Un poco balcánica

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And how is Venezuela? —pregunta Đorđe, el pana serbio. Cada vez que dice el nombre de mi país, inserta una t antes de la zeta. A mí me gusta porque hace que me suene exótica y lejana, un poco balcánica. Pienso que en esta época “Venetzuela” podría quedar por ahí entre Trieste y Zadar, de cara al Veneto que le prestó su nombre.

Cuando le respondo “igual”, lo hago en automático, así que siempre me apresuro a agregar “de hecho, ligeramente peor”.

Siempre es así —dice Đorđe—, pero no te preocupes, un día terminará… pero también comenzarán las privatizaciones… será difícil, vendrán los mismos de siempre a robarse el dinero, saldrán los separatistas y…

Nunca hay una buena salida para la Venetzuela de Đorđe. “Los intereses son muy poderosos”, dice.

Mientras tanto, millonarios rusos “destruyen” el encanto soviético de Makarska, la ciudad costera donde Đorđe pasó sus veranos de infancia a finales de los 60s, y su gente “sufre” porque la ilusión de que eran dueños de su estado se rompió —y porque, vamos, la miseria eslava es un asunto de novelas. El único consuelo para los paisanos de Đorđe es ir a las diáfanas playas del Adriático, combatir el calor en las riberas del Danubio y llevar esa aburrida vida en la que los precios suben previsiblemente, hay comida en los supermercados, los policías protegen, el estado roba sólo lo necesario, y los únicos que te persiguen son tus acreedores.

 

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