimular”.

Como en una cola de supermercado donde todo el mundo está coleado y a nadie conviene hacer la cola honestamente ni denunciar el abuso de los vivos. Meternos por el hombrillo lejos de aligerar el tráfico lo hace colapsar, eternizando la vida en la autopista.

Cabrujas, qué preclaro. Tu reflexión es tan lúcida que cuesta enunciarla sin sonar a perogrullada: El estado de disimulo del que nos hablabas en muy poco se distingue de un estado de excepción. Y cuando la excepción se vuelve la regla (o “lo extraordinario se hace cotidiano” tal como rezó cierto slogan) descubrimos que el “país campamento” no es sino un campo de concentración. En excepción permanente, la ausencia de norma paradójicamente no nos trae absoluta libertad, sino que nos hace prisioneros de un pacto tácito de corrupción en el que todos somos cómplices mutuos de nuestras transgresiones.

Quizá por eso la añorada independencia, perseguida por el atajo del atropello y la violencia características del vivo que se colea, tiene este amargo sabor a cautiverio: Si por meses la diferencia entre un mandatario vivo y uno muerto no parecía relevante, ¿Por qué habría de ser relevante la diferencia entre la libertad y la cárcel? ¿O la que hay entre un secuestrador y un padre?

Peor aun, no me quejo. Como todos, soy prisionero de mi cultura y cómplice también de la ética viciada de mi sociedad. Apruebo y suscribo el disimulo, sólo por esta ocasión, mientras tanto y por si acaso. La vida política que los griegos llamaban “bios”, queda en suspensión criogénica, estacionada en medio de la autopista. Con los vidrios arriba “mientras tanto y por si acaso”.

En lugar de la queja, quiero resaltar un asunto más importante sobre la mesa que pareciera arrojarnos las claves: la vida biológica, que los griegos llamaban ˝zoe”. El asunto de la mera humanidad, la vida desnuda y desprovista de investiduras de poder o estructuras de sometimiento que yazcan en un marco legal es la que abre ese espacio en el que libertad y cautiverio son indiscernibles, legalidad o ilegalidad, autopista u hombrillo. De la misma manera, el asunto meramente humano de la muerte del tótem ahora diluye la diferencia entre “ellos” y “nosotros”. Nos acerca.

Venezuela, que por favor el sacrificio del coloso ayude, como lo hacía en aquellos antiguos rituales romanos, a pacificar los ancestrales fantasmas de nuestra cultura, resentimientos, odios, venganzas. Que esta inmolación convierta nuestros demonios en espíritus amigables y dé paso a un nuevo comienzo en el que otra vez podamos reconocernos entre todos como humanos.

Si esta apoteósica transmutación se consuma, incluso mi tozudez atea estará bien dispuesta a hacer, no sin sacrificio,  una nueva excepción y asumir de buena gana la posibilidad de atribuirle a aquel que alguna vez vi como enemigo algo de heroicidad cercana al mesianismo. Creo que con esta dolorosa concesión mía le tendería una mano para ayudarlo a descender en paz, esa ansiada paz, al sepulcro. Y quién sabe si él me lo sabría agradecer

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