Mi vida, a través de los perros (XXXI)

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Había servido dos porciones del excelente mousse, y sendas copas de un espumante demi-sec italiano para acompañarlo, de delicado sabor a uva, cuando Helga me sorprendió con una revelación que no esperaba, para nada.

-Tengo que plantearte algo, Tomás… me da algo de pena, porque pareciera que fue a propósito, pero te aseguro que no es así. No es algo fácil de decir, así que lo voy a hacer sin adornos innecesarios. Ayer me llegó una carta del novio que tenía en Alemania. Habíamos terminado antes de que me viniera para este país, pues él consideraba que mi decisión era una locura, pero parece que reconsideró las cosas y quiere verme de nuevo. Por supuesto, no tiene en donde alojarse, y me pregunto si tu aceptarías que se quedara unos días conmigo, en la casita.

Me había puesto en una situación sin salida. No podía decirle que no, pues ya le había alquilado, aunque de manera poco ortodoxa, la casa, y desde ese momento ella podía disponer de la vivienda de la manera que quisiera; pero por otra parte la idea de haberle proporcionado albergue a un potencial adversario me sacaba de quicio. Haciendo mi mejor esfuerzo histriónico dije todo lo contrario a lo que sentía:

-Pero claro, cualquier amigo tuyo es bienvenido, y a partir del momento en que acordamos, tienes total control sobre la casa. Por mi parte no hay ningún inconveniente.

-¿Me lo dices de verdad? ¡Eres un tesoro! – me dijo, al mismo tiempo que me estampaba un sonoro beso en la mejilla, que me pareció un premio de consolación.

Seguimos comiendo en silencio el postre, mientras me hacía mil preguntas en la mente. ¿Porqué no había mencionado nunca a ese novio? ¿Tenía todavía sentimientos hacia él? ¿Cuánto de cálculo hubo en su aceptación? Pero no me atreví a formular de viva voz ninguno de esos interrogantes; había perdido esa batalla y no me quedaba otra salida que planificar mis próximos movimientos en caliente, de acuerdo a cómo se presentaran las situaciones.

Ella rompió el silencio incómodo que se estaba formando, alabando al postre.

-Creo que este es el mejor mousse que haya probado en mi vida. Es ligero como el aire, pero su sabor es muy intenso. ¿Donde lo compraste?

Eso me permitió salir por un momento del atolladero mental en el que estaba inmerso, y me explayé en la historia del maestro pastelero, que me conocía bastante bien pues habíamos entablado cierta amistad, dada la circunstancia de haber él acudido a mi tienda en procura de alguno de los implementos necesarios para su establecimiento. Sin embargo era evidente que algo se había roto; tal vez mi incomodidad era demasiado fuerte como para poder disfrazarla, y la velada terminó de manera algo abrupta, muy diferente a la que me había preconfigurado.

Parecía que estaba sumando otro hito a mi ya larga cadena de fracasos en el ámbito sentimental, abortado éste en su más tierno estadio, cuando ni siquiera se había convertido en una relación. Pero por esa misma circunstancia el desencanto no fue tan pronunciado: más allá de la ilusión obvia que había experimentado no
había existido tiempo suficiente para labrar una pasión desmesurada, por lo que pude encarar de manera más o menos normal los tiempos por venir.

Por su parte Helga se había esmerado en el cumplimiento del trato que estableciéramos, entregándome un estupendo cuadro, de gran formato, que ilustraba un rincón de la Selva Negra. Un paisaje muy a su estilo, de poder evocador, que coloqué en un lugar privilegiado del salón principal. Tomé la costumbre de sentarme algunas noches en un sillón enfrentado a la gran pintura, con una copa de brandy, y perderme en el intrincado lugar figurado en ella, con Byron como habitual y silenciosa compañía. El perro parecía comprender que algo me sucedía, y a pesar de su juventud tomaba una actitud seria y adusta, cual si fuera un ilustre y sabio anciano. No le hubiera desentonado un monóculo y un sombrero de copa.

Esos ratos me servían de fugaz esparcimiento, pues estaba trabajando muy duro en la tienda, y en un nuevo proyecto de expansión hacia una cadena de sucursales en el interior, para lo cual estaba en conversaciones con un grupo financiero. El país estaba experimentando una bonanza económica, dados los precios importantes que habían alcanzado los hidrocarburos en esos tiempos, y me parecía muy tentador subirme a esa ola. La plata circulaba a mares, y pensé que era el momento de crecer; era evidente que el espíritu comercial de mi padre se había arraigado en mí. Eran reuniones muy intensas, de muchas negociaciones, puesto que el proyecto era muy ambicioso y necesitaba un enorme desembolso de capital, por lo que mi preocupación estribaba en no perder el control sobre la operación. Total que no tenía mucho tiempo para aburrirme, en esa época.

Unas dos o tres semanas después de la cena de bienvenida que le había ofrecido a Helga, ella me anunció la inminente llegada de su novio, que portaba el pretencioso nombre de Kurt. Me lo imaginé como un coloso, un vikingo de dos metros de alto, con un tórax prominente y un vozarrón digno de Thor. Tuve un primer triunfo imaginario al constatar, cuando lo vine a conocer, que no era más alto que yo, de complexión delgada y para nada amenazante. Hasta me cayó bien, el condenado. Era muy simpático, a pesar de su total desconocimiento del idioma: con gestos y mímica me hizo saber lo agradable que le parecía mi casa, y la hemosa vista de la que gozaba. No me quedó más remedio que ser un buen anfitrión, y la noche de su llegada invité a la pareja a tomarnos unos tragos en la terraza. Era un digno contendor en el terreno de la ingesta etílica, y nos vaciamos entre los tres un par de botellas de whisky. Ya algo borracho, vi con nostalgia como Helga y Kurt, desinhibidos por el alcohol, se daban fogosos besos, y después de la despedida se alejaban abrazados hacia la casita que, ingenuo de mí, les había facilitado para su intimidad. Pensé con cierta amargura que nadie sabe para quien trabaja, y me fui a dormir un sueño agitado, dominado por los monstruos forjados por el licor y cierta depresión que me había provocado la velada.

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