CARTA A MI HERMANA

En esta madrugada, cuando de afuera el chirrido del grillo me atrae con su canto y veo a través de la ventana el cielo y como titilan las estrellas. Entonces mi sonámbulo sueño se aleja y el insomnio me invade yendo más allá de mi cansancio. Me sucede que una extraña nostalgia me invade entre la dulzura y la pena de los recuerdos idos. Empiezo a ordenar los sucesos de una forma contemplativa, repasando todo lo que siento ante esta hoja vacía que será mi carta, sin saber cómo empezarla y acomodar todo lo que deseo escribir. Acompañado así, en un sinfín de sombras y chirrido del grillo, estoy tratando de escribir algunas líneas, acomodar las palabras que el sentimiento me dicta. Me perdono el hecho de utilizar este tono silente, al que mi ser con perfil noctambulo no puede sustraerse, pienso que es la noche que de cierta forma se ha armonizado con mi persona y también porque quisiera perderme en la música de ese único grillo que canta: ¿Será que el canto de ese grillo me resulta tan familiar, como si fueran sus telegramas de antaño? ¿O es que por este hecho cedo y no puedo simplificar o dejar de lado este momento que me rodea?…
“En esta carta te suplico perdón, que como hermana me concederás, esta vez por el haber empezado así mi misiva; sin ese orden que por costumbre hemos normalizado, como es: primero el de saludarnos y después el de desearnos que nos mantengamos bien de salud. Esto te demostrara en si no tanto mis malos modales o mi olvido, sino más bien, mi estado de soledad y egotismo en el que ahorita me encuentro sumergido. Pero también a modo de explicación y excusa, te digo que en este basto silencio de la noche, te e intuido ya como en otros tiempos, y te me rebelas por ese sexto sentido filial que nos une; el verte feliz.
Pero apartando este mi momento infrecuente de mi persona; permíteme ahora aunque ya corrido el tiempo y, tal vez equivocándome, que imagine los instantes decisivos antes de tu partida.
Se que tu y él desde años se amaban y se aferraban en secreto, tal vez, en un inicio, como todos los adolescente con ese sentimiento platónico poco realista. Al que mi madre y yo nos oponíamos. Pero esa madrugada para ti tan cargada de sentimientos y emociones, poco antes de irte, sé que comprendiste que ya formabas parte de un amor maduro y que eras responsable del rol que como mujer te tocaba en esta vida.
En esa madrugada, quizás tan similar a esta; me pregunto: ¿Cuánto monólogos dudosos que como vorágine confundirían tu partida?… no tanto por ti que ya te habías decidido, sino que pensabas en mi madre que aún no había aceptado tu compromiso y se oponía. Pero sé que en algunos días al regresar tu mirada por la distancia de esos tantos tiempos de tu partida, al discernir, comprendes bien que tu decisión de marcharte con él, en ese instante, fue lo correcto y natural, porque al final es el tiempo que también te lo exigía. Y la verdad hermana es que todo matrimonio nuevo, es al fin y acabo, el retoño que el mundo al girar con esperanza acepta como una nueva primavera.
Dirigiéndome ahora a tu condición de señora, permíteme decirte : que sabido es, que el matrimonio es el acto más trascendental y que a veces menos se medita, pero cuando se tiene buena voluntad, se avanza con la frescura de la esperanza, porque seguramente, ahora te estarás dando cuenta que vivir en tu actual condición es bueno; y que tal vez si el misterio que acaso veías en el matrimonio se valla con el tiempo evaporando, en compensación, seguramente, estarás apreciando, un panorama en el que se te proyecta imágenes limpias y puras, nuevos momentos que van formando tu actual vida y de las que nunca sospechabas antes… y a eso, si le prestas atención, ellos atraen felicidad.
Recuerdas, cuando eras niña y paseabas tus sueños en los cuentos tan llenos de fantasías, cuando buscabas afanosamente quien te los contara o leyera, y calladamente atendías, y con tus ojos brillosos parecías encontrar la parte que a borbotones irradiaba la lectura y te soltabas alegre a tus sueños cual inocente golondrina que parecía haber escapado de algún poema. Eras niña y creías en príncipes, palacios, en finales felices. Quizás hayas olvidado aquello, pero te lo recuerdo. Y quien sabe si ese algo de esa niña necesites hoy para hacer de tu hogar un mejor cuento. Todo depende de ti si te lo propones.
La verdad hermana es que si me atrevo a aconsejarte es para decirte que mantengas digna de tu hogar, de ser la reina. Porque el hogar es como la conciencia, cuando la dañamos siempre al final nos hiere. Y el respeto, no es un don que baja del cielo, hay que ganarlo. Además inclínate al respetar el código moral, que es previo y superior al derecho formal.
Ten en cuenta que se dice que el amor de los esposos es como la luna, que crece o mengua, pero que no se está quieta nunca. Y que el matrimonio es la balanza que está en las manos de los cónyuges; les deseo de alma, que su balanza se mantenga bien equilibrada y que su luna crezca y brille como plata. Por favor siempre dialoguen en las buenas y en las malas, esto los juntara más en una sola carne en un mismo propósito. Y la bendición de Dios irradiara más compresión en su hogar, en tu familia.
En cuanto a nuestra madre, te diré que como tú siempre fuiste su consentida en un principio como era natural le dolió mucho. Te recordaba a cada instante, en su mirada parecía preguntarse qué los años que estuviste en su vida se le fueron vertiginosos de ella. Amanecía con sus ojos hinchados, por el sopor de la mala noche, sus ojeras oscuras eran lavadas por sus lágrimas que se le escurrían. Es que nuestra madre creyó que te había perdido de su vida; como recordarás, siempre fue posesiva contigo. Pero con el tiempo comprendió que ese adiós cargado de espejismo de tristeza y soledad no existe, porque yendo a lo más profundo de su corazón, comprendió que nosotros como familia cristiana estaremos siempre juntos hasta la eternidad. La verdad es que con tu partida, ella se envejeció más, y dio también su siguiente paso en la madures de su vida, se volvió más comprensiva, ablandó su carácter: como la papa que se suaviza cuando es hervida, y ese es su milagro secreto y personal… y ahora te quiere más.
Sin más ya que escribirte, en esta noche en el que grillo sigue chirriando y el cielo con sus estrellas titilando; concluyo hermana, deseándote, con cada latido de mi corazón que siempre seas feliz”.

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Luis Antonio Ismael Muro Mesones

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