Una noche fría.

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Mi cuerpo se prepara para morir,
deja que se libere el ruido blanco de la televisión
y tápate porque será una noche fría…
afuera las estaciones de radio
toman el control
y hablan del fin del mundo
como profetas que por primera vez
miran a los ojos a su gente después de dos mil años:
serios, ebrios
y entregados a la casualidad de lo conocido y lo desconocido.
Tuve recuerdos anoche
de los que no quisiera hablar,
y mis manos están temblando…
No sé por qué…
tengo miedo, es por mi vieja enfermedad
o los excesos…
el miedo es la respuesta más estúpida.
Las caravanas de gitanos y los circos,
tienen que estar llevándose ahora el secreto
del amor y del dinero en sus manos sabias y violentas
y quizás también algunas almas
arrastradas para ofrecerlas al viento
entre los círculos de piedras iluminados
por el misterio de la sangre de las luciérnagas.
Comencemos el viaje al casino, tenemos tiempo
para tener esperanza, para soñar y perder juntos,
creer que la vida y la muerte son un juego
que podemos controlar si aprendemos a llorar…
detrás de la gran máquina están las montañas y la noche,
la naturaleza de la que me enamoré
como algún día me enamoré de ti,
todo coincidió,
el brillo de la vida y la rabia de caer,
no pudo haber ocurrido de otra manera,
el camino ya estaba trazado,
todo fue escrito con la sangre de los perros
que mueren asesinados en la carretera
sin ser escuchados por el pueblo y sus luces,
todo, en lo que contempló su tristeza un día…
 

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