Lo público. Lo privado. Y Maradona

Es verdad. Mucho se ha dicho sobre Maradona. Hemos visto sus goles más famosos una y otra vez hasta el punto de poder reproducirlos mentalmente. Nos hemos cansado de escuchar sentencias cubiertas de sospechoso moralismo cuando se nombra al pibe: “Reconozco que fue un gran jugador, pero no es ejemplo, es un drogadicto. Me cae mal.” La cámara lo sigue y él lo sabe. Suelta sin arredrarse un letal “hijos de puta” frente a cámara en respuesta a una silbatina en el estadio durante el himno de Argentina justo antes de la final de Italia 90. Se declara hombre de izquierda, seguidor de la revolución (la que sea) y no deja de parecernos su postura política una extensión del espectáculo, el “live show” que es Maradona. Ahora es director técnico de la selección y la transmisión de DirecTV lo sigue con especial cuidado, como a ningún otro entrenador, durante el juego. Y en el análisis post-partido, dividen la pantalla para ver, por un lado las acciones del juego, y por el otro, “cómo vivió Maradona el partido”. Generalmente se habla de él, se le defiende o se le ataca, desde la trinchera psicologicista de la evaluación del individuo (Maradona-persona-historia personal) pero yo quiero hablar desde él y preguntarme ¿cómo se ha transformado la cultura de manera que el espectáculo Maradona se hace posible? ¿Por qué en nuestra trama social (occidental primero y latinoamericana después) se abren los espacio que luego son llenados por la imagen-espectáculo?

Por supuesto, las respuestas a estas preguntas superan los límites de este artículo, las vías de entrada son múltiples, sin embargo, quiero enfocarme específicamente en la transformación de los concepto de lo público y lo privado porque no deja de parecerme el show que representa Maradona un reality show que se construye, desde diferentes frentes, para satisfacción del ávido consumidor de vidas privadas.

Hoy en día, cuando los tradicionales medios de comunicación mutan constantemente y, a la par de este proceso, surgen nuevos canales de información que atraviesan diferentes espacios y en diferentes direcciones desmontando así la idea de un gran emisor y múltiples receptores, el límite entre un espacio público y un espacio privado es cada vez más incierto. Los griegos la tenían más fácil a la hora de definir lo público y lo privado, de las puertas de la casa para fuera, la ciudad era un espacio “común” y cada ciudadano tenía su responsabilidad política. Las prácticas públicas estaban a la vista, de allí la idea de transparencia. Puertas adentro, la casa tenía una opacidad inviolable, se sustraía de la mirada pública y las prácticas domésticas respondían sólo a la economía del jefe de familia. Pero los conceptos teóricos funcionan siempre desde un territorio en el que dicho concepto tiene sentido. Así, a medida que cambia la cultura, cambian las teorías que ayudan a entenderla. ¿Cómo definimos lo público y lo privado en una sociedad atravesada de ojos-cámara que transparentan los muros que encierran nuestra “vida privada”?

Una respuesta muy rápida sería decir que ahora, con los distorsionantes “reality” shows y concursos; y con facebook y twitter; y con las cámaras de seguridad en cada esquina; los videos porno que se filtran y la masiva circulación de opiniones, videos, fotos y transmisión instantánea de las experiencias de vida, el ámbito privado se ha disuelto en el salvaje y anárquico fluir dentro de los medios. Zygmunt Bauman ya lo decía en “Modernidad líquida”, el miedo totalitario a la vigilancia constante por parte del Gran Hermano, el poder absoluto que mira a todos los individuos, ya parece estar fuera de moda. La vigilancia se diluye en múltiples “hermanos” y “hermanas” que se dejan ver y nos ven constantemente. Aunque decir vigilancia me parece un exabrupto, aquí nadie vigila a nadie, todos nos mostramos y montamos nuestros escenarios para dejarnos ver de la manera que nos venga en gana.

Este frenesí por atravesar las puertas de lo privado abre espacios que permiten que sucedan ciertos espectáculos. Las miradas hacen el show. Desde el surgimiento de los primeros reality shows, cuya premisa hoy es más que deslucida, hasta el acecho de los paparazzi, se ha construido un hambre creciente de vidas vueltas espectáculo en su estado más crudo. Es decir, nosotros, como ojos invisibles, queremos presenciar el devenir de la existencia en su “escenario natural”. Por supuesto, en el caso de los reality shows, esto de “escenario natural” resulta un ridículo sarcasmo porque si algo es obvio en cosas como “The Anna Nicole Show” es que lo único que presenciamos es una bizarra parodia de la realidad, artificialísima y tan construida como las salas de TV clase media de un sitcom. Pero una vez que el morbo de lo real entra en nuestras vidas no hay nada que lo saque de allí. Una vez que la dinámica cultural cambia no hay vuelta atrás. Una vez que hemos experimentado el gozo de la miseria vuelta espectáculo, Dios nos libre de que se nos niegue su visibilidad. ¿En la sociedad post-medios de comunicación de masas lo privado se ha vuelto público? No. Lo público, lo visible, ahora adquiere la forma de lo privado. Sin embargo, aún así, lo público/privado no deja de ser producto de un montaje, un artificio. Incluso cuando es absolutamente veraz como la noticia de que Amy Winehouse ha sido internada, otra vez, en un centro de rehabilitación.

El espectáculo de lo privado es siempre la mirada espectacularizante de una cámara, una noticia, un rumor. Es parte del escenario que se monta alrededor de los seres humanos, tan seres humanos como nosotros, que viven entre las aguas del show y la intimidad. Nosotros, simples mortales, no tenemos la dimensión del espectáculo (gracias Facebook y Twitter por ayudar a paliar nuestro miserable anonimato) pero tenemos la opción de callar nuestros padecimientos propios de la vida (droga, alcohol, sexo y malas decisiones, muchas malas decisiones personales y políticas) con el ruido de los desastres de los famosos. No dejamos de ver a Maradona porque él nos mira a través de la cámara y él se sabe mirado. Y para nosotros, los anónimos ojos-cámara, los diferentes espectáculos y escenarios en los que se nos muestra Maradona, nos colocan siempre en la antipática posición del juez que sentencia bajo la premisa de una “moral intachable”. “Disfrutamos” y “juzgamos” las malacrianzas de Maradona, sus “hijos de puta” lanzados al mundo entero, la subida de peso, los ingenuos coqueteos con Fidel, las noticias de la drogadicción, su rehabilitación y ahora su promesa de correr “en bolas” por Buenos Aires si Argentina se corona campeón de este mundial, porque nos vuelve actores en el escenario que él mismo nos ofrece. Nos guste o no, su espectáculo es realmente el espectáculo de nosotros mirándolo a él.

Los excesos de Maradona, la embestida de Zidane, la lujuria de Tiger Woods, las borracheras de Charlie Sheen, la absurda muerte de Lady Di, hasta la caída de un cocotero del inmortal Keith Richards, nos ayudan a arrellanarnos en esa ficción tranquilizante de la vida cómoda y sin tacha del ciudadano común. Claro, al final esa ficción no es más que una ironía para nosotros mismos, porque cuando juzgamos “lo público” de una vida-espectáculo, encerramos en la más oscura de las cuevas de lo privado nuestras propias recaídas y nuestra propia lucha existencial; y nosotros, ni somos tan del promedio ni llevamos una vida inmaculada, sólo que nuestro espectáculo no se lleva centimetraje de prensa.

Lo público espectacular se presenta ahora en la forma de una vida privada que no puede dejar de exhibirse, pero esa dimensión privada es un engaño en el que nosotros jugamos. Es una vida privada construida para el ojo de lo público. Lo verdaderamente privado se reacomoda en un espacio que no deja de ser opaco: las propias vicisitudes de la existencia. Algunas corrientes existencialistas establecen que vivir no es más que el padecimiento del cuerpo en el devenir de su propia historia. Esa existencia que nos iguala absolutamente, porque todos la padecemos y todos debemos hacerla lo más llevadera posible, es la dimensión a la que no podemos entrar nunca, ni con la cámara más insidiosa. Las puertas de la casa siempre estarán cerradas cuando la casa representa nuestra íntima existencia. La casa siempre será el lugar de los padecimientos y esa dimensión, la más íntima y humana, es absolutamente inaccesible para el ojo-cámara. Como sociedad del espectáculo, le exigimos a la cámara que nos construya un escenario de representación en el que el Maradona-imagen pueda aparecer, pero nunca tendremos acceso a su verdadero padecimiento, a la pesadez del cuerpo que tiene que sobrellevar una vida (como todos); a la conversación íntima de Maradona con su hija, la de Amy Winehouse con su madre, la que Lady Di pudo haber tenido con sus hijos o la de Keith Richards frente al espejo después de haber resbalado de la palmera. Esa intimidad será siempre una suposición de la ficción y materia de especulación para los guionistas de las biopic de Hollywood.

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Lo público. Lo privado. Y Maradona, 3.9 out of 5 based on 12 ratings

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Autores

6 Comentarios

  1. Sergio M. dijo:

    Increíble artículo. Te felicito. Lo leí de un tirón, con mucho interés, y me encantó. Saludos!

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  2. Humberto M. dijo:

    Sergio, gracias por comentar. Pendiente siempre de las críticas de cine. Saludos.

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  3. Dannarwill dijo:

    Excelente lectura. Fiel reflejo de la realidad post-modernista que nos obliga a un mismo tiempo a amarle y detestarle.

    Saludos.

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  4. Leo Felipe dijo:

    Bravo. Qué gusto leer este tipo de textos en esta página. Saludos.

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  5. Chaman Urbano dijo:

    “Nos guste o no, su espectáculo es realmente el espectáculo de nosotros mirándolo a él”.

    Humberto, la primera vez que estuve en Argentina le hacían un homenaje a Maradona. El programa no podía ser mas cursi. Sin embargo si lo fue. Maradona seguía entero, con tanto video de su pasado glorioso, con entrevistas en la calle, etc, etc, etc. Entonces, los productores lanzaron el toque de gracia: las hijas cantándole (en una grabación). Se emocionó un poco y, para aumentarla, salieron las hijas, ahora en persona. Y como si tuviesen todo calculado, en cuanto se le quebró la voz, cayeron pendones gigantes con la foto del héroe bizarro en el escenario, mientras todos los del público sacaban una versión de mano. Llovían papelillos, las hijas ahora cantaban en vivo… Por fin se percibía la mirada satisfecha; Maradona representando el show que su audiencia le tiene preparada.

    Creo que pasa lo mismo con todos (Britney, Amy…), al final son títeres de nuestra mirada.

    Muy bueno el artículo.

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  6. Marianella dijo:

    INCREIBLE! Me encanto este articulo. Es de estas cosas que nos hacen sonreir por su miserable pero humana realidad. GRACIAS :)

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