Taxi Yoga

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El sábado pasado me pasó algo muy curioso: el taxista que me hizo la carrera a mi casa es también profesor de Yoga. Mientras conversábamos de las cosas cotidianas, yo le comento que doy clases de yoga y él muy sorprendido me pregunta “¿¿Ah sí??”, también me sorprendí porque no esperaba que un taxista se interesara tanto en el yoga. Resulta que Franklin, así se llama el taxista, fue casi uno de los fundadores del yoga en Mérida, desde hace más de veinte años.

Franklin decidió ser taxista “porque la situación está difícil”. Me resultó lamentable que este señor, que es un verdadero veterano en esta disciplina tenga que hacer un trabajo que no tiene nada que ver. Pero por otro lado, me parece maravilloso que una persona, con un trabajo que ha de ser muy conflictivo y estresante, como es el de manejar por muchas horas en la ciudad, y además lidiar con tanto tipo de gente, tener una herramienta tan maravillosa, para poder sobrellevar todos esos conflictos y poder mantenerse ecuánime, que es lo que logra la práctica del yoga.

Mientras buscaba una imagen para el artículo, me consigo que la idea que los taxistas que hagan yoga ya fue pensado en otras ciudades, como en Nueva York, donde hay una academia llamada Taxi Yoga, en donde se le enseña yoga a taxistas de la ciudad.

Yo he sabido que han habido experiencias muy buenas de la práctica de Yoga en distintas cárceles del mundo, como en Barcelona, Río de Janeiro, Ciudad de México y Sudáfrica, por citar sólo algunos ejemplos. También la experiencia del yoga la han tenido policías, como en Italia, Guatemala, México.

Desde que he practicado yoga, y más desde que he estado enseñando, siempre he creído, o he estado convencido, que el yoga es maravilloso para cualquier persona, quizá haya algunas excepciones, como que existan lesiones fuertes, o alguna enfermedad, que más bien sea contraproducente la práctica del yoga, pero en general el yoga es para cualquier persona, independientemente de la edad, del sexo, o del peso corporal. Pienso que no estaría de más que nuestros políticos, nuestros choferes de buses, taxistas, policías y presos también hagan algunas ásanas de cuando en cuando.

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Mido un metro setenta y cinco. Tengo una docena de libros. En mi cuarto hay un altarcito con un Buda. Me gusta el color azul. A veces me despierto alunado. Prefiero los gatos a los perros, porque no existen gatos policías. Soy de acuario, pelo negro. No colecciono nada, guardo la ropa ordenada. Me aburro en las fiestas y soy de pocos amigos. Tengo los ojos color café tostao. Dicen que soy bueno, aunque no sea bautizado, y aún no me llevan las brujas. Nací a las siete y media de la mañana. No creo en ovnis ni en zombies (pero de que vuelan, vuelan). Uso prendas talla "m". Prefiero quedarme en silencio. Duermo del lado derecho y con franela si hace frío. De la vida yo me río, porque no saldré vivo de ella. No uso saco ni corbata, ni me gusta el protocolo. Estoy en buena compañía, pero sé cuidarme solo. No me complico mucho, no me estanco, el que quiera celeste, que mezcle azul y blanco. No tengo adicciones, mas que de leer y estar solo. Antes creía que no tenía miedos, hasta que vi la muerte a milímetros. No me creo ningún macho y soy abstemio, aunque si hay una buena compañía y un vinito se me olvida esto último. Prefiero más a los animales que a la gente. No tengo abolengo y dudo mucho que tendré herencia. Tengo una rodilla que a veces me fastidia. Tengo cosquillas, no las diré hasta que las descubras. No traiciono a mis principios, que son cinco. Me gusta ser muy sincero, por eso no hablo mucho. (Inspirado en una canción del Cuarteto de Nos)

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