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Al filo de la Oscuridad: batido rancio de “Payback” con “Ransom”

La Pasión de Mel Gibson ataca de nuevo. Aquí, el caballero de la noche regresa como un policía conservador, a lo Charles Bronson, para desafiar al orden corporativo de una empresa sindicada de traficar con material radioactivo.

La idea de partida no es necesariamente mala. Lo negativo es el desarrollo y la resolución del conflicto, al peor estilo de una caricatura televisiva en forma de secuela de «Arma Mortal».

Los diálogos son trillados y literarios, así como las actuaciones pecan de noveleras. Otra vez, el viejo «Mad Max» debe enfrentar en solitario a la corrupción del pueblo martirizado por el delincuente de cuello blanco, como si fuese una reencarnación de «El Patriota» disfrazado de «El Jinete Pálido». Una burda metáfora demagógica en sintonía con el mito de justificación política de Barack Obama, quien supuestamente viene a remediar, sin ayuda de nadie, los problemas y las contradicciones del lejano oeste. Cualquier parecido con nuestros revolucionarios y dictadores del siglo XXI, es mera coincidencia.

El misógino y burdo subtexto westeriano de la película, vuelve a encasillar a la mujer en una cuadro de víctima catalizadora, puesta allí para forzar y comprometer la intervención del héroe en el caso.

Su hija es el emblema de una supuesta generación de chicos confundidos, incapaces de hacerse cargo de sus asuntos. Por tanto, el guión mueve la teclas, para abandonarnos a la suerte de la única alternativa posible, para encontrar el final feliz: un hombre armado de valor y coraje, dispuesto a batirse a duelo, mano a mano, con el villano de la charada.

Entonces, la moraleja roza el tinte de un discurso semifascistoide e intolerante, donde las artes del diálogo y la negociación son descartadas de plano, con el objeto de reivindicar el anticuado concepto del ojo por ojo, bajo la idea reaccionaria de tomar la ley por la propia mano. Por ende, la cinta promueve un mensaje antidemocrático y antirepublicano, tendiente a favorecer esquemas y estereotipos de corte totalitario.

De facto, el personaje de «Corazón Valiente» resucita de sus cenizas, para imponernos sus valores del pasado en presente. En el desenlace, se sacrificará por sus ideales, en pos de la redención y la salvación de la caída de la babilonia en el reino del pecado. Lo dicho: una oscura lección para disfrutar en la pantalla, pero no para aplicar en el ámbito de la realidad.

En lo personal, me quedo con el Gibson detrás de cámara, porque cuando actúa se remeda así mismo, y apela por el recurso fácil de venderse como el último vengador de acción de la meca. Un arquetipo Hollywoodense agotado y desgastado, aunque propio de períodos de crisis, como el actual.

Ante la depresión y la ausencia de referentes, nada como un detective a lo «Arma Mortal», encargado de levantarnos la autoestima colectiva, a punta de pistola. Él confrontará y aniquilará a nuestros fantasmas en la ficción, mientras en el mundo ocurrirá todo lo contrario: la hegemonía y el dominio de la impunidad.

Así, el cine funge de válvula de escape para controlar y conjurar la ansiedad social. Para ello, retorna el realizador de «Casino Royale» en «Al Filo de la Oscuridad», cuya máxima aspiración se reduce a reeditar su tesis del agente 007, en el sentido de legitimar el uso de la temida y represiva «licencia para matar», en situaciones de adversidad. Demasiado poder para un James Bond. Ni siquiera el estado se la merece. Por desgracia, se convalida en películas tontas, y se acepta como moneda corriente en Venezuela. Sin duda, acá sí vivimos «Al Filo de la Oscuridad». Dios nos agarre confesados.

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