Cabimas 1 pm

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Cabimas

Mientras el carro avanza por esa rectilínea carretera a cuya vera se pueden ver mechurrios quemando gas natural, llanuras inmensas completamente desocupadas todo un paisaje cuya monotonía se interrumpe con algún árbol visitado por discreto pájaros que siguen su vuelo sin conseguir nada de interés al final de tanta monotonía empiezan un grupo de casas testigos del paso vibrante de otros carros de distinto calibre que van venciendo la distancia hasta llegar a la vía principal de Cabimas. Avenida atestada de mas carros que pelean un espacio con la gente que se ve obligada a caminar entre ellos pues las aceras están ocupadas un millón de vendedores ambulantes que teniendo todos lo mismo al mismo precio buscan captar la atención de los peatones, llegamos al Centro Cívico, (muy remozado, por cierto) donde mas gente deambula por sus pasillos en medio de tiendas que parecen museos pues nadie parece comprar nada, sin embargo los restaurantes y cafés están atiborrados de personas, a esa hora aturdidos de tanto barullo, busco un refugio, un lugar donde tomarse una cerveza y reflexionar de la vida, ese día andaba buscándome como siempre, saber el lugar donde me había perdido busqué aquel lugar donde había tenido la oportunidad de probar sabor mas excelso degustado por mí hasta entonces, un helado de melocotón comprado por mi padre quién me llevaba de la mano mientras caminaba por esos pasillos entonces nuevos, pulidos y menos pretenciosos buscando el transporte que nos llevaría a casa mientras creía andar con el hombre mas poderoso del mundo quién me dirigía la palabra para preguntarme si me gustaba el helado. Jamás había escuchado esa palabra, ni visto tal fruta me la imaginaba así como nos podemos imaginar a la Virgen María. Me la imaginaba hermosa de textura, de color de tamaño, casi inasible, algo de sabor tan exquisito no podía tener rasgos que la hicieran parecer fea, ni barata. El mencionado Centro Cívico es el lugar desde donde se puede apreciar ese inmenso espejo de agua que obsesiona a todos los que nacen ó viven en esa región de Venezuela: El Lago de Maracaibo, esa orilla del lago estaba bordeada por una para aquel entonces callejuela sin mayor brillo ahora una avenida mas amplia iluminada torpemente por faroles que por su tamaño, escasa luz y exceso de ornamentos coronando a unos postes gigantescos erguidos en medio de una caminería que parece ser el único lugar amable de la ciudad, por tal caminería (por no llamarla acera mas amplia que las vecinas) caminan señores mayores dando paseos vespertinos mirando hacia el lago como buscando encontrar alguna novedad o secreto en el paisaje entre esa bruma permanente que lo cubre, niños en bicicletas prestos a realizar cualquier fechoría menor propia de su edad, parejas que se intercambian muestras públicas de afecto, mas allá se observa la iglesia de un tamaño tan exagerado como la fe que aspiran a contener esas cuatro paredes adornadas con imágenes religiosas, con un altar igual de desproporcionado que domina el horizonte visto desde la entrada por la nave del central de la edificación. Nadie parece percatarse de su existencia mientras el sacerdote hace grandes esfuerzos por difundir la palabra de Dios (¿O de El Vaticano?) clamando a una grey (En su tercera acepción según el diccionario virtual de la RAE) escasa en número indiferente y adormecida por el sopor de la tarde. Entre los improvisados puestos de comercio informal se podían advertir mas por la insistencia de los anuncios en lo alto de sus fachadas que por otra cosa tiendas de electrodomésticos, mueblerías, casas de empeño, casas de empeño y mas casas de empeño, pocos restaurantes, abastos con colas interminables frente a ellos, en eso se había convertido la ciudad. Capítulo aparte merecen las áreas residenciales. La actividad que sirve de base económica al área está relacionada con la declinante (Mas por voluntad de los administradores de la industria que por falta de ¨Mene¨) explotación petrolera. Desde acá se ejecutan las decisiones venidas de la capital por gente que apenas ha visto un taladro en fotos, sin haber pisado un área de perforación, sin formación alguna en la materia, solo dorado de una gran voluntarismo. El pequeño edificio donde permanecen los brazos ejecutores es el mismo solo que ahora mas atestado de gente que unos años atrás, los vehículos ya no caben en el estacionamiento, con paredes pintadas de una especie de beige con líneas horizontales rojos entre piso y piso en armonía con un anuncio gigantesco con letras del mismo color haciendo contraste con el color de las paredes. Mas allá se observa la urbanización que antes servían de asiento a las viviendas blancas y verdes (Como estaba pintado el edificio antes que la industria fuera el epicentro del mayor conflicto social experimentado en este país desde la huelga petrolero de principios del siglo pasado) donde vivían la plana mayor y sigue viviendo aún con una diferencia típica de un gobierno que ha adoptado la discriminación y la venganza como forma de actuar: Las casas del nuevo status quo están pintadas como el edificio donde trabajan y las ocupadas por los pocos que quedan del status anterior pintadas en blanco y verde, con el techo casi que por caerse, sin servicio de agua, sin electricidad, habitadas por seres irreductibles que se mantienen viviendo en precarias condiciones en lucha simbólica a pesar de la presión permanente de la nueva burocracia que en no pocas ocasiones ha intentado desalojarlos por la fuerza. Cabimas tal vez siempre fue así, solo que ahora la veía con ojos de alguien de mi edad. Mas de 30 años sin caminar por tales calles y aún en búsqueda de la cerveza que sería testigo de alguna amena conversación que hiciera transcurrir el tiempo, pregunto a algún lugareño y viendo nuestras gruesas y cuarentonas humanidades nos indica un sitio donde calmar tales apetencias, acto seguido nos enfilamos hacia el mismo, cruzamos la calle no sin cierto riesgo de ser embestidos por aquellas unidades destartaladas, con no menos de 40 años de existencia, muy agresivas con el ambiente y con los peatones dejando lagunitas de aceite reusado en cada parada, vehículos que sirven de obstáculos a sortear entre una acera y otra. Alcanzada la misma nos cercioramos que en su fachada este el anuncio que identifica el establecimiento en cuestión. En principio nos pareció uno de esos comederos públicos frecuentado por trabajadores, empleados, buhoneros para comerse algo y volver inmediatamente a sus labores, cosa parcialmente cierta pues allí podían satisfacer ciertas necesidades mas no las que tienen que ver con la alimentación como combustible para la vuelta al ruedo sino otras tales como las relacionadas con calmar la sed, fumarse un cigarrillo o muchos cigarrillos y orinar mucho pues apenas se abre la puerta sale un aroma rancio, una mezcla de orina de varios días con desinfectante barato que fracasó en su intento de ocultar la evidencia de litros y litros de líquido amarilloso y lleno de úrea sobre los vetustos urinarios. La apertura de la puerta es casi la única luz intensa que se permite, a tropezones alcanzamos la barra, entre el silencio y las vistas cruzadas llegamos al acuerdo de no permanecer mucho mas tiempo del necesario en tal lugar pues sobrepasaba nuestras expectativas en tal momento, había mucha gente mal repartida entre una decena de mesas de pantry con sus respectivas 4 sillas. Al llegar a la barra notamos par de avisos escritos a mano y que contenían información de gran interés para la audiencia: ¨Regional Light a 3 bsf¨ y ¨No se sirven cervezas en la barra¨ . Ambos escritos no sin cierta dificultad a juzgar por el trazo vacilante de cada una de las letras que formaban parte de ellos pero con respeto por la ortografía, volteamos nuestra vista y todas las mesas mas no las sillas estaban ocupadas, ya a punto de reconocer que no era nuestro lugar buscamos la salida pero rápidamente fuimos atendidos por par de jóvenes que prestaban servicios de doble función como agente de seguridad y acomodadores despejaron un area y nos invitaron a sentarnos alrededor de una mesa que estaba colmada de botellas de la única cerveza que se expende en el lugar, la mesa fue vaciada rápidamente por el par de eficientes empleados colocándolas cuidadosamente en la gavera y diciendo en coro que todo estaba bien, que nada había que temer dando sus nombres y poniéndose a nuestras órdenes, luego de retirarse entraron a escenas ni mas ni menos que par de damas. Tal vez las menos agraciadas que había visto en eso del oficio mas antiguo del mundo. Una pasada de peso, con muy poco busto poniendo en evidencia sus carencias en esa materia con esas blusitas sin mangas y apenas con unos tiros que en la mayoría de los casos tratan de sostener a duras penas a los bustos generosos de quienes acostumbrar a usarlos. En este caso tal tarea era asignación era cumplida sin ningún esfuerzo por los maltrechos tiros, maltrechos no por la dureza del trabajo asignado sino por la cantidad de lavadas, puestas con cierto cuidado pero quitados con el apuro del amante eventual ansioso, unos bluejeans que denotaban una figura totalmente desprovista de curvas y una sandalias que ya habían visto pasar sus mejores momentos y dejaban salir 2 dedos de unos pies menos agraciados aún, ni siquiera cuidados, cabello corto, ojos oblícuos, baja estatura, joven, muy joven. La otra dama en cuestión tampoco despertaba bajos instintos, blusa de características similares pero con unas habitantes un tanto mas amplias y mas afectadas por la gravedad dada la mayor edad sus portadoras y el mayor uso y abuso al que han sido sometidas, de color fucsia casi fosforescente, bluejean ceñido del que solo se veían los rastros de una celulitis avanzada, zapatos de tacón cerrados, dentadura con ausencia de incisivos y un cigarrillo en los labios. Ambas tenían prisa, piden que les brinden una cerveza a lo cual accedimos, apuraron el contenido a gran velocidad y luego pidieron otra. Como parte del libreto el agente multipropósito las trajo enseguida luego de lo cual las damas ofrecieron sus servicios como atenuadores de soledades ó de urgencias sexuales, prometiendo la mayor satisfacción en el menor tiempo posible, momentos inolvidables. A nuestra pregunta de algún área donde desarrollar la actividad ambas respondieron al unísono, con voz clara con ganas de levantarse para llevarnos a ese Paraíso: La Pieza. Había una sola. Pregunté si había que hacer cola, ella me responde que el bombillo apagado sobre la puerta daba a entender que estaba vacía lo cual era una oportunidad de oro para pasar a la acción, una vez que se ocupa y alguien se interesa por ser el próximo en utilizarla para el despliegue de sus artes amatorias debía la beneficiada tomar un número para reservar el espacio, luego eran llamadas por una dama de cierta edad quién cobraba al cliente, retenía la comisión para la voluntariosa empleada eventual y costo de su uso el cual no estaba incluido en el servicio. Viendo nuestra timidez y la obvia reticencia a acceder a su oferta, decidieron empezar a buscar caras nuevas con mas disposición, pidieron otras cervezas mientras una conversaba de la golpiza de la que fue objeto por parte de un policía de la ciudad y otra de un perfume que encargó a alguna vendedora de catálogo y que aún no le habían entregado. Me atreví también a curiosear en medio de la penumbra hacia otras mesas en busca de alguna dama mejor dotada. La búsqueda fue infructuosa, aparentemente ese era el perfil exigido por la administración y por la cantidad de público presente el modelo de negocio parecía exitoso. Hicimos par de preguntas banales acerca de su cotidianidad, una de ellas refirió que su marido se hallaba entre la concurrencia a lo que con sorpresa pregunté si no era esto un riesgo para ambos y para la credibilidad del establecimiento a lo que respondió con cierto orgullo que el caballero era su principal promotor. Preguntamos si se observaban riñas con frecuencia a lo que respondió que la seguridad interna se encargaba de sofocarla de manera violenta con la colaboración de las fuerzas del orden público que tenían una brigada de respuesta rápida para esos casos. Luego preguntó porque preguntaba tanto si acaso pensaba invertir en un negocio de ese tipo. Tan pronto iba a proceder a responderle, se abrió la puerta, de la claridad absoluta, del lago vaporoso, del bullicio de calle salió una dama distinta, que sin ser nada extraordinario por fin tenía algo que sobresalía del grupo que poblaba el lugar, todos callaron. Tenía curvas, figura, nalgas firmes, de buena forma, busto no generoso pero sólido, cabello alisado, se fue hacia el denominado rincón de las ánimas, saludó con el mayor cariño a las que supusimos eran sus íntimas y con desdén a las que no lo eran, le alcanzó el ansiado perfume que una de nuestras acompañantes esperaba quién lo agradeció no sin antes lanzarle una mirada de reproche. No sabemos por si la demora en la entrega o por alguna otra razón. Nadie decía nada solo veía como se movilizaba a sus anchas por el lugar sin tropezar con nada a pesar de la oscuridad reinante viniendo de la luz incandescente y sin consecuencia aparente en sus retinas. Luego del desfile, se acercó a nuestra mesa, desde donde la detallamos, tras el examen concluímos que entre tanto cactus era apenas una cayena, una flor modesta que podía resaltar en el desolador paisaje. Su diferencia aparte de las ya descritas estaba en la suavidad de sus maneras. Nos saluda cariñosamente estampando un beso en nuestras mejillas, la cercanía de salir un aroma a perfume barato, sacó de su cartera un spray pequeño, presionó su válvula par de veces dejando caer una llovizna fugaz, tenue. Un aroma idéntico al que impregnaba su piel, quería dejar su marca personal. Sorpresivamente se sienta sobre una de las piernas del pana, se inclina acercándose a uno de sus oídos, le susurra algo. El responde de la misma manera y pasa su mano cerca del pubis, no podría afirmar que tan lejos llegó en su osadía, solo se llegó a ver una sonrisa en manos de la misteriosa recién llegada, mi amigo se levantó, fue al baño, buscó con la mirada al empleado polifuncional firmó en el aire, el receptor del mensaje lo decodificó adecuadamente pues enseguida llevó la cuenta por los consumos realizados hasta la mesa, se la alumbraron con una linterna muy pequeña el solicitante asintió dejo la cantidad suficiente como para evitar esperar por el cambio, le introdujo los dedos índice y anular dentro del bolsillo delantero de la camisa del que en ese momento era mesonero entre los que intercaló un billete de baja denominación doblado cuidadosamente y lo dejó caer luego con la misma mano lo palmeó, me hizo un gesto con la cabeza señalando con ésta el camino hacia la puerta. No opuse resistencia alguna a su orden tácita, en algún momento llegué a implorarle a Dios que no se le ocurriera antojarse de yacer con la dama en cuestión. Apenas al salir me dice con su acento suavizado de zuliano de la Costa Oriental del Lago, con su voz ronca, sin dejar de sonreir: ¨Que de cojones!! La única carajita que valía la pena tenía unos bien puestos¨

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