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Épica

Cuatro días antes de las elecciones presidenciales de 2006, escribí un artículo que puse a circular entre amigos. El título era “Sobre el 3 de diciembre y después”, y comenzaba  con esta frase:

Lo primero- y ya para salir de eso-: creo que Chávez gana las elecciones limpiamente.

No era difícil prever lo que pasaría. En aquella época, la oposición político- partidista apenas había logrado juntar algunas voluntades alrededor de la candidatura del ex gobernador Manuel Rosales,  pocos meses antes de la elección presidencial y luego de un par de años de varapalos especialmente dolorosos: habían perdido el referéndum revocatorio de 2004, que buscaba sacar a Chávez de la presidencia, y después se abstuvieron de participar en las elecciones de diputados de 2005, otorgándole así mayoría absoluta al chavismo en la Asamblea Nacional.

Chávez pasaba por buen momento, su gobierno recogía los frutos de las Misiones y el precio del petróleo ya permitía un incremento del gasto público. Su victoria fue inobjetable, con casi 26% de diferencia sobre Rosales.

El camino de Hugo Rafael estaba despejado cuando la oposición política fue derrotada por enésima vez, la oposición ciudadana se desmovilizó, tenía los poderes públicos a su favor, los precios del petróleo seguían subiendo y su poder personal estaba recién legitimado, con un mandato que él entendió como la oportunidad de darle un empuje definitivo a la llamada “Revolución Bolivariana”: a pesar de los avances, la deuda social era todavía importante y los retos para obtener una mejor versión del mestizo petroestado estaban intactos.

Así, en enero de 2007, Chávez anunció la nacionalización de la Electricidad de Caracas, que no era otra cosa que sacar el dinero del inmenso barril sin fondo en el que se habían convertido las arcas nacionales, pagarle su empresa a los estadounidenses y presentarlo como si hubiese sido una batalla épica donde el pueblo venezolano salía vencedor, con él a la cabeza.

A la Electricidad le siguieron, con casi idéntico método, la Faja petrolífera del Orinoco, la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela, cementeras, siderúrgicas, algunos bancos, minas, empresas alimenticias, puertos comerciales en manos de gobiernos opositores, cadenas de supermercados y hasta hoteles. No quiero ni siquiera pensar en el monto de las comisiones que se habrán transado durante las negociaciones.

La épica continuó con la decisión de no renovar la concesión de Radio Caracas Televisión.

Luego vino la pretensión de cambiar la Constitución que él mismo había alabado para los siguientes cien años, cuando la tinta todavía estaba mojada. ¿Recuerdan que después llamó “la bicha” a esa misma Constitución que menos de ocho años ya le quedaba pequeña?

No sé cuál de todas estas acciones rápidas, inconsultas y simbólicamente asociadas al arrebato, a la violencia, al ¡dáme! y no el por favor, terminó por despertar algo en la sociedad venezolana.

Recuerdo también haber escrito otro artículo titulado “Una oportunidad” donde alertaba sobre la rendija que se abría para la oposición política y también la ciudadana: la Reforma Constitucional sería votada como bloque. Aunque la posibilidad de victoria era pequeña, finalmente la Reforma fue rechazada, convirtiéndose en la primera gran derrota al personalismo del presidente, que durante todo su mandato ha insistido en convertir las elecciones en decisiones sinoestásconmigoestáscontramí.

Fue la “victoria de mierda” el verdadero cambio en la percepción del Chávez invencible que habían construido tanto seguidores como opositores hasta entonces. A partir de ahí, el crecimiento electoral de la oposición fue constante, con un tope en la elecciones a la Asamblea Nacional, en 2010.

Hoy, día de elecciones presidenciales en Venezuela, recuerdo el año 1998 cuando frente a un pequeño grupo de amigos que viajábamos para la playa, admití que votaría por Chávez porque era, entre todos los candidatos, el que mejor había hecho la tarea: traía bajo el brazo un proyecto de poder basado en la refundación política y rompimiento con el pasado. Al final no lo hice, ni esa ni ninguna otra vez. Si lo hice por Salas Römer a los 18 años, por Arias Cárdenas a los 20 y por Rosales a los 26. Todas las veces sin ningún convencimiento, aturdido y, en el mejor de los casos, con un pañuelo en la nariz.

Pero no sólo eso. También solté una risita socarrona cuando el ex- alcalde Alfredo Peña se dedicó a insultar al presidente. Llegué a pensar que Carmona y Ortega podían ser mucho mejores que Chávez en eso de mezclar las palabras política y democracia.

Sentí alegría mezclada con revancha el día que Lucas Ríncón dijo que Chávez había renunciado, aún sin saber si en realidad lo había hecho y bajo cuáles presiones.

Mucho tiempo tuve a Venevisión, RCTV, Televen, Globovisión y Venezolana de Televisión como fuentes de información 100% confiable.

Defendí la abstención, apoyé el paro y canté fraude. Todos errores producto del desespero por salir de este confrontador permanente que es Chávez. Perdí el norte de que lo verdaderamente importante no es que Chávez se vaya, sino que lo haga cuando la mayoría del país prefiera otra alternativa.

En esas «apareció» Henrique Capriles, que luego de años de trabajo como diputado, alcalde y gobernador fue elegido en votación primaria como el candidato que representa a la coalición de partidos de oposición.

Le dijeron marico, fascista, majunche –con su variante de majunche jalabolas– escuálido, gran cobero y hasta neonazi, todos con el mismo fin discursivo y simbólico que tanto ha promovido Chávez desde su trinchera mediática.

Pero Capriles no sólo se apartó del terreno de la descalificación y el insulto, sino que invitó a la reconciliación como lema moral de su campaña.

Por eso, será la primera vez en 14 años que no iré a votar con pañuelo en una elección presidencial, verificando que el mensaje de la mayoría de la población opositora no solo abandonó el “Chávez vete ya” (básicamente porque el tipo se ha dado todo el postín posible para irse) sino porque optó por construir lo que el sentido común siempre demandaba: una alternativa que pasa necesariamente por el reencuentro nacional y que habla desde las necesidades de la gente.

Henrique Capriles no es el mejor orador. No puede competir con el carisma de Chávez, pero eso no importa: mientras el presidente promete salvar el mundo, Capriles se conforma con trabajar para resolver los graves problemas que tiene Venezuela.

Y aunque no quiero dármelas de prestidigitador, tomo nota de las señales que -al igual que en 2006 y 2007- me permitieron ver el horizonte:

Creo que Capriles ganará estas elecciones presidenciales.

Porque marcó la agenda de campaña, recuperó símbolos que antes eran exclusivos del chavismo, evitó el juego de la polarización, invitó a la reconciliación, encontró un lema, propuso las ideas básicas de su gestión y, sobretodo, habló desde los problemas que padece la gente.

La victoria será cerrada, eso sí. Todavía casi la mitad del país sigue apostando por Chávez como su referente político, personal y hasta mágico- religioso.

Incorporar también a la mayor parte de esa población, mejorando la eficiencia de los programas sociales, promoviendo empleo digno, profundizando las buenas prácticas que impulsó el gobierno de Chávez (me viene a la mente, por ejemplo, la Universidad de la Seguridad y la Comisión de Desarme en materia de seguridad) sería la verdadera épica del gobierno que encabece Capriles.

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