La eterna negación.

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Hace un tiempo, en un escrito muy mal redactado por mi persona, y que borré por pena, reflexionaba acerca de cómo la gente se hacía la mentira de tener una ideología y se veía identificada con “el proceso” solo porque les daban dinero y comida. No es fácil, y se lo decía a toda persona con la que debatía acerca de la situación de Venezuela, ya que mentira no es que en la cuarta se descuidó en demasía al sector más pobre de nuestro país. No es fácil decirle a alguien que no se vista de rojo cuando no tuvo nada y de repente le dan algo. En ese sentido, migajas son mejor que nada. Pero ha pasado mucho tiempo de eso y las cosas han cambiado; así como mi perspectiva de la situación global que nos aqueja.

Si bien Chávez se apoyó en ese descuido social de años, de forma táctica y disciplinada el difunto se aprovechó de la cualidad más agresiva del venezolano: ser venezolano. Ser venezolano implica explícitamente, entre otras cosas, creer que vivimos en el mejor país del mundo, pero, al mismo tiempo, evitar las comparaciones negativas con otros países, y, mucho menos que menos, estar abierto a críticas de cualquier índole. Está en nuestra sangre, bajo capas y capas de piel de disfraz de gente chévere y abierta. Ese venezolanismo es lo que hoy en día, más que nunca, se traduce en negación y nos perjudica en sobremanera. El virus de la negación se crece fuerte con el pasar de los días y con la agudización de la crisis. Ya sea por tener que enajenarse de la situación para poder medio vivir con algo de paz mental, o para evitar asumir las culpas de los males que destruyen nuestro país, la negación reside en todos, desde el ciudadano común hasta el mismísimo presidente.

La negación es la cualidad implícita que Chávez explotó desde el principio en forma del “no vale, no creo” y que se diseminó con el tiempo, permitiéndole, entre otras cosas, absurdos como llamar “golpistas” a terceros siendo golpista él mismo, o calificar de “victoria de mierda” su derrota en 2007. Más absurdo aún, el finado siempre halló en terceros como Estados Unidos la culpa de muchos de sus errores, de su – ¿a veces? – mala imagen pública internacional, y hasta de su enfermedad; mientras una parte de Venezuela aplaudía en negación, y la otra se abstraía para poder vivir.

El legado negatorio de Chávez es lo que hoy no nos deja vernos a nosotros mismos como los culpables. En ese virus, la mayoría se niega a aceptar que los bachaqueros son venezolanos, y que esta actividad en realidad se realiza en complicidad con la Guardia Nacional Bolivariana. Es el virus que no les deja ver que son venezolanos los que desangran su propio país por su propia naturaleza egoísta, para beneficio propio y de nadie más. Es el mismo virus que no les permite entender que el problema no es que Empresas Polar no produzca lo suficiente, sino que el gobierno es “dueño” de otras 8 o 10 marcas de los productos que escasean hoy en día y dichas marcas no producen nada. La negación es ese cáncer que no les deja ver que no es correcto aceptar – en cadena nacional – que un empresario, o un puñado de ellos, tiene el control del país con su “guerra económica” y que el gobierno, desde su clara posición de poder, no puede hacer más nada que ponerle ese absurdo nombre y anunciar, una y otra vez, planes fallidos para combatirlos. Peor aún, ese cáncer los incita a cosas más locas, como llamar al cierre completo de la frontera, negándose a aceptar que el mal lo tenemos adentro.

Los virulentos también son hippies; esos que dicen “aquí no se habla mal de Venezuela” porque, a pesar de todo, tenemos nuestras hermosas playas y paisajes, cuando no se puede visitar muchos de ellos sin ser víctimas del hampa. Otros se indignan cuando hasta cuando se habla mal de los venezolanos en Miami – esos con quienes muchos ni nos podemos identificar por no tener las mismas posibilidades – porque se las dan de arrechitos, “hacen el show”, y son maleducados, cuando la verdad es que somos conocidos como “los nuevos cubanos”; aquellos que la élite venezolana desdeñaba en los 90 porque se creían los dueños de Miami.

En ese sentido, lo mejor que le pudo pasar a Chávez fue morirse. “La salida fácil” como le dicen algunos, le permitió al finado irse por una puerta grande ficticia, que se va haciendo innegablemente más pequeña con el pasar de los años y el agravamiento de la crisis, pero que se mantiene grande porque la gente se niega a ver la realidad. Al final, todos ellos son adictos a esta revolución mientras puedan vivir y beber en ella, mientras puedan ver el beneficio económico, físico o mental propio sobre el de los demás, mientras se pueda ser venezolano; sin ver el panorama mayor, y sin darse cuenta de que ningún adicto se ha liberado de su adicción sin admitirla primero.

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