Amanecer

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Un sonido. La respiración. Mi propio pulso, lento y constante. Una luz. El reloj de la mesa titilando. No me quiero levantar. Desperté estando en paz con el mundo, no quiero arruinar la amnistía viviendo.

Son las cuatro. Puedo dormir un poco más.

Un sueño. Puertas cerradas. Tras ellas mis secretos. Quiero entrar y descubrir lo que ni yo mismo sé. Camino por un corredor oscuro. Camino sin saber hacia dónde. Una puerta se abre. Total oscuridad. Frío. Así debe ser la muerte. ¿Estoy muerto?

No. Se cayó la sábana. Sigo vivo y ahora despierto. El mismo sonido de mi respiración. La misma luz de mi despertador titilando incesante. Sigo en paz con el mundo. Son las 5.

Falta poco. Mejor no duermo más.

Miro hacia el techo. Nada. Solo un hoyo negro. Mis ojos se acostumbran a la penumbra. Veo la lámpara difuminada, escondida.

Una luz tenue entra por la ventana. El amanecer. Él también quiere permanecer en paz con el mundo y dormir un poco más. Me doy la vuelta. Me escondo de la luz. Un pensamiento se viene a mi mente. Un rostro. Un perfume. Le cierro la puerta. No lo quiero saber. No quiero abrir las puertas. Estoy bien así.

Cinco y cuarto. En cuarenta minutos me levanto.

Estoy boca abajo. El olor neutro de la almohada me relaja. Las sábanas se sienten suaves contra mi cuerpo. El pensamiento vuelve. No logré cerrar la puerta. La cara. El perfume. Lo siento como si estuviera a mi lado. Ahora hay algo más. La piel. Una mano suave acariciando mi espalda. Siento el calor que causan las lágrimas retenidas. Me doy la vuelta y me levanto de golpe, con violencia. Logro ahuyentar el pensamiento.

Las cinco y media. Todo es gris. La luz suave me refleja en el espejo. Indefenso. Desnudo. Vulnerable. Con un pensamiento acechándome. En el baño me lavo la cara. El agua fría revive mis sentidos. Falso despertar del cuerpo. Prefiero el café.

Saco la cabeza por la ventana de la habitación. Fumo el primer cigarro del día. Pienso en la cara y la mano y el perfume. Ya no me afecta. No siento el calor de las lágrimas. Estoy despierto y está amaneciendo. Sólo le temo a las puertas abiertas estando en mi cama. Se termina el cigarro. Lo dejo caer. Un metro. Tres metros. Le gané la batalla al recuerdo.

Perder o ganar. ¿Cuál es la diferencia? Gané ahora. Perderé mañana. Siempre pierdo. Siempre quiero perder. Me hago daño por placer. Por el placer de sentir la mano y oler el perfume. Por ese placer me flagelo cada noche con las lágrimas.

Me visto. Me pongo mi antifaz de hombre y dejo al niño desnudo e indefenso en la cama de la que se levantó conmigo. Ahí se quedará hasta que me quite el antifaz. En la noche antes de dormir.

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