sandwich de pernil

Una libélula se posó de forma imperceptible sobre el cañón de su pistola. No sabía cómo había llegado allí. Pero la cabeza le daba vueltas de aquí para allá. Sentía al final de un trago de saliva un regusto amargo a huevos podridos y nicotina. La maldita cabeza como un enorme globo de helio a punto de salir volando. Para demonios como el, la noche contaba sus minutos como una rata olisqueando la basura regada en la acera. Nada. Era como un capricho absurdo tratar de recordar, ahora que la película de su vida parecía mal rebobinada. Mierda.

El itinerario era una serpiente enroscada. Poco a poco iba desplegando su asqueroso cuerpo: a cinco minutos para la medianoche del sábado Hugo lo había llamado. “Te tengo un encargo, en una hora nos vemos en la esquina Miami, cerca del bar gitano, no tardes”. La noche se desperezaba como un oso que sale de su cueva en primavera. Parecía tenerlo todo a buen quite, ni siquiera los pocos cigarrillos que guardaba le molestaban. Pasaría por la licorería del gocho una cajetilla. Ese bastardo solía cerrar pasada las 3 de la mañana.

Esa noche en particular estaba haciendo frío. Extraño caso en Caracas, y en verano. Se pasó la mano por la nuca, tenía rato que volvía a tener el cabello largo; leve sonrisa (la rebeldía tenía la manía de volver cada tanto). La chaqueta de cuero lo mantenía silbando una canción sin miedo, mientras el encargo pataleaba en la maleta del carro. Tiraba unos griticos ahogados, cuando mucho, por el pañuelo atado en la boca. Hugo no le caía muy bien, pero era una mente. El tipo era un vago de primera línea, aunque conseguía buena clientela. Le caía mal el muy hijo de puta. En serio. Caminar diez pasos luego de la parada de autobús, doblar la esquina Ávila y bajar hacia la Tropicana, allí pones un pie, luego el otro: esquina Miami. Efectivamente, al frente el bar gitano, donde sirven tragos baratos chicas con pezones grandes en delantal de muñeca. Mónica debía estar atendiendo a estas horas. Con sus labios rojos como un neón de open, insinuante, desvergonzada damita de la noche. Con esos tacones de 15 cm (caramelo, les dicen) haciendo gala de inocencia interrumpida. Hugo bajó de un auto negro, cerro los puños sobre sus bolsillos y camino hacia mí.

  • Maleante (sonrisita a media máquina) que tienes allí, pásame uno de esos, señalaba el cigarrillo encendido, dijo.
  • Le alcance uno e interpelo: ¿Qué tenemos, basura?
  • Tres tristes tigres comían trigo en un trigal, dijo canturreando como vacilando.
  • Habla claro, marico. No tengo tiempo para tus pendejadas.
  • Está bien, señor matanza. Calma, no te me alteres, dijo.
  • Al grano (mientras enciendo otro cigarrillo) El humo se esparce entre los rostros circundados por la casi penumbra.
  • Este bebé, me dice mientras me muestra una foto del periódico del jueves en primera plana. Es el cliente.
  • Calvo, regordete como un marrano. Rozagante y feliz de ganarse el cobre sin esfuerzo, le describo la foto. Al instante que me doy cuenta del cuerpo de prensa sociales.
  • ¡Bingo! Acusa Hugo, sin tener cartón alguno en la mano.
  • ¿Cuándo, dónde? Señalo. Del cómo me encargo yo.
  • Mañana a las 5 de la tarde. Carro gris, vidrios ahumados… el marrano sale de su oficina en el edif…

Ese paraje de la Caracas la Guaira le gustaba en particular. Allí, a esa altura había divisado el mar por primera vez cuando su padre lo llevaba a la playa. Buen tipo, un poco borracho, un poco loco. Ninguna cicatriz importante, solo buenos chistes y golpes a mamá cuando no hacia lo que él quería. Soplaba un viento grueso y salado con terminaciones dulces. La pistola estaba bien sujeta, entre el pantalón y la camisa. Nunca pensó tener que sustraerse a la vida criminal, no en su caso. Tenía una carrera provechosa en el boxeo semiprofesional. Peso medio como era con un excelente gancho de zurda que fusilaba literalmente a sus oponentes. El caso es que, para vivir del boxeo hace falta más que suerte, haber nacido en el norte o algo así. Es un oficio triste, se decía. No existen reuniones para boxeadores retirados. La muerte o el olvido. No hay para donde correr.

Abrió la maleta del carro. Como pudo dominó al cerdo que daba patadas como loco. Menos mal se había cerciorado de amarrarle las manos hacia atrás. Le quitó el Rolex que llevaba en la mano derecha, podían darle unos cuantos billetes. No le interesaba revisar la hora. Bien. Hizo caminar cinco pasos al cliente, lo llamó para que volteara, le quitó la venda de los ojos y le dijo: “Esto va por la señora Diaz, violaste a su hija como el cerdo que eres. Ahora, despídete”.

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