Mi vida, a través de los perros (LX)

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Del interior de la casa salió una persona a quien conocía: se trataba de Martín, el otro varón de aquel viaje a la costa cuando conocí a Lucía. No lo había vuelto a ver desde esa ocasión, y supongo que la misma impresión que me causó se la produje a él: ya no era ese muchacho atlético y musculoso, sino un señor en plena madurez, con una barriga incipiente, y unos anteojos colgando del cuello, para leer de cerca.

-¡Cuánto tiempo, Tomás! – exclamó después de haber abrazado a Margarita.

-Sí, más de 20 años, creo.

-Más o menos. Pero pasen, que el sol está fuerte.

Entramos a la casa, y Martín nos ofreció unas cervezas. Margarita me miró pero no dijo nada. Decliné la oferta, alegando cualquier excusa, y pedí un vaso de agua. Después de ponernos al día, y de haber terminado nuestras bebidas, fuimos a las perreras. Martín se había convertido en un criador experto en razas de perros grandes, y tenía unos cachorros de pocos meses, de mastín napolitano. Eran unos animalitos color plomo, que a pesar de su pequeño tamaño se veían macizos y fuertes. Martín nos estuvo contando algo sobre ellos, y así supe que son perros descendientes del mastín tibetano, que se difundió por el mundo teniendo descendencia en varios países, entre ellos Italia, donde se tienen registros con 2.000 años de antigüedad sobre esos perros. Son excelentes guardianes, fieros si lo amerita, pero leales hasta la muerte con sus amos y seres cercanos. Yo estaba dudoso, pero Margarita me insistió mucho sobre las cualidades de esa raza y por fin me convenció. Martín me puso a uno en especial en las manos. Me sorprendió el peso, era como estar cargando un trozo de metal. Se quedó silencioso y quieto allí, y me conquistó de inmediato. Era cierto lo que decía Margarita: como terapia de sanación me iría muy bien tener a un ser a mi cuidado, al que proteger y cuidar en esa primera etapa de su vida. Cerramos el trato, y nos regresamos con el pequeño mastín a casa de Margarita.

-A ver, ¿y que nombre le pondremos?

-Italiano, más bien napolitano, macizo, imponente: este perro se va a llamar Caruso.

-Jaja, ¡me gusta! – dijo muy divertida – Caruso, Caruso…

El perro se volteó a verla, con una expresión de seriedad impropia para un cachorro, pero ese es el talante de esos perros: serenos y fieros. Lo pusimos en contacto con los Beatles, quienes se acercaron curiosos a olisquearlo, pero él los mantuvo a raya con su sola mirada. Su tamaño era más o menos la cuarta parte del de ellos, pero supo comportarse de tal manera que supieron que era un tipo de cuidado, así que le dejaron su espacio y se alejaron de él. La perra tonta, en cambio, lo ignoró por completo. Ya estaba llegando ella también al final de su vida, y sospechábamos que estaba quedándose ciega, pues se tropezaba a cada rato y andaba como extraviada por el patio.

Caruso dio muestras desde ese momento de lo que iba a ser cuando creciera: comió una cantidad increíble de alimento, de manera parsimoniosa pero constante. Ya Martín nos lo había advertido, pero hasta que no lo vimos no pudimos creerlo. Bromeando, dije que me iba a costar una fortuna su manutención, pero Margarita respondió que ese era el precio a pagar, y que los beneficios que iba a obtener recompensarían con creces ese gasto.

A las dos semanas de estar viviendo en casa de Margarita, sentí que ya había llegado el momento de afrontar la realidad y regresar a mi casa.

-Margarita, creo que estoy listo. No quiero seguir dándote trabajo.

-¿Trabajo? No seas tonto, sabes que puedes quedarte todo el tiempo que quieras, eres como mi hermano menor.

-No lo dudo, pero aún así siento que debo regresar a mi casa. Te agradezco infinitamente lo que hiciste por mí todo este tiempo, si no hubiese sido así quien sabe adonde hubiera ido a parar.

-A un manicomio o a la morgue, te estabas suicidando poco a poco.

Era cierto lo que dijo: esa actitud autodestructiva iba a terminar mal si no hubiera intervenido a tiempo.

-Bueno, quiero invitarte a cenar, ¿a donde te gustaría ir?

-Tú sabes que soy carnívora, así que cualquier restaurant de carnes me sirve.

-Bueno, arréglate que vamos a reeditar aquella comilona, por una noche el colesterol no se va a alborotar.

Al par de horas salió del cuarto, y tuve otra oportunidad de apreciarla en ese esplendor que iba encaminándose poco a poco hacia la decadencia, pero todavía llamaba la atención por donde pasara. Era como esa fruta que llega al punto máximo de madurez, a la perfección, pero que a partir de allí comienza a deteriorarse, primero de manera casi imperceptible pero a medida que pasa el tiempo cada vez más rápido. Por supuesto que me limité a piropearla hasta la náusea, un poco porque me despertaba admiración pero también para molestarla. Me dijo que dejara la necedad y que la llevara a comer, que estaba desfalleciendo del hambre.

La llevé a un lugar algo alejado, famoso por sus abundantes parrillas y clima templado. Durante la cena estuvimos conversando del futuro. Ella estaba indecisa entre quedarse en el país o seguir vagabundeando por el mundo. Tenía los recursos para ello y no había nadie esperándola en ningún lugar, por lo que era libre de hacer lo que le viniese en gana, pero ya  esa vida de saltimbanqui la estaba cansando y pensaba establecerse en algún lugar. Yo, por mi parte, estaba claro en una cosa: no me iría del país bajo ninguna circunstancia, y más bien haría todo lo que estuviera a mi alcance para lograr que regresaran Helga y Aurora. No sabía cómo, pero mi esperanza era que la situación se compusiera, que cesara la inestabilidad y las cosas volvieran a la tranquilidad de antes. Así de ingenuo era, a pesar de mis cuarenta y cinco años largos.

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