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La jaula de oro

 

        Llegó el sábado: día donde pocos trabajan y muchos disfrutan. Cines, teatros, centros comerciales, son los sitios preferidos por los caraqueños para pasar un rato de ocio. Ahora mismo, otros lugares, producto de la contingencia país, están tomando protagonismo: plazas, parques y casas. No pocos pueden costearse la entrada al cine, tener una noche de teatro o comprarse un helado en Arturo´s. El calor del hogar pasa a tener, por estos tiempos, mayor valor. Las tardes de películas se vuelven más frecuentes. Siempre lo digo, toda crisis tiene un efecto adverso, un telón de fondo, una resonancia cotidiana.

            En mi noche sabatina, me siento en la mesa del comedor. Pienso que voy a cenar, mientras, veo que pasan en la TV. Como no dispongo del mando, me adhiero a lo que ve mi familia. Estoy cayendo en cuenta, justo ahora, que Sábado Sensacional aún existe. Sí, ese programa que pensé estaba extinto, todavía sigue entreteniendo a las familias. Esta semana están recordando cuando Celia Cruz visitaba Venezuela y nos cantaba una “Guantanamera” con cariño. A Raphael de España que concurría el canal promocionando su nuevo material. De cuando Guillermo Dávila despertaba pasiones en las damas y en los caballeros aficionados a la balada. “¡Tiempos aquellos que no volverán!” suspira mi abuela sentada en su mecedora con lágrimas en los ojos. Mi familia se pelea por adivinar quién es la estrella que está en pantalla llegada en los años ochenta: “es Isabel Pantoja”, “es Rocío Durcal”, “es Lola Flores”… Adivinan algunas caras, otras no quedaron registradas en la memoria.

            Más tarde, visitando a mi abuela en su cuarto, coloca la novela que, según ella, está “buenísima”. Quizás esa novela que la mantiene enganchada tenga unos 5 o 6 años que fue estrenada. Tal vez ya mi abuela ya la haya visto, pero nunca está de más recordar. Mientras dan los anuncios comerciales, promocionan para el sábado siguiente que harán un homenaje a Lila Morillo por el aniversario de los 70 años que Venezuela conoció “El moñongo”, uno de sus mayores éxitos. “No me lo perderé”, se oye por ahí.

            Mientras sigo viendo la televisión, pasan un comercial sobre Plaza Venezuela y se ve a lo lejos el Abra Solar, obra de Jesús Soto. Eso me hace recordar que días pasados me di una recorrido por los museos y galerías de Bellas artes. En el MAC, habían obras expuestas de Mateo Manaure, Botero, Matisse y uno que otro artista desconocido por mí, que datan sus obras por los años 70´s. En la GAN se le rendía homenaje a Michelena y su imponente “Miranda en la Carraca”. Dentro de todo, puede que en el Museo de Bellas Artes, hubiese uno que otro artista nuevo (del 2010 hacia atrás), en las salas donde el rojo no pasaba desapercibido.

            Para volver a casa, de mis vueltas por el arte de galería, me monto en el metro. Las paredes de todos los vagones están teñidas con obras de Reverón, pintor del siglo pasado. Mientras voy en el subterraneo, leo noticias desde mi celular. Uno de los artículos reseña las ediciones impresas que se postulan para el 2016. Entre las novedades, reediciones de Rafael Cadenas, Yolanda Pantin y Elías Pino: autores de reconocida trayectoria y gran bagaje cuando de publicar se trata.

La novela casi termina. Entre tanto, no dejo de elucubrar que de aquello que fuimos solo queda el recuerdo. El futuro y el presente se tiñen de un pasado divertido, grato… de un pasado gris pero heroico. Mientras le escribo a un par de amigos que ya no están, pasa por mi mente que, probablemente, baje de mi cuarto el sábado próximo a cenar y me quede enganchado con Lila Morillo. Tengo más de dos décadas de vida y eso me consuela porque perduran en mí una memoria prodiga. Pertenezco a esta generación y no a la de los 80´s. Esta es, sin lugar a dudas, la generación del recuerdo.

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