Mi vida, a través de los perros (LV)

La vida nos cambió de una manera bastante radical por la mudanza a los suburbios. Los tiempos fueron otros: antes teníamos oportunidad de levantarnos a una hora decente, en todo caso con la luz del sol, preparar el desayuno y comerlo con calma antes de alistarnos para nuestras obligaciones; ya eso era una quimera: para poder estar a tiempo en el colegio de la niña, primera etapa en nuestro día a día, debíamos tomar carretera como máximo a las 6:10, lo que implicaba levantarnos de madrugada, y a la carrera ponernos en marcha. La pobre Aurora iba semidormida, abrazada de Byron la mayoría de las veces pues nos lo llevábamos con frecuencia a la tienda para que nos hiciera compañía. Y después de un día agotador, tomar camino de vuelta a la casa, llegar de noche a consumir una frugal cena y a dormir lo más temprano posible.

Los únicos días que teníamos para disfrutar de nuestra nueva casa eran los domingos. Nos despertábamos a la hora que se nos antojara, y después de un buen desayuno hacíamos pequeñas excursiones a pie por los alrededores. Se trataba de una zona de transición entre lo rural y lo urbano, y al lado de áreas urbanizadas convivían extensos sembradíos de frutales y hortalizas. Aurora gozaba seleccionando las fresas que compraríamos después, ya que se había ganado la buena voluntad de una pareja que las cultivaba y la alcahueteaban. Tomaba una cestica, y ataviada con sus jeans, sus botas de goma y un sombrero de paja iba a través de los surcos buscando las fresas más grandes y coloradas, hasta que la cesta rebosara. Y así íbamos de siembra en siembra, buscando las verduras que consumiríamos en la semana, inmersos en esa vida bucólica impensable a 15 km de distancia de la ciudad. Cuando ya considerábamos que teníamos suficientes víveres, nos regresábamos a casa a preparar algún platillo, a veces inventado, a veces sacado de algún recetario, mientras Aurora y los perros correteaban el el jardín. Los domingos eran un oasis de discreto aburrimento y descanso reparador.

Así pasaron un par de años sin nada muy relevante que contar, salvo la reaparición súbita de Lucía. Después de su ingreso a la casa de reposo no habíamos vuelto a saber nada de ella, pues tampoco habíamos mantenido mayor contacto con Margarita, quien era nuestro único vínculo con ella. Un día cualquiera apareció en la tienda, toda vestida de blanco, con un turbante que le ocultaba el cabello. Nos saludó como si nada, sin hacer mención alguna del pasado, y nos contó sobre su nueva vida. Estaba metida de cabeza en una religión, haciendo trabajo social y buscando paz interior. Nos pidió colaboración para alguna obra imprecisa de caridad, y tras muchas bendiciones, luego de que le hiciéramos una modesta contribución, se fue, agitando unas grandes pulseras de bronce que emitían un tañir de campana. Helga y yo nos miramos divertidos, pues ese súbito giro nos tomó por sorpresa. De ser una mujer banal, frívola y egoísta, se había transformado en una benefactora. Veríamos cuanto duraría ese período; ambos sospechamos que sería breve. Lo que resultaba evidente era que no sabía como llenar el enorme vacío que tenía en su vida, y estaba en búsqueda de algo impreciso que la redimiera.

Nuestra vida parecía encarrilada de nuevo; ya le habíamos vuelto a tomar el pulso al negocio, y tras unos intentos vacilantes logramos recobrar parte del lustre del pasado. Poco a poco restituimos el ambiente cultural que habíamos logrado antes, comenzamos a surtir con mercancía nueva los estantes y reanudamos las exposiciones. Parecía que los días aciagos habían quedado atrás, en lo referente a la actividad comercial. Pudimos conservar a nuestros empleados, quienes se habían vuelto todos unos expertos en sus respectivas competencias, y hubiéramos podido dejarle la tienda en sus manos, de haberlo querido o necesitado. Muchas veces los pedidos de mercancía eran consecuencia de sus recomendaciones, ya que se la ingeniaban para estar al tanto de las novedades en materia editorial y musical. En el aspecto personal tampoco no podía quejarme:  Helga no había vuelto a manifestar sus ganas de irse, lo que me producía cierta tranquilidad. La niña estaba frecuentando la escuela básica, y se había domesticado un poco; ya no era aquella salvajita del preescolar, aunque no abandonaba del todo su rebeldía y desafío a las normas establecidas. De vez en cuando se las arreglaba para participar en alguna revuelta estudiantil, casi siempre capitaneándola, pero en el fondo eran tonterías que no dejaban consecuencias.

Mientras tanto el clima político del país no se enfriaba. Ese sacudón había dejado profundas heridas en la población, y se percibía un clima de crispación que mantenía a la gente alerta todo el tiempo, como esperando algún acontecimiento repentino. Que llegó fatalmente: una madrugada sonó el teléfono de la casa, algo totalmente inusual para nosotros. Un vecino nos dijo que había sucedido algo, y que encendiéramos el televisor. Medio dormidos lo hicimos, y vimos una transmisión improvisada en donde el presidente de la nación informaba que había un golpe de estado en desarrollo, que varias ciudades del interior del país estaban tomadas por las fuerzas rebeldes pero que en la capital no lo habían logrado, y el ejército estaba en vías de recuperar el control.

Por suerte en ese rincón apartado en donde estábamos viviendo no tuvimos repercusiones directas de las acciones bélicas que se estaban escenificando en varias partes del país, pero volvimos a temer lo peor con respecto a la tienda: estábamos apenas recuperándonos de la crisis de hacía tres años, y no íbamos a poder soportar otro golpe parecido. Helga echó a llorar, silenciosa. No pude hacer otra cosa que abrazarla mientras la angustia me quemaba por dentro. Otra vez la incertidumbre, que parecía ser nuestro sino.

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mirco ferri sette

Narrador y cronista urbano por vocación, consultor/desarrollador de herramientas informáticas por profesión

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