La paradoja de la revolución

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Empecemos por lo más sencillo: ¿qué es una revolución? Si se debe definirla de forma sencilla habría que emplear la palabra cambio, este usualmente es brusco y consiste en destruir el orden dominante anterior. Es decir, cuando se habla de revolución, se está haciendo referencia a un borrón y cuenta nueva de cierta forma.

Suena interesante, hasta seductor en un principio. La posibilidad de eliminar muchísimos de nuestros errores para dar cabida a una sociedad nueva, o como solía decirse en la Unión Soviética a un hombre nuevo. Comprendo la dificultad de no caer preso de las posibilidades que esto otorga. ¿Quién no sueña con un nuevo comienzo, con olvidar el tan agrio pasado, y así aspirar a un futuro mejor?

Por desgracia, la revolución ya sea en Rusia, China o inclusive en Venezuela sufre de un error natural del concepto mismo; y es que lo peor que le puede ocurrir a ellas es la victoria. Sin querer tornarme muy abstracto lo resumiré de la siguiente manera: contra increíbles enemigos internos y externos la revolución triunfó, por lo tanto, el siguiente paso es estabilizar la nación y construir una “tradición”, un mito nacional (el comandante supremo y eterno por ejemplo), en otras palabras, el espirito revolucionario siempre estuvo allí y se aspira que siempre esté. Sin embargo, ¿no es esto una inmensa contradicción?

La revolución se torna en la regla y por ende en el partido conservador. Aquellos que no quieren cambiar y prefieren que las cosas se queden de una determinada manera, pues la insurgencia es vista como “traición”, por ello, una vez alcanzada la “libertad” se aplasta a todos sus supuestos enemigos. De esta forma, toda revolución está condenada al fracaso. A no ser más que el desplazamiento de unos poderosos por otros con ínfulas igualmente ruines. Así los idealistas de hoy se vuelven los demagogos del mañana.

Es lamentable que un país como Venezuela ignore hechos históricos universalmente conocidos respecto a este tema. El fin de la revolución francesa se marcó con la coronación de Napoleón. La revolución rusa murió con el estatismo de Stalin y aunque la revolución en China sigue su supuesto progreso, de acuerdo a la ONU, en el 2012 dicho país quedo de 125 de 160 posibles en lo referente a igualdad, si esto no es una trágica ironía, no sé qué podría serlo.

Antes de que alguien dude de la validez de los datos de la ONU me gustaría recordar que China es uno de los cinco miembros permanentes del consejo de seguridad, por lo que en teoría posee privilegios. Cosa evidentemente injusta por supuesto.

Los líderes y sus revoluciones a larga han mostrado ser tan o más corruptos y brutales que los regímenes que condenaron y hasta lograron derrocar. Por ello, en Venezuela no se está luchando en contra la revolución con el fascismo (que de hecho es una ideología de estado concentrada en la aniquilación de la disidencia que no apoya el “ideal nacional”); sino que un grupo significativo de personas se ha cansado de las condiciones de vida que el status quo les otorga. Este sistema conserva de revolucionario lo que le queda a Putin de demócrata, o a Obama de Nobel de la paz.

Irónicamente nos encontramos ahora en una encrucijada, donde fácilmente podríamos cometer los mismos errores del pasado. Dejarnos llevar por la pasión y la sensualidad de empezar desde cero, pero en tal caso podríamos cometer los mismos errores que nos han llevado a estar exactamente en este sitio. Porque como dijo Santayana: “aquellos que no estudian la historia están condenados a repetirla”; y Venezuela ya ha estado repitiendo por quince años el experimento socialista, como si los más de cien millones de muertos que nada más causo en Rusia y China no fuesen suficientes para hacernos pensarlo dos veces.

Con esto no defiendo alternativas capitalistas, sino que creo que es un buen momento para pensar y preguntarnos qué queremos hacer primero. ¿Reactivar el aparato productivo, cortar dependencia de potencias extranjeras, acabar con la falta de insumos,  luchar contra la inseguridad y la desigualdad? Y aun más importante ¿cómo lo queremos hacer? No se necesita presionar el botón de reiniciar. Se puede tomar lo que sirve y desechar lo inútil. Recordar de dónde venimos y a hacia dónde queremos ir, pues al final del días las únicas verdaderas revoluciones positivas y que dejan algo en la posteridad, además de muertos y buenas novelas tristes, son pasivas (educación, salud y acceso a la tecnología de forma universal).

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