Mi vida, a través de los perros (LXI)

Ya habían pasado unos 4 o 5 meses desde que comprara a Caruso y me devolviera a casa después del paréntesis sanador proporcionado por Margarita. Poco a poco estaba regresando a la extraña normalidad que constituía el vivir solo. Todo el tiempo libre que tenía lo dedicaba a escribir cartas que nunca llegué a enviar, cartas que alternaban duros reproches con propósitos de enmienda, y a la educación de la gigante bestia en la que se estaba convirtiendo el mastín. Un animal prodigioso, que ingería cantidades enormes de alimento y tenía una fuerza descomunal, aún a su, por entonces, corta edad. Era un cachorro pero su temperamento no se correspondía con esa etapa. Su ánimo era serio, fiero. Eso sí, me obedecía sin poner en duda quién era su amo, eso estuvo claro desde el principio. Pero a los demás seres (humanos o animales) los trataba con un desdén infinito, y cuidado con quien osara atravesarse en su camino: la pasaba muy mal. Tenía que pasearlo a horas inverosímiles para procurar la mayor soledad posible, a manera de evitar inconvenientes.  

Todo marchaba más o menos igual, la misma monótona rutina de abrir la tienda, esperar por los escasos clientes, cerrar en cuanto se pusiera el sol y volver a la triste casa en la que me aguardaba Caruso, cuando un acontecimiento inesperado vino a sacudirme los cimientos. Un día cualquiera llegó una encomienda a la tienda. Venía del exterior, del país en donde estaban viviendo Helga y Aurora. Lleno de aprensión la abrí, pensando que podía traer malas noticias. Pero la realidad fue mucho peor que el peor escenario que me había fabricado desde el momento en que llegó el paquete hasta que leí esta escalofriante palabra:  Divorcio. Como es de imaginar, sentí que el piso se me desmoronaba. Por fin Helga se había decidido a dar el paso. Aunque visto de manera fría era la consecuencia lógica del curso que habían tomado los acontecimientos, fue inesperado y cruel, pues en ningún momento habíamos conversado sobre esa posibilidad en las contadas ocasiones en las que habíamos hablado por teléfono o en las cartas que me enviaba con cierta frecuencia.

Lo más triste del momento fue la frialdad que entrañó: busqué como loco alguna hoja con la caligrafía de Helga dentro del paquete, algo que me explicara lo que que estaba sucediendo, que me dijera que era todo un gran malentendido, pero no la hallé. Solamente toda la burocracia que envuelve un trámite administrativo más. Y no entendía nada de lo que decían esos papeles, solamente me bailaba frente a los ojos esa palabra. Divorcio. Maldita palabra.

Cuando pude recomponerme de la impresión traté de poner en orden mis pensamientos, y trazar un plan de acción. Lo primero que hice fue buscar a un abogado que pudiera asistirme en la causa. Por fortuna entre los clientes que me quedaban había entablado relaciones cordiales con un par, así que me decidí por uno de ellos y fui a visitarlo, con el oficio que me había enviado Helga.

El abogado examinó los papeles con detenimiento y me los tradujo al cristiano. El motivo expuesto para la solicitud de divorcio era muy sencillo: la separación de cuerpos por un período suficientemente prolongado. Y era verdad, ya habían pasado un par de años desde que se fueran.

Debo decir que ella no exigía nada material. Tan solo me solicitaba apoyo para la manutención de la niña. Sin embargo decidí que eso, dentro de todo, no era justo, ya que ella había trabajado muchísimo a mi lado mientras estuvimos juntos. Así que mandé a valuar los bienes que me quedaban y me hice el propósito de hacerle llegar la mitad. Claro que eso no iba a ser fácil, reunir esa cantidad de dinero con la economía tan vacilante por la que estábamos atravesando en ese momento, con altas tasas de inflación y devaluaciones periódicas de hecho sería bastante complicado. Pero me pareció la única cosa decente que podía hacer, después de todo sentía un gran complejo de culpa por lo ocurrido y quería expiarla de alguna manera.

Es extraño,pero nunca pensé en la posibilidad de una reconciliación. Sabía la seguridad con la que afrontaba Helga las cosas, y volver era imposible, lo descarté desde el principio. La única manera de hacerlo hubiera sido una capitulación vergonzosa para mí, materializada en mi partida de la tierra que no quería abandonar, y no estaba dispuesto a ello. A partir de ese momento comenzó una etapa triste, dolorosa y a la vez fastidiosa de idas y venidas a abogados y tribunales. La burocracia más cruel. Es como si te condenaran a muerte y de paso tuvieras que llenar planillas y contratar abogados para el trámite. Y aunque es un símil, de alguna manera sentía que me dirigía hacia una especie de muerte. Este divorcio fue el mayor fracaso de mi vida, hasta ese momento. Ni la venta de la tienda de mi padre, ni la de la casa, me pegaron tanto como esto. Ya se me estaban agotando las ganas de vivir. Tenía dos años sin ver a mi pequeña hija, y me estaba perdiendo esa etapa en donde comienzan a dejar la niñez y empiezan a madurar. Tenía miedo de que se olvidara de mí, cosa bastante probable por otra parte.

Con eso en mente, conversé con el abogado a ver qué podía hacer al respecto. Me dijo que intentara llegar a un arreglo con mi futura exmujer para que le permitiera a Aurora pasar un mes al año conmigo, en época de vacaciones. Yo sabía que eso iba a ser difícil, conociendo la repulsión que había desarrollado Helga hacia el país y el temor  que le producía, pero decidí jugarme esa carta.

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mirco ferri sette

Narrador y cronista urbano por vocación, consultor/desarrollador de herramientas informáticas por profesión

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