Nada es lo que parece

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El emblema que se repite en los productos de consumo es “Covid – 19: cuídate y cuidaras a los demás”. Dentro del supermercado los anaqueles se forman en lotes impredecibles que van desde los alimentos prioritarios hasta las excentricidades que solo aportan colesterol al corazón. Rumian como vacas por las aceras de Bombay los clientes que salen de su confinamiento por obligación. Tienen que comprar, tienen que introducirse en los laberintos de los establecimientos de productos para ejercitarse. Pueden tener ansiedad, pueden esconder su tristeza mordiendo un trozo de torta; pero, quizás, están muertos por dentro. Las palabras ironía, inquietud, descontento flotan en el aire. ¿Un mundo mejor se verá al culminar este laboratorio/reality? Y pensar que las Kardashians anunciaron su retiro de las pantallas. Ojalá volvieran a editar Jackass.

El emblema que se repite en los productos de consumo es “Covid – 19: cuídate que yo te cuidare”. Era así como predicaba dios a sus discípulos trasmutado en las propias manos de su hijo Jesucristo. Los altavoces están parloteando, quieren que todos mantengamos la distancia de rigor. Mi intuición indica que alguien me sigue desde que entre al supermercado. Es una idea vaga que me roza el hombro; quiere que pierda la paciencia, estúpida seguridad personal, logro inacabado de un ser ontológicamente desplumado; como lo haría Diógenes “el perro” en medio de una plaza pública en la Atenas de Aristóteles. Un rio de nervios me corre por dentro, los parpados me repican como bombillas alucinógenas. El inconsciente medita sobre un peligro no identificado y, bien sea dicho, el éxito de mi escape del establecimiento pasa por pagar lo antes posible.

El emblema que se repite en los productos de consumo es “Covid – 19: es la cura peor que la enfermedad”. Las alarmas del supermercado gritan como guacamayas al amanecer. Caracas era una enfermedad sabrosa, y aún lo es. Una voz ansiolíticamente pastosa dice lo siguiente para todos, “tenemos código 21” repito, “código 21” en proceso. La muchacha que consumía un café en la mesa #1 del cafetín se quemó el paladar con el susto. Lo supe porque apenas estaba yo a escasos metros del sitio, pidiendo medio kilo de carne molida. El carnicero gruñó algo como “estos carajos siempre salen con lo mismo”, me dije para mis adentros que algo estaba mal; algo muy malo iba a pasar. Pero, apreté los puños y seguí cortejando los anaqueles de los productos secos como una paloma en los tejados.

El emblema que se repite en los productos de consumo es “Covid -19: tarde o temprano todos despertaremos”. La seguidilla que tenía esta persona sobre mis pasos dejó un rastro malicioso para que me condujera como una hormiga. Las cosas llegaban a mis manos como si yo mismo las hubiera puesto de ese modo. Cosa irritante para cualquier loco de la perfección, la verdad es mejor dejarla de lado si queremos simpatizar con cualquiera. Las luces dentro del supermercado me provocan nauseas a los pocos minutos. Los alógenos participan de un viaje astral que nos deposita en la caja registradora sin saber cómo diablos hemos cargado tantas vainas. Y uno se pregunta, ¿Cómo pude gastar tanto dinero, si apenas vine por medio kilo de carne, tres plátanos y una harina pan? Cosas insólitas pasan en los supermercados, la experiencia de compra es extrasensorial.

El mensaje que se… que se… transmite en los sellos de productos es “Covid -19: nuestro mundo es una mentira”. Y los huevos no aparecen en el lugar donde deberían estar. Que diría Charly García si estuviera buscando comida en este momento; maldito viejo que nunca se muere como el rock & roll. La paleta de colores que rodea mi círculo visual es un complejo turístico en Aruba. Me siento inflado de energías varias; la fatiga imprime una tensión superficial en mi cuello, una reacción natural a las situaciones de estrés que tengo que vivir.

El “código 21”  era una situación irregular dentro del supermercado. Aquel día, cerca de las 11.39 a.m. se produjo lo que muchos llamarían un caos exprés. O bien sea dicha: la arrechera justificada. Una señora de 50 y pico de años, de baja estatura, ni tan mal agraciada; porque se conserva para su edad, se agarró por los pelos con una cajera. El veredicto de los que estuvieron alrededor del acontecimiento pudieron darme un resumen, que creo es tan elocuente como absurdo –“La señora quiso pagar con una tarjeta de crédito, de esas que ya no tienen cabida dentro de los mecanismos de pago bancarios. La razón que impuso la señora fue que ella tenía meses sin salir de casa. Estaba confinada voluntariamente y, lejos de cualquier contacto con la realidad, ella no sabía que los métodos de pago estaban limitados a los dólares, los euros y las tarjetas de débito. La cajera resultó mal herida por el rostro, la mujer le clavo las uñas a la altura de los ojos; sendas cicatrices tendría que cargar por cumplir su trabajo”.

La verdad sea develada en los empaques de los productos, cada elemento que tomo entre mis manos dice lo mismo “Covid -19: son nuestros conejillos de indias, gracias por colaborar”. Quise lanzar al suelo una botella de desinfectante, pude captar una sombra que se acercó a mi oído, y susurró unas palabras de burla; un hocico como de hiena me regalo una risa difuminada. ¿Estaba loco por los días de encierro, quien era esa persona que me perseguía, quizás un enemigo oculto; ese hijo de puta que siempre me mira feo? A veces podemos ganarnos enemistades porque mi tapabocas tiene un diseño envidiable. Tuve ganas de gritar a todo pulmón “¿Quieres mi tapabocas, desgraciado? Ven y quítamelo, anoche lo use para cogerme a tu vieja”.

El emblema que se repite en los productos de consumo es “Covid -19: una enfermedad innecesaria, un complot mundial por controlar nuevas cotas de poder. La geopolítica mundial es una miseria, los líderes mundiales juegan con nosotros como soldaditos de plástico”.

Me perdí de un encontronazo entre individuos que estaban formando una hilera para cancelar sus compras. El uno le espetó al otro que mantuviera la distancia, que si no pensaba en sus hijos. Por su parte, el segundo en disputa conservo sus palabras al resguardo de su “escudo facial” y se limitó a desearle una buena bendición. No sé en qué momento pasé la tarjeta, aborde mi automóvil, encendí la radio, volví a despertar y la misma frase seguía repitiéndose en mi ordenador… Covid -19: nada es lo que parece. Sonreír, lavarse las manos, resguardarse.

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