Los Pitufos: a la caza de los mercados mutantes

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Del supuesto comunismo o nazismo de los suspiritos azules, queda muy poco o nada en la película de “The Smurfs”, donde la corrección política define su ideología a la sombra de la campaña propagandística de la Sony ante el mercado global.

Así, en una vuelta irónica del destino, los personajes fungen de gancho y vitrina de la estrategia de emplazamiento de productos de la compañía trasnacional, mientras encarnan los valores corporativos de la empresa.

Por consiguiente, el film sería el equivalente 3D de “Cast Way” o de un comercial de larga duración de la marca registrada. Claro síntoma de los criterios de apropiación del socialismo populista por parte del capitalismo de crisis del siglo XXI.

Nada diferente,por cierto, a la propuesta demagógica y contradictoria de la “revolución bonita” y bolivariana, debatida entra la promesa de redención a través del regreso a la utopía del colectivismo comunal y la eterna dependencia a la explotación salvaje de los excedentes de la renta petrolera.

Espejo de la Cuba y de la Venezuela del tercer milenio, asentadas en las quimeras y los paraísos artificiales del lenguaje del comic, de la historieta gráfica, bajo el manto paternalista y proteccionista de sendas reencarnaciones de “Papá Pitufo”, quien en la cinta reavivará los espíritus metafísicos y milenarios de Yoda y Obi-Wan Kenobi, de los viejos sabios y “Jedis” de la fábula posmoderna, para servir de guía moral tanto de su rebaño perdido en la gran ciudad, como de su reflejo conservador en la imagen de un joven emprendedor, de un ejecutivo de cuenta, a la espera de la cigüeña.

Su esposa hace migas con la Pitufina, porque ambas son en el fondo estereotipos inofensivos de la tercera mujer, acordes con la visión reaccionaria del libreto adaptado.

Según el guión, el arquetipo femenino debe cumplir estrictas funciones maternales y consumistas, para garantizar su utilidad y legitimidad en la prole de los machos, de los “pitufos trabajadores”.

A su vez, el marido consigue en la publicidad de una fábrica de cualquier cosa(evidente duplicado de la industria Sony), el reconocimiento social y la reconciliación con los paisajes bucólicos de la fama, el éxito y el sueño americano.

Doogie Howser, el clásico doctorcito de las series de autoayuda de la televisión, reencuentra la senda y el camino de la superación de la adversidad, en tiempos oscuros de depresión post once de septiembre y caída de la bolsa, gracias al descubrimiento de su creatividad escondida, sumergida y reprimida por el sistema. Aquí viene el contrabando narcótico de interés semiótico para todos.

Lo paradójico, y hasta digno de estudio, es cómo el protagonista recupera su hombría, su razón de ser, su ingenio, su cerebro y su futuro, en el contacto alucinado del tercer tipo con una raza aparentemente inferior, refugiada detrás de la fachada del Parque Central de Nueva York.

¿Un guiño a la liberación por la ingesta de ciertas sustancias y por el contagio de lo mejor de algunas subculturas? ¿Una dádiva,una concesión a los deseos y fantasías de poder de las generaciones de relevo, atascadas en el empleo basura y precario de la burocracia general?

Sea cual sea la respuesta, la principal virtud de “Los Pitufos” radica en proyectar un reinado artificial y kistch de alegorías costumbristas, destinadas a sembrar y a despertar la adhesión inmediata de la demanda cautiva, del imaginario mundial.

En cualquier sentido e idioma, sus caricaturas admiten la doble y la tercera lectura, de la mano de tramas y argumentos de fácil digestión, cuyos esquemas binarios y maquineos apuntan a la restauración iconofílica del santuario pop.

Por encima, en ningún momento, el relato de la pieza busca demoler y deconstruir los cimientos establecidos por el cuento original de hadas, tramado por Peyo.

Sin embargo, el propio desarrollo de su estructura líquida, permite al espectador cerrar el círculo e interpretar el contexto de acuerdo a su capacidad de abstracción.

En consecuencia, para los chicos menos avispados, la obra los distraerá por cuestión de dos horas, a la luz del conflicto y el choque acostumbrado por el monopolio de la oferta. Es decir, la glorificación del modelo bélico y guerrero, de nula intensidad, de “Harry Potter”, los vampiros de “Crepúsculo”, los vigilantes de la ola de superhéroes y las secuelas de “Star Wars”. En pocas palabras, los buenos doblegarán y derrotarán a los malos, a los aterrorizadores de la república, de la democracia, de la Metrópolis asolada por el fantasma del derrumbe de las torres gemelas.

Para los adultos contemporáneos más desprevenidos, “Los Pitufos” lograrán satisfacer sus ansías de escape y evasión nostálgica, de cara al período de asueto, de las vacaciones de verano. Para ellos también hay generosas dosis de “Soma”, de “Prozac” y de pastillas de la felicidad, a lo ancho de la duración del metraje.

Por último, los amantes de la teoría de la conspiración y del análisis pormenorizado de la superficie del discurso, disfrutarán con la enorme proporción de citas y homenajes al pasado, el presente y el mañana de la memoria universal.

No en balde, “The Smurfs” rinde tributo al humor negro y consciente de los maestros de la parodia, de los padres fundadores de la comedia primitiva, de los iniciadores de la corriente del slapstick.

Es precisamente Hank Azaria el empeñado en salvar a los pitufos del desastre estético, con sus mágicas y desternillantes intervenciones como Gargamel, aunque las muecas del gato digital no lo favorecen.

De cualquier modo, su sola llegada le inyecta cotas de irreverencia, subversión y autoconciencia al entramado del blockbuster, al punto de revertir su mensaje de partida y aproximarlo al plano de una burla de las fórmulas edulcoradas de Hollywood; de una sátira de la conversión de La Gran Manzana en una extensión de un parque temático de la Disney, idéntico a la aldea azul de los Pitufos.

En el desenlace, con los créditos, cobra forma y consistencia la mirada cínica y mordaz sobre la ciudad de Nueva York, al trasplantar sus íconos(como la estatua de la Libertad) al pueblo de los “Smurfs”. Nuestro espacio, nuestro lugar, nuestra capital del planeta tierra, es como diría Baudrillard y Umberto Eco, un simulacro de tercera generación, ahora en 3D.

Una ligera cachetada a la sociedad del espectáculo, saldada como una ambivalente crítica y reforzamiento de las lecciones esperanzadores de la meca.

Mezcla de Marx con Adam Smith.

Incluso, después de todo, se deja colar un happy ending con olor a integrismo neonazi,pues el chico blanco y de ojos azules obtendrá la recompensa del aumento salarial y el premio del crecimiento natural de su familia. Su hogar se prepara para recibir el advenimiento de una nueva casta de Pitufos.

A la postre, el beneficiado por el recalentamiento del pasticho, es el dueño de la Sony.

No lo olviden.

Lo demás es el reparto del pan y circo de costumbre.

Una pitufada mutante al gusto de las audiencias más disímiles.

Verbigracia, suavizaron los trazos de Peyo y los evaporaron como caramelos y peluches apetecibles, diseñados para vender con cajitas felices de Mc Donalds y chocolates de M&M.

Típicos anzuelos del Caballo de Troya.

2 Comentarios

  1. Ayer vi los Pitufos en 3D, verdaderamente en algunos momentos no sabia si estaba viendo una publicidad de la Sony o una pelicula de cine. Gargamel estuvo bastante bien. El pitufo pesimista fue mi personaje predilecto. Algunos momentos divertidos salvan la peli. Por lo demas las tipicas historias del tonto que se convierte en heroe, la chica bonita, el hombre que salva su matrimonio y su trabajo por una influencia externa, y la conservacion y reproducción del sistema capitalista, con algunas dosis de humor negro. Los pitufos salvan a la Sony deberia llamarse esta peli.

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