Las Vallas

Veo una valla. Y otra. Otra más. Dejo de contarlas; son demasiadas. En cualquier parte está tu horrenda imagen. Unas veces apareces solo, en otras algún lacayo te abraza gracias a la magia de un Photoshop pobremente utilizado. No me molesto siquiera en tratar de adivinar la absurda cantidad de dinero gastada en cubrir con esas vallas todos los rincones de este país pobre, este desatino de país, esta paradoja de país que vive sumergido en el peor de los surrealismos.

Pienso: «este tipo debe tener un ego enorme». Repienso, recapacito y concluyo ahora lo contrario: tu ego debe ser minúsculo. No podría ser de otro modo. No tienes razones para enaltecerte, por eso buscas desesperadamente que los demás lo hagan. No eres más que el resultado de aquél niño desgarbado y cobarde que se escondía en un desván para evitar las sádicas golpizas propinadas por una abuela cuasi demente bajo la mirada gacha de unos padres que no tenían educación suficiente como para impartirte ninguna. De aquel par de adjetivos el último te calza todavía muy bien. ¿Recuerdas cuando, por temor a perder una vida que no te fue amenazada en ningún momento, rogaste que te soltaran en una isla que te esfuerzas por vender como la mejor del mundo en el imaginario colectivo? No pediste por tus hijos ni tu familia. Tu solicitud llevaba sólo tu nombre: la más pura muestra de egoísmo cobarde.

¿Son necesarias más muestras de tu falta de gallardía?

Recuerdo la primera vez que vi tu rostro. Pedías perdón ante unas cámaras de televisión; pero no a las víctimas de tu frustrado plan, no a los familiares de los indefensos a quienes sorprendieron y acribillaron. Tus disculpas eran para unas tropas de imbéciles lo suficientemente imbéciles como para seguirte. «No se han logrado los objetivos», dijiste. Pero mentías. Tu objetivo ese día siempre fue rendirte en el momento indicado. Rendirte pero mostrar tu cara. Obtener por la fuerza la fama que por mérito propio no lograrías jamás.

Pasaron los años y casi quedaste en el olvido, pero una vuelta de hoja te sacó del merecido encierro al que la justicia te había sentenciado. Tampoco tu encierro estuvo tan mal. Muchos se han visto peor y no por efecto de la justicia sino precisamente por su ausencia; sobre todo en los tiempos que corren. Imagino que habrás pensado algo como «¿y qué puede hacer en libertad un cobarde como yo, que siempre guarda segundas intenciones?». En ese momento recordarías tu plan inicial y responderías a tu propia pregunta con un insipiente «¡claro! ¡Pero si desde el principio todo se trataba de esas segundas intenciones! ¡Es el momento!». Y como todo cobarde que siempre guarda segundas intenciones acabaste en la política.

Gracias a un absurdo apoyo mediático y el poder económico de unos cuantos oportunistas -¿ves la ironía?- acabaste por convencer a poco más de tres millones de idiotas de que no había quien les representara mejor que tú. Es decir, que de los idiotas eres el más y mejor. Ese es el principal problema de la democracia: descansa en el falaz argumento de que la estupidez individual desaparece y se transforma mágicamente en sabiduría colectiva. Como están las cosas en el mundo, la democracia es el sistema mediante el cual las mayorías eligen a las personas más incapaces para dirigirlas. En lugar de elegir quién, sería más productivo que el resultado fuese quién no. Pero bueno, no vamos a dedicar estas líneas a desdeñar un sistema tan imperfecto como cualquier otro. En todo caso, quedaba claro que tres millones y algo de idiotas simpatizaban contigo. Tampoco hay en esto nada de lo que enorgullecerse. Ya ha sido dicho, tan sólo quedó demostrado que eres el más y mejor de los idiotas. Ninguna caricia para el ego.

Los años fueron pasando –muchísimos-, y sigues sin tener méritos a los que acuñarle tu nombre. Te contentas con estampar tu rúbrica en la obra de pensadores que tendrías que pensar para entenderles. Aún no lo logras, y para colmo te conformas con mirar la moneda siempre del mismo lado, cuando la verdadera sapiencia está en voltearla y contemplar ambos. Te encierras en teorías harto refutadas –como cualquier teoría- sin molestarte si quiera en investigar al menos algo de las mencionadas refutaciones. Esto es sólo un rasgo más de tu nefasta personalidad: tragas de buena gana ideas ajenas y gastadas, repitiéndolas hasta la saciedad, y desechando en total desconocimiento las contrarias. Creo que por eso te dedicaste al absurdo e inhumano oficio de inhibir cualquier vestigio de raciocinio y aprender a matar seres humanos –dejémonos de eufemismos; es ése el quid del mundo militar-.

Qué minutos tan tristes deben preceder a tus horas de sueño; salvo que también en esos minutos sea palpable tu falta de sinapsis, inhabilitándote los procesos cognitivo y lógico; total inactividad cerebral del plano consciente. Pero, insisto, en el caso poco probable de que tu árida mente trabaje en esos últimos minutos, y en la tenue frontera que divide el sueño del desvelo hagas introspección; tu infelicidad debe ser inmensa y tu ego infinitesimal. Y es por ese ego reducido que te has convertido en una paradoja: te transformas en lo que criticas. Mejor dicho, no te transformas: siempre has sido exactamente lo que pretendes haces creer que criticas. Esto no es sino la demostración de la peor de las hipocresías, que junto a la cobardía son tus rasgos más claros. Qué vida tan triste la de ser uno mismo su antítesis.

He ahí el por qué de las vallas. Buscas en los demás la admiración que no puedes sentir por ti mismo. Por eso también te retratas con controversiales directores de cine y supermodelos esnobistas, que al igual que tú predican las virtudes de una vida que no están dispuestos a padecer.

Pero, parafraseando a uno de tus antecesores: «a mí tú no me jo…» engañas.

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Un comentario

  1. Luciano de Samósata dijo:

    Como cosa curiosa, estaba viendo ayer una entrada en el blog Soviet-Rusia en la que se muestra que la formas de proceder de los políticos rusos sigue siendo idéntica a los de la otrora URSS. Debe ser sorprendente para muchos observadores occidentales (excepto para los venezolanos y los cubanos) ver que en un país “democrático” se use y se abuse de tanta valla y cartelito promocionando a los políticos del partido gobernante (Rusia Unida), saturando su presencia incluso en librerías.
    No tiene desperdicio (así como las otras entradas de ese blog), y lo pueden disfrutar aquí:

    http://sovietrussia.es/la-urss-sigue-entre-nosotros/

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