panfletonegro

DE MALALA A ÁNGELO, O POR QUÉ VENEZUELA ES PEOR QUE PAKISTÁN

«Nuestras cicatrices tienen el poder de recordarnos que el pasado fue real»
Hannibal Lecter

 

Homofobia: sí, estamos hablando de traumas

Para entender las complejidades del trauma convendría recalcar que éste ocurre en 3 dimensiones distintas, las cuales se encuentran entrelazadas. La más obvia de esas dimensiones es la de lo Real. Un trauma, en su sentido más elemental, supone el impacto de algo no verbalizable en el cuerpo; el desgarro del músculo o el quiebre de un hueso; la bala cruzando el cráneo… o como en el caso de Ángelo, la piel quemándose por el efecto de la gasolina en combustión. Es el dolor sordo y el grito mudo; el estertor del organismo como ser vivo. Cada vez que pensaba en esto (antes de enterarme de lo ocurrido a Ángelo) solía recordar a un gato que fue atropellado por un carro. Resultó mortalmente herido, pero quedó vivo. Se retorcía. Rebotaba como una pelota, literalmente, en saltos de aproximadamente dos metros. Esos chillidos espeluznantes eran el claro ejemplo de esa presencia de lo Real a la cual aludo. La imagen que tengo ahora es incluso más nítida: ¿alguna vez has olido carne humana quemada?

Los seres humanos, debido a nuestra arquitectura cerebral, y por el hecho de venir al mundo de manera prematura, nos encontramos entrelazados a otras dos dimensiones. Siguiendo una progresión lógica, como segunda dimensión aparecería lo imaginario. Nuestra mente funciona con imágenes que dan coherencia al caos estimular que procede del entorno y, de allí, surgen las fantasías que dan sentido al mundo y a nuestra existencia. “Ese conductor que atropelló al gato es un miserable. Qué rabia me genera. Lucharé contra esos asesinos defendiendo los derechos de los animales” (Noten como nada de esto procede directamente de lo real, sino de imágenes que parecen surgir desde otro lugar). Es precisamente este registro, estoy seguro, el que hizo que los criminales que rociaron gasolina y prendieron fuego a Ángelo no sólo actuaran, sino que puestos a hablar, empezarían a justificarse, aludiendo a cualquier cantidad de fantasías acerca de lo que, para ellos, significa ser gay (“es una enfermedad”, “nos puede contagiar”, “podría abusar de los niños”…). Bienvenidos al mundo humano, donde lo que no sabemos lo inventamos.

Dejemos a un lado a esos miserables; a los que le prendieron fuego al muchacho o a la respetable vicerrectora académica de cierta universidad que, si hubiese podido, también me hubiese prendido fuego (¡ah, qué se creen! Si escribo es porque se bien de lo que hablo. Como todos los gays en Venezuela, tengo mi colección de “gestos de exterminio”). Lo que quiero destacar acá es que hay una dimensión imaginaria en el trauma, y de ella proceden los síntomas en el caso del estrés postraumático; es el retorno de lo real, ahora bajo la forma de imágenes (v.g. pesadillas, flashbacks…). Acá empieza el ámbito de la representación y, con ella, la razón por la cual podemos estar doblemente traumatizados. Nos puede desbordar no sólo lo que nos sucedió, sino la manera en la que ésta situación es representada. En el caso que tomo como ejemplo, más traumático que las quemaduras, es saber que muchos justificarán ese hecho; duelen las heridas en el cuerpo, pero duele más lo que ellas representan: duele ser etiquetado y estigmatizado sólo por no plegarse al imperativo reproductivo del género.

Para bien o para mal, los humanos además hablamos y esto abre la posibilidad de que reflexionemos sobre lo sucedido, de que elaboremos; que pasemos por la grilla de lo simbólico el evento traumático (lo Real) y sus derivados (lo imaginario). Lo simbólico abre la posibilidad de cambiar nuestra posición respecto a lo acontecido; de abrir brechas de vida en el desierto de lo mortífero. Pregúntenle a Jorge Semprún, el autor de La Escritura o la Vida, donde narra su experiencia como sobreviviente de un campo de concentración nazi, reflexionando sobre la interacción entre lo Real del mal absoluto y la cura a través de lo simbólico.

Así que, porque hablamos, porque al menos podemos dejar testimonios, es que escribo este post.

El doble discurso del venezolano: ese país hermoso, lleno de gente horrible

No existe tal cosa como una “Naturaleza Humana”. Cada uno de nosotros alberga la potencialidad de lo más sublime o lo más abyecto y lo que se expresa es, en definitiva, el resultado de los vericuetos de nuestra historia, sea esta individual o colectiva. Digamos de plano que esta crisis, este resultado reciente de nuestra historia ha sacado lo peor de nosotros; nos hemos transformado en un grupo donde, obvio que hay excepciones, lo que predomina es simplemente, asqueroso.

Empecemos tomando como síntoma el hecho de que los venezolanos siempre se definen a partir de las bellezas naturales del territorio que habitan. Cuando pensamos en Venezuela, lo primero que saltan son las de playas, bellezas naturales como Canaima o el Salto Ángel; a lo más que llegamos luego de esto es a la cerveza o a las bellezas artificiales del Miss Venezuela… ¿No es esto una fantasía en donde hay algo que no marcha?

Esto resulta obvio, especialmente si tomamos en cuenta que nunca se habla de la presencia de los venezolanos, al menos no de los de carne y hueso. A fin de cuentas, cómo son los venezolanos resulta de una apreciación que depende de quién sea el interlocutor. Si es extranjero, especialmente del norte, por supuesto que se llevará una buena impresión, después de todo somos expertos en las fachadas, en «luz pa’fuera y oscuridad por dentro» (ah, ya me imagino la de insultos que me voy a ganar por tocar precisamente el núcleo de nuestra condescendencia, por decir lo que nos prohibimos decirnos).

Para que vean a lo que me refiero, contrasten la experiencia de este gringo quien dice que “a pesar de su fama de pandilleros asesinos, los venezolanos son bastante amistosos. (De hecho, los venezolanos tienen de hablarle a uno muy de cerca – son close-talkers. Es una norma cultural invadir el espacio personal en una conversación)”.

Claro, este gringo no sabe que él es deseado y que muy en el fondo los venezolanos lo consideran superior. De hecho, la norma es que a los venezolanos, a pesar de la paja revolucionaria que procede del gobierno, se nos caen las medias, las pantaletas y los interiores cuando estamos frente a un extranjero que nos visita. Lo queremos sacar a pasear, lo queremos hacer nuestro mejor amigo y, por supuesto, mostrarle nuestras bellezas naturales.

¿Pero nos tratamos entre nosotros como tratamos a esos extranjeros, especialmente si vienen del norte? No, simplemente, no. Pueden preguntarle a Joel Chirinos, quien sí conoce muy bien la verdadera cara del venezolano. ¡Pregúntenle a él si los venezolanos son close-talkers!

También pueden verlo por ustedes mismos en este video, el cual considero una joya a la hora de ilustrar el grado de violencia que los venezolanos, hasta los más ilustres académicos de la capital (o especialmente ellos debería decir), somos capaces de albergar.

Es difícil decir quién es más miserable en el video, si los desalmados a los que se encuentra o el mismísimo Profesor Briceño quien parece sentirse en el derecho de aniquilar al prójimo. Lo más triste, es que se supone que eso es un sketch humorístico (con lo que seguimos dándo vueltas en torno a la condescendencia y la idea absurda de que unos son mejores que otros y que por eso, unos sí tienen derecho a herir y lastimar a los demás). Podríamos continuar la lista, lo cual sería llover sobre mojado en el hecho de que todos los venezolanos están irritados y, a falta de tino para ubicar la verdadera causa, en guerra consigo mismos. Dejo como último ejemplo, sin embargo, la patética demostración de ignorancia intolerante de los hinchas del Deportivo Táchira, quienes impidieron que el equipo jugara portando camisetas rosadas en solidaridad por la lucha contra el cáncer de mamas. En un nivel obvio, estamos frente a la falta de empatía hacia causas nobles; inmediatamente, vemos también el machismo rampante por las connotaciones del color rosado como «femenino» (léase «afeminado» si lo lleva un hombre) en la cultura venezolana.

En resumen, empeñarse en destacar lo bello de Venezuela deja en evidencia que no somos capaces de vernos a nosotros mismos tal y como somos en este momento; que obturamos eso que proviene de lo Real.

¿Pero entonces, si nos deslastramos de esas fantasías acerca de lo maravillosos que somos, qué proviene de lo Real? Ya lo hemos indicado. Agarren un periódico. ¿Cuántos muertos es que hay por semana? ¿Quién los mata? ¿Cómo? ¿Por qué? Acá la fantasía de la solidaridad del venezolano se hace añicos, mostrándonos la agresión violenta que bulle en cada uno de nosotros.

Claro, seguro que tú, lector, dirás que no has matado a nadie pero ¿cuántas mentadas de madre echas cuando vas en tu carro? ¿Cómo te refieres a los que no son de tu “clase social” o nivel socioeconómico, a los que tienen otro color de piel, a los que no son heterosexuales, a los que son distintos? Mira a tu alrededor: ¿cómo es la dinámica en la entrada de las discotecas de moda (resulta espeluznante la justificación/legitimación de esta práctica de discriminación porque «se trata de una forma de mantener el  estándar  del local y que forma parte de la cotidianidad del estilo de vida nocturno de la ciudad«? ¿Cómo es la dinámica de ejecicio de poder en los bancos con los vigilantes y las planillas? ¿Cómo es la dinámica en los trabajos con el maquillaje y el código de vestimenta? Vivimos en una cultura opresiva, donde cada uno de nosotros hace las veces de policía y verdugo cada vez que puede.

«¿por qué este delincuente asesinó? Quería robar» (dirán algunos). Mas yo os digo: su alma quería sangre, no robo: ¡él estaba sediento de la felicidad del cuchillo!

Así que al grano: ¿soportarías la imagen que resulta de ti mismo cuando te atreves a ir más allá de los mitos con los que te (des)representas? Porque resulta que, cuando le metemos un poquito de reflexión, empieza a aparecer una imagen sombría, velada por el sol tropical.

Y tú, rojo juez, si alguna vez dijeses en voz alta todo lo que has hecho con el pensamiento: todo el mundo gritaría: «¡Fuera esa inmundicia y ese gusano venenoso!»

No hay que hurgar mucho para ver una dinámica patética y fascinante de la cultura venezolana, llena de jerarquías y mecanismos de control social (empezando por el chiste y la burla, pasando por las amenazas y las agresiones de todo tipo, hasta llegar al franco asesinato como forma extrema de borrar la diferencia, a ese Otro que se manifiesta a través de lo distinto). Ahí tenemos la tortura a las mujeres trans y ahora el crimen de odio contra Ángelo.

De los venezolanos líbreme dios, que de los pakistaníes me libro yo

Es acá cuando podemos establecer la comparación con los radicales islámicos de Pakistán. Con todo y lo horrible de sus actos, hay algo que no se les puede negar: son honestos. Me explico. Amenazaron con matar a Malala y lo intentaron. De hecho hicieron lo mejor que pudieron para acabar con su vida. Además se atribuyeron la responsabilidad del crimen y tienen una línea muy clara de exterminio de la otredad. Son delincuentes a la altura de sus actos.

El Talibán pakistaní, directo y al grano: lo que no le gusta lo condena y lo manda a eliminar.

En Venezuela la línea de exterminio también está muy clara, pero jugamos a que somos pacíficos y tolerantes. “Yo no soy racista pero…”, “Yo no soy homofóbico pero…”. No te despido, pero te hago la vida imposible para que renuncies.

María Denisse Fanianos de Capriles usa su profesión para difundir las ideas más retrógradas y absurdas sobre sexualidad y «valores». Lo hace fundamentalmente a través de su sitio Venezuela entre Líneas y el periódico El Universal. Busca la exclusión y el exterminio de lo diferente, pero sin que se le llame de ese modo.

Nietzsche, en Así Habló Zarathustra, plantea una idea para referirse a eso que hace la mayoría de los venezolanos, a saber, la del «pálido delincuente» (por cierto, de él son las citas a lo largo de este apartado). Cuando indico que el talibán es honesto, lo que señalo es que hay congruencia entre su decir –la imagen que sostiene – y su hacer. Podemos estar de acuerdo o no con el contenido (y es acá donde aparece lo político); en todo caso, estamos frente a un interlocutor legible y, ciertamente, peligroso.

Pero podría argumentarse que los venezolanos son incluso más peligrosos, pues su decir está completamente desconectado de su hacer (A ver, ¿quién dijo Chávez?). A la par de las imágenes idílicas y solidarias, lo que corre parejo es odio, plomo, sangre y corrupción voraz, en todos los niveles. Y es cierto que los venezolanos conforman un grupo complejo, compuesto por personas complejas, con luces y sombras; el asunto es que mientras más saturada de fantasía esté nuestra vida, más corrosivos se vuelven nuestros actos. Ese es el gran problema de la cultura venezolana; una cultura opresiva, saturada de fantasía, de la que resulta un odio mortal hacia la diferencia, a la vez que un velo que prohíbe hablar de lo miserables que nos hemos tornado. Bien lo decía mi abuela, “del agua mansa líbreme dios, que de la brava me libro yo”.

Pero una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen de la acción. La rueda del motivo no gira entre ellas. Una imagen puso pálido a ese pálido hombre. Cuando realizó su acción él estaba a la altura de ella: mas no soportó la imagen de su acción, una vez cometida ésta.

¿Qué quiere decir esto? Que confrontados los agentes de la homofobia con sus actos (sea burla o asesinato), ninguno de ellos se hará responsable. La respetable María Denisse Fanianos de Capriles (o la respetable vicerectora académica de cierta universidad a la que aludí anteriormente), por ejemplo, nunca se referirá a lo que siente en las vísceras al saber que existe la diversidad sexual; dará vueltas; dirá cosas como «familia», «crisis de valores», distrayéndonos de eso que realmente la mueve a ser cruel con el prójimo. Eso es ser un pálido delincuente. Como dije en algún otro lugar es no atreverse a decir «yo maté al niño» sino escabullirse diciendo, «bueno, yo solamente me negué a darle de comer». A propósito de esto, hay un video de youtube que fue retirado por su creador, quizás por la ola de comentarios negativos que generó. Presentaba a Henrique Capriles maquillado y bailando afeminadamente. Lo curioso era la leyenda que colocaba «Este vídeo no es homofóbico, es una jodedera, mas nada». Jodiendito, jodiendito… Ese es el problema en Venezuela. Nos reímos de lo que debe preocuparnos y nos preocupamos apasionadamente por las cosas más futiles y fátuas (miren la «solución» a la violencia, la ley que prohibe juguetes bélicos y, ahora, el intento por criminalizar a los caricaturistas).

Este es, a mi entender, el meollo del asunto: una cultura saturada de fantasía, donde la mayoría se autoengaña, procediendo desde la ideología más ramplona; haciendo cosas salvajes e inhumanas con argumentos que lucen como sí fuesen en defensa de los humanos.

Podemos ahora seguir precisando, porque la trampa de la ideología es siempre quedarse en la teorización, la racionalización y los argumentos, obviando el ruido de fondo, mucho más estridente que las palabras usadas para enmascararlo. Así pues, te dices solidario, te crees buena persona, te dices cristiano o católico. Vale. Mírate y mira a tu alrededor. ¿Cómo se ven las cosas a la luz de los párrafos anteriores? ¿No somos (o hemos sido) cómplices en la continua traumatización de nuestros congéneres? Peor aún, ¿no sostenemos, con esta disociación, la peor de las formas del trauma, la herida siempre abierta, irritada permanentemente, de la que no se puede hablar?

Podrás seguir diciendo que lo haces porque la sociedad se desintegraría; que si la crisis de valores y toda esa paja hueca con la que intentas ocultar lo cruel que puedes llegar a ser. La realidad está ahi y muerde. Es odio. Estamos llenos de odio y esta cultura apuesta, muy cristianamente, por reprimirlo, en vez de darle cursos más positivos. Una vez escuché un comentario muy apropiado para pensar en soluciones a este entuerto: el opuesto de la guerra no es la paz, sino la creatividad. En la misma línea, Theodor Adorno tiene un pensamiento que viene como ampliación: cada obra de arte es un crimen que no se cometió.

El arte es la forma social por excelencia de sublimar las pulsiones, especialmente la agresión. De manera que la barbarie del venezolano puede leerse como la pérdida de la capacidad de sublimar, de tramitar a través de lo simbólico. Desnudos de lo que nos hace humanos, nos atrapa lo real y en consecuencia, nos reducimos al acting-out, a poner en escena fantasías mortíferas de destrucción. En cierto sentido Venezuela tiene la pesadilla que se merece, lo cual es injusto si pensamos en quienes son los que mueren.

La piel quemada huele, las cicatrices quedan y los que sobrevivimos dejamos testimonios. Los que escribimos quizás no seremos capaces de cambiar las cosas, de detener el abuso, pero al menos, con nuestros relatos, pondremos un espejo para que veas lo horrible que eres. Después de todo, eso es lo que has estado evitando todo este tiempo; es eso a lo que, en última instancia, más le temes.

***

Acá un video donde puedes conocer más de la homofobia en Venezuela

Además puedes leer más sobre mi recorrido haciendo clíck en la imagen de abajo:

Salir de la versión móvil