Collar de dedos

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Texto extraído del Dhammapada. Traducción del pali al español por Bhikkhu Nandisena, Ed. Dhammodaya Ediciones.


La historia del Venerable Angulimala

Mientras residía en el monasterio del bosque de Jeta, el Buddha dijo este verso en referencia a Angulimala.

Angulimala era el hijo de un sacerdote principal de la corte del rey Pasenadi de Kosala. Su nombre original era Ahi Saka. Cuando tenía suficiente edad, fue enviado a Taxila, la renombrada universidad del país.

Ahi Saka era inteligente y era obediente a su maestro. Así que él fue del agrado de su maestro y de la esposa del maestro. Como resultado de esto, otros discípulos tuvieron celos de él. Entonces, fueron con su maestro y falsamente, reportaron a su maestro que Ahi Saka se había involucrado con su esposa. Al principio el maestro no les creyó, pero después de escucharlo varias veces lo creyó, así que juró vengarse del chico. Matar a Ahi Saka mancharía su reputación como maestro, por lo que planeó una forma de deshacerse de él peor que un asesinato. Le pidió a Ahi Saka que matara mil hombres o mujeres y le prometió que a cambio le daría invaluable conocimiento. El chico quería obtener este conocimiento, pero estaba renuente a asesinar. Sin embargo accedió a lo que le fue pedido. De esta manera, se mantuvo matando gente, y para no perder la cuenta, tomó un dedo de cada persona que había matado y lo puso en un collar que llevaba en el cuello. Es por esto que fue conocido como Angulimala y se convirtió en el terror del país. El mismo rey escuchó sobre los abusos de Angulimala e hizo preparativos para capturarlo. Cuando Mantani, la madre de Angulimala, escuchó acerca de la intención del rey, llena de amor por su hijo, se dirigió al bosque en un intento desesperado para salvar a su hijo. Para este entonces, el collar que colgaba del cuello de Angulimala, tenía novecientos noventa y nueve dedos engarzados en él, sólo le restaba uno para llegar a los mil.

Ese día temprano por la mañana, el Buddha vio a Angulimala en su visión y se dio cuenta de que si no intervenía, Angulimala que estaba a la búsqueda de un sólo dedo para completar los mil, vería a su madre y la mataría. En ese caso, Angulimala tendría que sufrir por un tiempo incontable en el infierno. Así que lleno de compasión, el Buddha se dirigió al bosque donde se encontraba Angulimala.

Después de varios días y varias noches sin dormir, Angulimala estaba muy cansado y exhausto, pero al mismo tiempo estaba muy ansioso por matar a la última persona para completar su cuota de mil. Él determinó en su mente que mataría a la primera persona que se encontrara. De repente, el Buddha apareció en su vista y corrió detrás de el cuchillo en mano, pero no podía alcanzar al Buddha además de que estaba muy exhausto, luego viendo al Buddha le gritó, “¡Oh monje, detente, detente!” y el Buddha le contestó, “Yo ya me he detenido pero tú no lo has hecho.” Angulimala no entendió el significado de las palabras del Buddha, así que le preguntó, “Oh monje, ¿por qué dices que tú te has detenido pero yo no me he detenido?” Luego el Buddha le dijo, “Yo digo que me he detenido, porque he renunciado a matar a los seres, he renunciado a maltratar a los seres y porque me he establecido en el amor universal, la paciencia y el conocimiento a través de la reflexión. Pero tú, no has renunciado a matar a los seres o renunciado a maltratar a los seres, y no estás establecido en el amor universal y la paciencia. Por lo tanto eres tú quien no se ha detenido.” Escuchando estas palabras de la boca del Buddha, Angulimala reflexionó, “Estas son las palabras de un hombre sabio, este monje es muy sabio y muy valiente, ¡deber ser el mismo Buddha en persona! ha venido aquí especialmente a verme y hacerme ver la luz.” Pensando así, arrojó sus armas y le pidió al Buddha que lo aceptara en la Orden de monjes. Luego el Buddha lo hizo monje.

Yassa papa kata kamma,
kusalena pidhiyati;
so´ma loka pabhaseti,
abbha mutto va candima.

Ese que cubre con mérito la mala acción realizada, ése ilumina este mundo como la luna liberada de nube.

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Mido un metro setenta y cinco. Tengo una docena de libros. En mi cuarto hay un altarcito con un Buda. Me gusta el color azul. A veces me despierto alunado. Prefiero los gatos a los perros, porque no existen gatos policías. Soy de acuario, pelo negro. No colecciono nada, guardo la ropa ordenada. Me aburro en las fiestas y soy de pocos amigos. Tengo los ojos color café tostao. Dicen que soy bueno, aunque no sea bautizado, y aún no me llevan las brujas. Nací a las siete y media de la mañana. No creo en ovnis ni en zombies (pero de que vuelan, vuelan). Uso prendas talla "m". Prefiero quedarme en silencio. Duermo del lado derecho y con franela si hace frío. De la vida yo me río, porque no saldré vivo de ella. No uso saco ni corbata, ni me gusta el protocolo. Estoy en buena compañía, pero sé cuidarme solo. No me complico mucho, no me estanco, el que quiera celeste, que mezcle azul y blanco. No tengo adicciones, mas que de leer y estar solo. Antes creía que no tenía miedos, hasta que vi la muerte a milímetros. No me creo ningún macho y soy abstemio, aunque si hay una buena compañía y un vinito se me olvida esto último. Prefiero más a los animales que a la gente. No tengo abolengo y dudo mucho que tendré herencia. Tengo una rodilla que a veces me fastidia. Tengo cosquillas, no las diré hasta que las descubras. No traiciono a mis principios, que son cinco. Me gusta ser muy sincero, por eso no hablo mucho. (Inspirado en una canción del Cuarteto de Nos)

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