Soledad Redundante

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Diáfana soledad, últimamente odio despertar con el frío de tus abrazos ahogándome en silencio.
Imploro desde muy dentro a los que rodean mi cuerpo descompuesto
a que desplacen tu inquietante presencia para no sentirme perseguido por un agujero negro,
que va tragándose todo lo que mis ojos quieren y luego añoran con un llanto nocturno.
¡Soledad eres tan mía y a la vez soy tan tuyo! que nadie puede abandonar al otro,
he sabido sobreponerme a tus amarguras de medianoche, donde siento que tus heladas manos apretujan sin sentimiento alguno mi corazón de destiladas amapolas.

Oh soledad, contemplo tus horas de noche sin luna, tu ciudad muerta de hombres sin ruta,
contemplo el silencio espeso a mi alrededor, y se que no estoy solo porque siempre estarás tu,
curando mis heridas producto de tus látigos inclementes…
Insomnes transcurrimos tu mundo de indiferente oscuridad.
Cuando apagamos las luces y Piazzolla o Paganini avivan nuestra carne,
las sombras caen como lonjas de la nada y se adhieren a mis huesos.
Agonizando sin remedio pero siempre contigo soledad. Cuando el sol incipiente se encarama por mi pequeña ventana, soledad duerme y yo espero que sueñe para poder sobrevivir a otra noche junto a ella.
Sueño el horizonte sin soledad, junto a musas momentáneas
de viejas cartas que me acompañan en mí transitar.

Hay veces en que la extraño pero pienso en su volátil actuar, en su dulce melancolía que comparte hasta la agonía.
Hoy sueño con ellas, diosas silentes que en el día, soledad no me dejo recordar.
Amo la felicidad de su belleza lozana, de su gesto altivo que oculta a su enigmática soledad.

Eres tu soledad, la hermosura que se desborda en mis anhelos de banales sueños.
Eres tú el frío, la sombra y el amado silencio que he moldeado en ellos.

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