La justicia por su propia mano

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Un martes cualquiera, a las 6:30 de la tarde, en la Autopista del Este. Tráfico trancado, empezando a caer la obscuridad. En la radio el «amigo del aire» vocea lo obvio: toda Caracas es un inmenso estacionamiento. Los vidrios del carro subidos, cosa que no evita que un motorizado toque el de la puerta del conductor con la cacha de un revolver, haciendo la señal consabida: quiere el celular. El chofer en cuestión, Roberto Silveira, titubea un segundo: ya le han robado 2 en los últimos 8 meses, y empieza a estar harto. El motorizado no tiene mucha paciencia, y el segundo golpe es más violento. Silveira piensa que la vida vale más que un celular, y baja el vidrio para entregárselo al ladrón. Éste dice: «¡la próxima te quiebro, becerro!» y sale disparado.

La indignación empieza a ser un ente autónomo en su interior: un ente que clama por justicia, y venganza. Esto no puede seguir así. Un plan empieza a fraguarse en su mente, un plan de esos que se gestan cuando estamos atrapados en una situación que no nos permite hacer otra cosa más que pensar. En el trayecto que lo separa de su casa engrana los detalles: no puede esperar a llegar, para hacer las investigaciones pertinentes en internet.

Las próximas dos semamas son un período de intenso estudio: electrónica, química, telecomunicaciones son sus áreas de interés. Una vez culminada la teoría, empieza a preocuparse por la adquisición de los materiales necesarios para su maquivélica invención: para ello necesitará utilizar algunos contactos que tiene en el área militar, que le ayudarán a conseguir la pequeña dosis de explosivo que le hará falta. Ese explosivo se amoldará a la tapa trasera del celular, y estará acoplado a un minireceptor de radio. Simultáneamente consulta con el experto de telecom en la empresa. Le dice que desea encender las luces de su casa a distancia, utilizando la web y un receptor. El tecnólogo le diseña una interfaz web capaz de activar el envío de una señal de radio, la cual estará esperando el dispositivo que insertará en su celular.

Al cabo de ese par de semanas tiene todo el tinglado listo: falta hacer una prueba, pero como no le consiguieron suficiente explosivo tiene que ser teórica: acopla el transmisor a un bombillo, y manda la señal a través de la interfaz web: el bombillo, como por arte de magia, se enciende por un milisegundo, el tiempo que dura el minúsculo impulso eléctrico que es capaz de producir el minireceptor. Su plan funciona, solamente le queda ensamblar su minúscula bomba… y esperar.

La ocasión se presenta un par de meses después: Un sábado en la mañana Roberto baja a la panadería a comprar pan y jugo para el desayuno. Un individuo lo tropieza, aparentemente sin ninguna intención, pero Silveira conoce bien las tretas de los hampones, y enseguida se busca en el bolsillo y nota que no tiene el celular. Una sonrisa malévola se le enciende en la cara: esta vez tendrá su venganza. Corre a su casa, se instala en la computatora, accede al sitio web y escribe la contraseña: «mu3r3m4ld170». Justo al momento de presionar la tecla Enter, ve de reojo a su hijo de tres años caminando a su lado, con un objeto en la mano: su celular, al que había creído robado. El celular repica en ese preciso momento, y Silveira grita cual poseso al ver con horror como su hijo lo lleva a su oido y dice «aló… es para ti, papi. ¿Por qué gritas?»

Afortunadamente su supuesto contacto militar resultó ser un charlatán, que le vendió plastilina por C4.

A partir de ese momento Silveira perdió su afición por la electrónica y la qúimica, y se dedicó al estudio concienzudo de la botánica. Compró libros, por cierto: tampoco le resultaba atractivo el internet.

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