Polvo sois…

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Tan sólo ayer el polvo yacía, sumiso, bajo mis pies. De vez en cuando se atrevía a invadirme como una polvareda, pero volvía a rendirse, ante la firmeza de mi paso. Con el tiempo aprendimos a conocernos. Yo podía entonces adelantarme a sus desmanes, esquivar sus manotazos, usarlo como camuflaje o carnada. Me confié de su docilidad, de su apariencia servil, de su tácita declaración de derrota. Bajé la guardia y él comenzó a urdir su estrategia de guerrilla. En silencio, penetró por mis poros, escondiéndose en las grutas de mi cuerpo. Con paciencia buscó el momento preciso, cuando mi andar perdió fuerza y mis pasos firmeza. Ahora me someto a diario a la tortura de sentir su risa, desde adentro, estremeciendo mis huesos. Me resigno, árbol en ruinas, a esperar el día en el que yo ya no seré yo, sino polvo bajo los pies de algún incauto que pensará que me domina. Y sonrío.

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