dame ficción baby o de la sugestión adecuada

  • Desde tiempos inmemoriales el café a protagonizado las historias más disimiles y trepidantes. Pero esta vez, esta vez señores, el té es el papá de los helados.

Era una mañana cálida de sábado. Estábamos en el mes de febrero y el frío parecía decidido a quedarse para rato sobre la capital venezolana. Algo inusual por aquellos días, pero que necesariamente le atribuimos al calentamiento global. Dentro de la biblioteca de la unidad educativa Carlos Soublette, se impartía un interesante taller sobre escritura creativa. El profesor, un escritor trotamundos compartía con un verbo encendido las conspiraciones celestiales que llevaron a ciertos autores a plasmar sobre el papel eso que a ellos les inquietaba: “Metafísica de las pasiones, ramalazos de gozo imperfecto a caballo sobre una pradera en llamas”. De verdad que inquietaba a sus talleristas Mario Morenza.

Atribuíamos la tempestad verbal al grado de placer que exhalaba el profesor con cada una de sus anécdotas literarias. Siendo así que en medio de una lectura se quedó sin aire, tuvo que beber un gran sorbo de agua de su termo, y continúo de forma pausada. Todos manteníamos la mirada fija sobre su persona, el cual parecía un muñeco en automático. Yo por mi parte ni siquiera pestañeaba, estaba helado por dentro y perplejo por fuera. Era extraño presenciar aquel arrebato de gusto en un educador.

Como se tenía fijo desde el comienzo de las sesiones, la señora María (la bedel) debía proporcionar una jarra de té para hacer un tiempo muerto entre hora y media y hora y media siguiente de clase. Algunos merendaban algún refrigerio que tenían la dicha de llevar, otros solo íbamos al baño a desaguar la yuca.

La sesión literaria comenzaba a eso de las 12 del mediodía y terminaba pasada las 2 y media de la tarde. Siempre por algún retraso imprevisto de nuestro profesor en funciones. Son gajes del oficio de escribir. Andar medio en las nubes, medio en la luna ¿y el reloj? Bien gracias.

La zona muerta que marcaba la mitad de la jornada de clases estaba por la 1 de la tarde, o un poco más. Sin embargo, la señora María no respondía a nuestras plegarias mentales. Que parecían estar sincronizadas al pelo, como en un juego de domino (¡yo meto el doble seis y tu trancas esta vaina!). Así que, nuestro profesor revoloteaba sobre las hojas en llamas de los relatos de Augusto Monterroso. Un tipo que lo hacía mojar, literalmente hablando. De sus modelos a seguir en cuanto a estilo y narrativa.

La señora María no aparecía y era parte de un misterio sin resolver. Eran las 2 de la tarde y nada. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Embebidos por la vena de la ficción empezamos a prodigar frases al vuelo como: “Ah sido un día extraño, el té brilla por su ausencia”. O “Será que se terminó de formar el peo y, nosotros aquí metidos leyendo libros”. Definitivamente el silencio sepulcral que acompañaba el exterior de la biblioteca no era normal. Ni una paloma se posaba a cagar. Y eso que después de nuestra clase seguía el taller de Oratoria.

El profesor Mario nos invitó a continuar la clase a sabiendas de que el té no llegaría. Habíamos perdido las esperanzas, como cuando de niños nos damos cuenta que los regalos nunca los trae el viejo del traje rojo. Así, puestos al descubierto como unos ilusos. Nuestras caras eran un poema escrito por un náufrago. Nos preguntábamos, ¿Será que hay algo más allá que no conocemos, o ignoramos porque nos da la gana? Mario muy sabio en sus reflexiones respondía cada una de nuestras inquietudes con un solemne “La señora María sufrió una abducción alienígena”. Carcajadas para todos sin excepción.

Parecía un panteón en hora de almuerzo. La escuela de ajedrez para niños que operaba en un salón de la planta superior del colegio, que por lo demás proyectaba una bulla increíble todo el rato, no daba la más leve señal de vida. Cosa curiosa, porque yo suponía para mis adentros que estaban confabulados todas las personas al exterior de nuestro recinto. Podría tratarse de un cumpleaños sorpresa para Mario. El cual ni por el carajo se daba cuenta dando su clase. O bien, había temblado y todos habían salido a la calle, pálidos de miedo como cadáveres. Y nosotros, nunca nos daríamos cuenta, por el simple hecho de estar en otras latitudes: las de la literatura.

  • Yo no dejaba de divagar en el rellano luminoso de mi mente. Buscando frases hilarantes que desencadenaran las turbinas de púber narrador. Confiado en el dulce resplandor que se colaba por las ventanas de la biblioteca, me veía fuerte y capaz de escribir hasta un poema. Esa sensación de bienestar que sentía me hacía cerrar los ojos sobre la arena de un desierto árabe. Paisaje de brillo pulido como un espejo que me quemaba la piel bajo la ropa y empujaba mi alma como el gas de un refresco que expulsa su ímpetu fuera del frasco.

Ese sábado, frío por demás, nos despedimos de la sesión con una gran decepción en el rostro. Por lo menos yo, que ansiaba tomarme mi agüita de rosa de Jamaica. En ese sentido, la ausencia del té, no dejó de darme vueltas en la cabeza sino hasta la semana entrante, cuando la señora María si cumplió con el fulano bebedizo que nos trasportaba a los talleristas, incluido el profesor, a regiones desconocidas de la especulación humana.

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