El ascensor

2
473

El ambiente corporativo es una perfecta representación del infierno, si se carece de las herramientas de socialización mínimas, y la astucia y la valentía necesarias para sobrevivir en esa suerte de jungla climatizada. Por lo menos ese era el parecer de Julio Rojas, un contador que no brillaba especialmente por las cualidades enumeradas antes. No era un mal contador, al contrario: jamás un balance salió equivocado de sus manos. Pero era difícil de tratar: su interacción con los colegas era la mínima indispensable, al punto de relacionarse con los demás sólo a través del sistema de mensajería implantado en la oficina.

Julio recelaba de todo el mundo, especialmente de la persona que se sentaba justo en frente de él. La antipatía nació el día en él que entró a la empresa; le fueron presentando a todo el mundo, y cuando llegó al puesto de ese señor, ambos hablaron al unísono, lo que lo desconcertó y le impidió decir nada más. El problema radicaba en el hecho de su cercanía: cada vez que alzaba la vista lo veía viéndolo, con sus absurdos bigoticos en punta y sus lentes culo de botella.

Julio la pasaba realmente mal en el trabajo, cuando tenía que salir por cualquier motivo de su protector cubículo y le tocaba enfrentarse con la marea de personas que hacía vida, 8 por 5 por 200, en esas anónimas, frías y agobiantes instalaciones. Cosas tan baladíes como ir al baño le suponían una angustia enorme, y las posponía mientras le fuera humanamente posible. Trataba de ser el primero en llegar y el último en irse, para evitar en lo posible tener que alternar con los demás. Comía los alimentos que traía desde su casa, fríos, sobre su escritorio, con tal de no tener que ir a calentarlos a la cocina.

Un día ocurrió algo extrordinario. Julio decidió acercarse a la toma de agua, para beber un trago, a una hora en la que (pensaba) nadie iba a interceptarlo. Pero sucedió que una muchacha, analista auxiliar, llegó al sitio mientras él tomaba su cónico vasito de agua, y (para su pesar) entabló conversación con él.

-Señor Julio, ¡que raro verlo fuera de su cubículo!

-Bu…enos días, señorita….

-Marijose,señor Julio. Como que es malo para los nombres, ¿no?

-Este… si, los nombres no se me dan bien.

-¿Y por qué no sale más a menudo? La gente casi no sabe que trabaja aquí.

-Tengo mucho trabajo…- asomó como escusa.

-Bueno, entonces lo iré a visitar yo, de vez en cuando.

Esa frase lo agarró desprevenido, y no supo qué decir. Balbuceó alguna incoherencia, trató de esbozar una torpe sonrisa y regresó a su cubículo. A partir de ese momento no logró coordinar sus acciones; no le era posible concentrarse en los cálculos que le exigía su profesión, y para mayor bochorno cada vez que levantaba la vista se tropezaba con la mirada inquisidora y burlona de su odioso compañero de oficina.

Pasaron así unos tres días, y Julio pensó que la oferta de Marijose había sido apenas una frase oficinesca de cortesía. Pero al cuarto día, repentinamente, se oyó la voz cristalina de la muchacha en el apartado cubículo del departamento de contabilidad. Rojas sintió una enorme alegría, que se trastocó en angria ira al ver que la muchacha no se dirigía a él , sino a su odioso compañero de espacio. Fue en ese momento que Julio comenzó a fraguar su venganza hacia su terrible enemigo.

Al salir de la oficina se dirigió a una ferretería, en la que compró una guaya de acero, gruesa y flexible. A partir de ese momento nunca la dejó de cargar encima, esperando el momento de su venganza, el momento en el cual la guaya sería el instrumento con el que se desquitaría de las afrentas que le había propinado su despreciable colega.

La ocasión se le presentó justo unos días después, en el ascensor. Al entrar a él, Julio vio que en su interior no había ninguna otra persona; solamente la odiosa e idiótica imagen de su colega mirándolo a los ojos. Julio se volteó súbitamente, mientras percibía que le aumentaban las pulsaciones de manera alarmante, y sentía oleadas de sangre agolpándose en las sienes. Le pareció una eternidad el tiempo que se tardó el ascensor en cerrar sus puertas y emprender la subida al piso 12, en donde se encontraba la oficina. Pero no iban a llegar a esa instancia; Julio manipuló el tablero de mandos del ascensor, y logró detenerlo entre dos pisos, el 6 y el 7. En ese momento se volvió hacia su némesis, sacó la guaya y procedió a ahorcarlo con todas sus fuerzas.

El hecho que acabamos de describir ocurrió a una hora temprana, las 6:45 A:M. Es de esperar que a nadie le hiciera falta el elevador, todavía. Pero cuando ya se acercaba la hora pico de entrada a las oficinas, las 8:00 de la mañana, era normal que la ausencia de uno de los ascensores fuera notoria. El conserje de la torre se encargó de averiguar el motivo de la demora del ascensor, que aparecía en el dial de control como estacionado entre dos pisos; el hombre manipuló algunos controles, logrando hacer bajar la cabina hasta la planta baja, que estaba atestada de gente. El grito unísono de las personas congregadas en el hall de la torre de oficinas fue inolvidable, al abrirse las puertas del ascensor: El cuerpo de Julio Rojas se encontraba acostado en el piso; su cara, con sus graciosos bigotillos en punta y sus pesadas gafas, lucía exhausta por el esfuerzo de ahorcarse con una gruesa guaya de acero.

2 Comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here